domingo, 28 de octubre de 2007

13 de octubre

Las protagonistas indiscutibles de la mañana seguirían siendo las compras. Desperté a Edu sobre las 10:45 y bajamos hasta la parada de metro para ir a comprar. Hicimos transbordo en Neumarkt y aprovechamos para comprar algo con lo que desayunar. Lo que cayó fueron unos cruasanes cubiertos de chocolate blanco y relleno de cabello de ángel que empalagaban pero quitaban todo hambre. Una vez frente al Teppig, la primera sorpresa vino dada a que no tenía puerta de entrada en la calle principal, algo insólito teniendo en cuenta que solo los escaparates que se veían ocupaban lo que 5 tiendas juntas. Instigamos dando vueltas a las vitrinas para comprobar si estaba abierta, que así era a juzgar por las personas que vimos dentro. Finalmente, vimos que la gente se dirigía a la esquina que señalaba el parking y la doblamos. Descubrimos que la entrada al supermercado era subterránea y que podíamos acceder al mismo bajando una rampa. No sé en qué estaban pensando los que colocaron las filas de carritos de compra para ponerlas en una pendiente tan inclinada pero seguro que en lo que debían no. Costaba un poco sacar el carrito pero nada que no se solucionara con un par de maniobras. Por cierto, admitía tanto monedas de 50 céntimos como de 1 y 2 euros.

El Teppig por dentro era de todo menos lo que esperábamos de un supermercado. Vale, sí, tenía sus pasillos, sus estantes, sus cajeros y sus colas pero, ¿dónde se ha visto que en una tienda casi especializada en menage del hogar vendan zumos y galletas? En cualquier centro comercial te encuentras secciones dedicadas a distintas áreas pero esta tienda era una mezcla a medio camino entre todo a cien y tienda de alfombras. Justo en la entrada, contigua a las cajas registradoras estaba la minúscula zona de alimentación, tan grande como mi habitación para que os hagáis una idea. Básicamente había pan, chocolates varios, galletas, zumos, leche, verduras y para de contar. Una mezcla a la par curiosa y heterogénea.

A continuación se encontraban los miles de estantes con material de lo más variado. Seguro que si buscas algo en concreto lo encuentras sin problemas en estos almacenes. Había un gran surtido de tazas, lámparas, bolígrafos, tuppers, material de cocina, papeleras, velas, perchas, juguetes, material de papelería, bisutería, sudokus, y un sinfín de productos más. Creo que esta caótica aproximación ha sido lo suficientemente representativa para que lo visualicéis. Al fondo del pasillo principal quedaba la zona de las alfombras, mantas, felpudos y rollos de tela kilométricos. Ocupaba casi la mitad de la tienda por lo que no sería por variedad de formas, texturas o colores. Edu escogió un económico flexo, que era lo que teníamos pensado comprar de paso, y yo hice lo mismo además de coger un par de bolígrafos, un pack de tuppers de gran tamaño y una alargada taza.

De pronto paramos la mirada en unos escalones ascendentes que habíamos ignorado justo al entrar en la tienda. Llevaban a los escaparates que habíamos visto calle arriba: la sección de cortinas (“gardiner” en alemán), sábanas, colchones y telas para confección. Seleccionamos una barra de aluminio que nos venía perfecta para las ventanas pues encajaba a presión, sin causar desperfectos en las paredes. Porque esa es otra directriz muy importante que he olvidado mencionar. Cada cierto tiempo el encargado de mantenimiento de nuestro edificio (el mismo que solo trabaja tres horas a la semana) pasará a inspeccionar el estado del piso y el de las habitaciones, para comprobar que está todo correcto. Cuando me entregaron el piso, revisó por lo alto mi habitación para apuntar si había algo en mal estado como agujeros en la pared o grandes manchas. De ser así, lo comunicaría a la oficina central para que éstos tomaran medidas como cobros de compensaciones económicas al antiguo inquilino e indemnizaciones. Y por lo que me han contado suelen ser bastante aprovechados. De todas formas, tampoco creo que sean tan estrictos, en mi habitación ya había marcas visibles de pintura de la pared arrancadas por haber pegado algo con cinta adhesiva. Puede que sea otra de tantas leyendas de Deutzer Ring 5 pero por si acaso más vale no fiarse.

Preguntamos a varias personas hasta que por fin descubrimos que la susodicha barra valía 11 euros. Al verla tan cara y sintiendo que nos habíamos apresurado demasiado pensamos en posponer su compra hasta que supiéramos de otro método igualmente eficaz pero más económico o simplemente hasta que tuviéramos tiempo de ir a Ikea para comparar precios. Bajamos, pagamos cada uno nuestras compras y volvimos a casa. En la puerta de la calle le dije a Edu que me hiciera el favor de subir mi bolsa a su piso porque tenía pensado ir directamente a comprar la comida. Quedamos en que durante el rato que estuviera de compras, él aprovecharía para dar una cabezadita. Cuando regresara, comeríamos en mi piso.

Me dirigí a la hasta entonces inexplorada para mi zona sur de Deutzer Ring 5, un barrio de residenciales unifamiliares y bloques de pisos modernos. Siguiendo las indicaciones de Edu, crucé por debajo un puente sobre el que pasaban las vías del tren, giré un par de calles a la izquierda hasta que finalmente avisté al final de la calle el letrero del Plus. Se notaba que era sábado por la mañana porque alguna ventana despedía olores de cocina y no había mucha gente por las calles salvo chavales jugando en los parques de frondosos árboles y personas que hacían la compra semanal. No tardé en llegar ni 10 minutos desde casa.

Salí casi instantáneamente del Plus, el tiempo que tardé en coger un carrito de compra, coger un bote de nocilla y otro de Nesquick que sumaban casi dos euros y pensar para adentro “¡Qué caro!”. No tenía especiales ganas de investigar los precios por lo que di un vistazo general a los pasillos y devolví el carro de compra. Al salir, a unos 100 metros en línea recta me esperaba el LIDL, con cuyos precios estaba más familiarizado. Iba con la mochila a cuestas (con mi compañero inseparable, el diccionario de alemán, en su interior) por lo que me dije que intentaría comprar solo lo más urgente y necesario como la comida para ese día y que después regresaría a por las bebidas, las cosas para el desayuno, la leche, etc. Pero este pensamiento debió de perderse en algún rincón de mi mente en relativamente poco tiempo porque un rato después salía con dos bolsas llenas a rebosar más la ahora pesada mochila.

Compré de todo (puede que fuera por vagancia pura de evitar un viaje de vuelta al menos hasta pasados unos días): galletas, pasta, arroz, leche, salchichas, pizza, ajos, plátanos, bacon, queso, tomate frito, cereales, té, petit-suisses, nocilla, aceite, coca-colas, pan de molde, etc. Tenía que parar para descansar cada 10 pasos porque me dolía la espalda de todo lo que pesaba la mochila y los brazos agarrotados del peso de las bolsas aunque solamente tardé 5 minutos más de los que había necesitado para ir hasta allí. Recuerdo que mi columna vertebral me pedía a gritos un respiro como nunca antes había necesitado pero el hambre y las ganas de llenar mi hueco de la estantería de la cocina con algo que llevarse a la boca le daban explicaciones de por qué debía hacer un sobresfuerzo.

Llamé a Edu y dispusimos todos los utensilios para cocinar arroz cocido con tomate (lo que llamo “arroz a la cubana”). Para ser la primera comida que preparé en mi piso debo admitir que el plato en sí se llevaría el aprobado muy raspadito. Tampoco calificaría con nota más alta al procedimiento de elaboración porque fui bastante chapuza cometiendo fallos de lo que soy, un auténtico principiante. Primero estudié sin grandes aciertos el sistema de los fogones de mi cocina, una suerte de vitrocerámica primigenia, es decir, unos fogones sin llama. Tampoco vayáis a pensar en nada del otro mundo. Calentamos el agua sin esperar a que comenzara a hervir cuando echamos el arroz. Por suerte, acerté con la compra del arroz, pues era un paquete que traía 18 bolsitas individuales, supuestamente para una sola persona pero que con una sola de ellas bastó para los dos. Vertimos la sal y esperamos.

El aceite que uso para freír es de girasol, el que tiene precios más competentes por estos lares. Mientras que el arroz cocía decidimos preparar unas salchichas fritas y unos huevos que Edu aportó (no pude comprar un cartón de huevos esa mañana por evitar que se rompieran entre tantísima cosa como compré). El aceite cumplió con su función como buenamente le dejamos hacer y nos dejó unas salchichas a medio calcinar y unos huevos fritos con yema de forma abstracta (esto me dio algo de rabia pues me demostré repetidas veces que había perdido todo temor al aceite ardiendo y aún así no me acerqué lo suficiente para que el huevo tomara la forma perfecta). Como no regulamos de ninguna forma los tiempos de cocción, apagamos los fogones y sacamos el arroz cuando creímos conveniente. Craso error, pues estaba algo duro y sin apenas sal (debimos haberlo probado, detalle que obvié pero que apunté para la próxima).

Nos lo comimos con igual ilusión que hambre y recogí la mesa. Despedí a Edu y quedamos en ir a ver con unos colegas el partido de fútbol que se jugaba en España en algún bar. En ese momento llegaron mis compañeros e iniciamos una interesante conversación. Me preguntaron que cómo me encontraba, si me gustaba el piso y si me habían enseñado el piso pues, pese a que contesté afirmativamente, decidieron mostrármelo en detalle. Me explicaron cosas acerca de cómo se organizaban como el curioso sistema de friegue de la loza: nadie se molestaba si el otro dejaba lo que había utilizado sucio en el fregadero, pues cada persona, cuando veía conveniente o simplemente tenía tiempo, se ponía a darles un repaso. Es una especie de regla verbal que sigue el principio de “hoy por ti, mañana por mí”. Exactamente lo mismo para la limpieza del pasillo, cuarto de baño (a excepción de lo que dijo Dennis, mi compañero con parecido al líder de Metallica: si montas una fiesta y alguien vomita, limpia el que la organiza) y basura. Renaud me hablaba en alemán y francés por lo que sobreviví a la conversación gracias a Dennis que se defendía como podía con el inglés. Le entendía perfectamente aunque él no paraba de disculparse por su supuestamente oxidado inglés.

Me explicó cosas muy importantes como que no debía apagar las luces de los cuartos de baño porque si no aparecían humedad e insectos (aunque el piso es relativamente nuevo), que podía coger de su comida y de la de Renaud y que si quería, cuando viera que hacía falta comprar bienes de uso común (bolsas de basura, productos de limpieza, servilletas, papel higiénico, etc.) contribuyera a la causa reponiéndolos. Me regalaron un par de revistas con la programación de la tele (con lo cual descubrí que en Alemania tienen versión local de Tele 5 aunque con poco parentesco con sus homónimas española e italiana) y también me ofrecieron un montón de cosas que tenían apiladas en mi pasillo. Al parecer habían pertenecido al anterior inquilino de mi habitación, un tal Gabriel del que seguimos recibiendo cartas del banco, tales como un armario metálico con puerta de cristal (queda muy decorativo, o eso creo), una gran alfombra, una mesa que se movía sola (es muy divertida pero poco fiable) y una impresora sin cables. Era libre de cogerlos si quería puesto que iban a tirarlos y como me alegró mucho su gesto, me quedé con el pack completo.

Como último consejo antes de que les agradeciera encarecidamente lo amables que habían sido conmigo (hubo muy buen rollo, casi más parecía estar en una comuna hippie que en un piso de estudiantes) me preguntaron que si tenía novia, peliaguda pregunta a la que contesté fanfarroneando que en esos instantes todavía no. Dennis me dijo que él sí y que si venía alguna amiga a verme hiciera el favor de acompañarla hasta el metro pues los vagabundos encontraban irresistible el camino de entrada a Deutzer y ya habían asaltado a su novia en más de una ocasión. No imaginaba que el oscuro camino fuera así de peligroso por lo que le agradecí otra vez más que compartiera esa información conmigo. Cogí todas mis nuevas pertenencias y las coloqué en su lugar correspondiente en la habitación.

Pasé la tarde comenzando a escribir este relato que recoge mis vivencias como estudiante Erasmus en Colonia. Estaba contento por lo que me puse a escribir sin darme cuenta de que el atardecer acababa y la llegada de la noche era inminente. Esperé la llamada de Edu que no llegaba, por lo que tras varias horas de espera me puse a cenar algo desanimado pensando que me quedaría en casa esa noche. Envié unos mensajes a los móviles de Edu y Patri para quedar después del partido pero tampoco recibí respuesta. Cerca de las 23 horas, cuando ya había terminado de cenar y de ducharme, sentí el móvil sonando. Era Cris que me preguntaba dónde estaba para que me fuera al sitio donde ella y Edu me esperaban. Me vestí en un momento y me fui hacia la parada que me habían indicado.

Cuando llegué, esperé a que Cristina viniera a recogerme como habíamos acordado. Se celebraba una fiesta en el piso de unas chicas y ella sabía el camino porque estaba cerca de allí. De pronto empezó a aparecer un batallón de Erasmus españoles que me decían que venían de la fiesta. Saludé a los que más conocía y me compré una cerveza en el Kiosk donde todos se congregaban. Los botellines de cerveza alemanes son de medio litro, por lo que el precio medio oscila el euro y medio. En los Kiosk te venden la cerveza a ese precio y como todavía no estoy muy acostumbrado al jugo de malta fermentado, me compré una cerveza con toque de limón, que tiene el sabor más suave (se les conoce como “claras” o “shandys”).

Al parecer todos se iban a una fiesta de la cerveza (no es broma si veis que nombro demasiado esta bebida, pues una de las particularidades de Alemania es que aquí la cerveza es más barata que el agua, que por contra es bastante cara. Es una bebida que todos toman y no es raro ver a gente con el botellín en la mano incluso en los vagones del tranvía. Claro que, puedes meterte con una cerveza en el metro o con el perro pero no fumar en los andenes. Me caen bien estos germanos) pues la fiesta había resultado ser un chasco para ellos. De pronto, vi que solo una chica se quedaba allí viendo como todos los demás se iban en busca de juerga. Me dijo que era la propietaria del piso y promotora de la fiesta. Se llamaba Ruth y me invitó a acompañarla pues encontraríamos a Cristina en el camino. Ruth me comentó que apenas había podido organizar nada porque fue todo muy repentino, que apenas tuvo tiempo para preparar nada y se lamentaba porque había sido un desastre. Lo curioso era que la propia instigadora del grupo que se fue de la fiesta había sido su compañera de piso.

Subí a la primera planta del piso y me adentré por la única puerta abierta que había según se entraba, la cual daba a un patio interior que comunicaba con varios pisos. Allí estaban sentadas varias personas, entre ellas Patri. Al poco tiempo llegaron Edu y Cristina que habían ido a buscarme. Resulta que tanto Edu como Patri tenían el saldo agotado y por eso le dijeron a Cristina que me avisara, así que no se olvidaron de mí y se disculparon. Les dije que no se preocuparan y les agradecí que fueran a buscarme. Estuvimos un buen rato charlando mientras los allí presentes se tomaban unas copas al tiempo que intentábamos animar a Ruth, que se desvivía por intentar mejorar el ambiente pese a que le insistíamos en que así tranquilos estábamos muy a gusto. Finalmente, cuando acabamos con las existencias, partimos en busca de marcha hacia la zona de Zülpicher Platz, que quedaba cerca de Neumarkt. Deambulamos durante una hora para encontrarnos con un grupo de españoles que volvía a casa y al ver que todos los locales empezaban a cerrar sus puertas, decidimos hacer lo mismo y pillar el primer metro a casa. Llegamos sobre las 6:00.

12 de octubre

Nada más despertarme, que fue bien temprano, me puse a modificar la distribución de la habitación. En un momento de especial lucidez se me ocurrió intentar mover la cama, la cual en principio creí adosada a la pared, y desplazándola unos metros puse la cabecera (no todas las camas de por aquí tienen) frente a la ventana de cristal, de manera que “daba la espalda” a las alturas y a la claridad matutina. El otro extremo quedaba pegado a la pared interior encajando con una especie de esquina que queda entre la cama y la puerta de la habitación. Así acabé momentáneamente con dos problemas: las visibles alturas y la inmensa claridad que invade la habitación cada mañana. Normalmente, a no ser que tenga especiales ganas de dormir, la luz es un factor que me impide conciliar el sueño, aunque en Colonia no es algo que me haya afectado demasiado. En parte me viene bien para poder aprovechar la mañana si me despierta la claridad (a duras penas lo consigue últimamente).

Deshice la maleta y el resto del equipaje y a pesar de que pesaban lo suyo cuando las cargaba, la sensación que me dejó el ver todas mis cosas repartidas en estantes por la habitación fue la de vacío, pero supongo que es algo normal cuando te mudas a un lugar. Iré colonizando cada rincón poco a poco. Me preparé y fui a llamar a Cristina para irnos a ampliar el contrato de alquiler de mi piso.

Fuimos charlando en el metro hacia mi universidad, pues la oficina del Studentenwerk, si recordáis, estaba en la Universitätstrasse, la que sube a mi facultad. Su facultad, la Fachhoschule de ciencias quedaba debajo de casa pero ella sabía donde debía llevarme y como no tenía mejor cosa que hacer esa mañana, me acompañó, como os comenté. Una vez en el desgastado edificio, subimos dos plantas para encontrar las puertas del departamento de alquiler cerradas. Llamamos a la puerta y uno de los trabajadores salió a nuestro encuentro para explicarnos que la oficina estaría cerrada por obras hasta el martes siguiente. Estupendo, y más contando con que tenía hasta el día 15 para ampliar el contrato o tendría que pagar unos euros más por demorarme.

Se nos hizo un poco tarde y ella tenía que volver a casa porque los de la instalación de internet iban a pasarse por su habitación para ponérselo. Antes de ir a la mensa, le di mi tarjeta de recarga de saldo y siguió las instrucciones. Al momento de terminar, me llegaron varios mensajes de información al móvil diciendo que había recargado correctamente y que el bonus estaba activado. Con mi compañía las consultas de saldo son gratuitas e ilimitadas por lo que comprobé si el dinero estaba ya y así era, solo que sin la bonificación aplicada. Más tarde descubriría que los euros extra iban restándose de otra cuenta aparte. Es decir, hasta que no gaste los 40 euros extra el contador de saldo normal no empezará a bajar. Sobra decir que la consulta volvía a ser ilimitada.

El menú que escogimos en la mensa ese mediodía consistía en una gran salchicha alemana que tenía la envergadura del radio de la fuente, acompañada de pasta cocida con una salsa con toque suave de alioli. Debe de ser una crema de receta local pues la he vuelto a ver en más ocasiones. Coincidimos en las mesas del comedor con unos Erasmus españoles que habíamos conocido la noche anterior que estudiaban Traducción. Ambos estudiaban en Sevilla pero la chica, Carla, era de Huelva. Me preguntaron acerca de mis asignaturas y me dijeron que en alguna de ellas seguro coincidiríamos, si bien su carrera se impartía en una Fahoschule aparte, su coordinador les había enviado a mi facultad.

Cris se marchó y me quedé hablando con ellos sobre cuestiones acerca de la universidad. Me explicaron cómo conectarme a internet en la facultad (hay salas de uso común pero si quiero utilizar wi-fi con mi portátil en cualquier punto dentro del edificio de la facultad debo instalarme un programa) así como el proceso de matriculación online a grandes rasgos. Una vez despejadas algunas dudas importantes más, me dirigí a comprar las sábanas y demás compras necesarias. Recorrí la calle Universitätstrasse en dirección sur hasta llegar a una tienda de colchones.

La puerta estaba cerrada pero como eran las 17:00 había gente esperando a que el establecimiento abriera, coas que apenas se hizo esperar. En la entrada había unos mantos nórdicos económicos, a 15 euros, por lo que los tomé de referencia (Patri me indicó que el suyo, de doble capa, lo compró por 25). La dependienta no conseguía entenderme ni con el inglés, que no hablaba, ni con la mímica, que al parecer le resultaba igual de abstracta. Al fin conseguí que me apartara un cubrecama amarillo, un cojín a juego y una almohada pequeña (de las de viaje, pero a mí me daba igual el tamaño siempre que fuera barata). Para explicarle el tamaño de los objetos que le pedía usé ejemplos más gráficos: los propios que allí tenía (para el del cubrecama agarré un colchón del mismo tamaño que el mío) o bien las fotos de los envoltorios. ¡Bendita publicidad gráfica!

Cuando le pregunté por el nórdico vino el momento clave: quería uno para invierno y verano. Patri me dijo que los había de doble capa, para invierno con unos botones para convertirlo en más grueso y para verano se desabrochaban los botones y quedaba más fresquito el nórdico. La mujer me entendió (más bien a mi diccionario) y me mostró justo lo que quería, salvo que valía 50 euros. No me convenció por lo que le pregunté si podía pagar con tarjeta. Me dijo que solo aceptaba al contado, tras lo cual le pregunté donde podría encontrar un cajero automático (pues no llevaba dinero suficiente encima para pagar todo, nórdico aparte). Un hombre que salía de la tienda me indicó que había uno dando la vuelta a la manzana. Aparté mis cosas en un cajón metálico y le dije a la dependienta que esperara. Mientras andaba llamé a Patri para preguntarle donde compró su nórdico porque me lo estaban ofreciendo demasiado caro. Me respondió que en la misma tienda pero que si no fuera al Teppig, que era un supermercado que estaba en la calle frente a la tienda.

Volví con el dinero pero le dije a la mujer que no quería el nórdico doble porque era muy caro y le señalé la oferta de los de la entrada. Ella me mostró que eran poco abrigados, solo de verano. De pronto, me dijo que esperara y sacó de un escaparate algo oculto entre cajas un nórdico doble como el que buscaba, al precio que quería, 25. Me lo mostró: estaba con el precinto y no presentaba nada sospechoso, ni manchas, ni descolorido (a pesar de ser blanco, era algo que podía haberse notado). Satisfecho, procedimos a finiquitar la compra. A la mujer se le despertó el instinto maternal (pese a que había sido muy amable durante todo el proceso) y decidió hacerme una pequeña rebaja de 5 euros sobre el nórdico. Cuando metimos todas las cosas en una gran bolsa, se despidió diciéndome que seguramente tendría dulces sueños esa noche, lo cual le agradecí. Salí contento y vi el Teppig justo frente a donde estaba. Decidí pasarme en otro momento, pues iba cargado ya.

Una vez en casa, preparé la cama y cuando terminé fui a llamar a Cris para que me dejara enviar un email. Tras terminar de revisar el correo electrónico, me dijo que Edu tenía pensado ir al Media Markt a comprarse un cable de red, pues los de la instalación ponían el módem pero el cable iba por tu cuenta. Llamé a Edu y fuimos a Heumarkt, en pleno centro de la ciudad. Es una zona muy agradable y siempre frecuentada por gente que va de compras, pues es un barrio principalmente comercial, a la orilla izquierda del Rin. Me recordaba a la zona de Sol y Callao, que están en el centro de Madrid, plagadas de letreros iluminados y escaparates llenos a rebosar de cartelitos. Edu comentaba que le apetecía desde hacía tiempo dar un paseo turístico por las calles de Heumarkt alejándose por momentos del estrés del papeleo y las prisas.

En seguida se hizo de noche y llegamos al Media Markt. Encontramos el cable por 8 euros, algo más caro de lo que creíamos pues de los de 6 no quedaban, pero con 3 metros de distancia. Como el de 5 metros costaba lo mismo, convencí a Edu de coger ese modelo. Cada uno cogimos uno de 5 y como yo iba con la intención expresa de también comprar un cargador de pilas y un alargador para el enchufe del ordenador (la nueva distribución de la mesa del escritorio quedaba algo lejos del enchufe más próximo, pues estaba ocupando el lugar que antes tenía la cama) cogí unos económico. Llevaba un día de compras rentables en las que estaba sacando el máximo rendimiento a la economía estudiantil.

Partimos en dirección a Neumarkt, que en teoría quedaba a escasos metros de la tienda rumbo suroeste pero obnubilado con los escaparates y sus luces (que por cierto, eran las mismas calles que había recorrido con Patri la mañana del día anterior y donde compré la tarjeta de prepago alemana) acabamos desviándonos de la ruta y nos perdimos. Atravesamos un par de calles y parques hasta dar con la siguiente parada de metro. En el camino de vuelta me fue comentando que él al principio se encontraba perdido por lo que entendía mi estado distraído. Durante la primera semana, creía estar de vacaciones, sin enterarse de qué hacía allí y sin asimilar toda la información; en la segunda ya era más consciente de su situación, pero aún con el pensamiento de que pronto regresaría a casa; y finalmente en la tercera, en la que se encontraba, asumía que iba a pasar aquí todo el otoño.

Finalmente en casa cené lomo embuchado que me traje de España. Me duché y encendí por vez primera el ordenador en la habitación. Estaba asentándome paulatinamente. Esa noche decidí no salir (Patri iba a un concierto de Macaco del cual me había informado al llegar a Köln, pero las entradas se habían agotado desde hacía unos días) y ver una película pero quedé con Edu en ir al Teppig a comprar las cortinas, pues en su habitación el sol da desde primera hora de la mañana. Miré la vista nocturna que ofrecía mi ventana, con la catedral tapada por un edificio de Lufthansa; el iluminado Köln Arena, impresionante estadio que luce sus galas cada noche; el pabellón donde se representa “We will rock you”, el musical de Queen; la Fachhoschule en todas su amplitud, etc. Recordé cosas que habían pasado durante todo el día, como cuando estuve comentando con Cris que en España estarían de puente o cómo tontamente me había perdido (pero como dice mi vecino, así es como aprende uno a desenvolverse por Colonia). Caí rendido en la cama.

11 de octubre

Quizá porque estábamos un poco agotados de tanto ajetreo con el papeleo (y eso que todavía quedaba una considerable cantidad por resolver) o porque la juerga de la noche anterior invitaba a pasar más tiempo en la cama, esa mañana no subimos temprano a la universidad, emplazamiento clave en el rumbo a seguir para poner todo a punto. Hacia media mañana nos levantamos, en un huequito de tiempo aprovechamos para darnos una rápida ducha, desayunamos y nos fuimos hacia la parada de tren.

Una vez en el campus, subimos la calle Universitätstrasse, que es la que debe recorrer Patri todos los días para ir a la universidad. Desde la parada de su línea de tren hay que andar más de 10 minutos hasta llegar a nuestra facultad, la Philosophikum, y debo confesaros que en el momento de terminar de patear esa calle no envidié para nada el recorrido que ella debe hacer diariamente. Mi línea de tranvía me deja a 3 minutos de la facultad y tardo más o menos 20 desde que cojo el tren desde casa, por lo que tardo lo mismo que ella andando bastante menos.

En el camino de subida dejamos al lado la oficina del Studentenwerker, que es la agencia que se encarga de administrar la contratación y el asesoramiento de las residencias en Köln. Ahí es donde tengo que ir para ampliar mi contrato. También pasamos frente al edificio de los cursos de alemán, amarillo él, con el que me quedé como punto de referencia para volver esa misma mañana. Aprovecho ya que hablo de calles para comentaros como van los transportes sobre los ríos de asfalto que recorren toda Colonia. Para empezar, no existe separación física entre los carriles de ferrocarril y las vías para los vehículos. En ocasiones pueden llegar a compartir semáforo (de más está decir que es totalmente verídico). Fue un hecho que me impresionó de primeras pese a que es algo a lo que perfectamente me he acostumbrado ya.

Idéntica es la situación para las aceras: peatones y bicicletas comparten espacio, coexisten en un mismo hábitat. De hecho, ellas tienen privilegio sobre el hombre que va a pie. Las aceras son de dos colores salmón y gris, que se entrecruzan (por lo que tienes que poner especial atención de no ser atropellado, porque esa es otra, si sufres un accidente arrollado por una bicicleta seguramente sea culpa tuya. Claro que para impedirlos están los siempre atentos ciclistas con sus timbres perfectamente audibles (espero que captéis la fina ironía). Como decía, está considerado como vox populi el privilegio del que disfrutan las bicicletas frente a los andarines e inferiores transeúntes). Teme por tu vida como yo hago porque aquí las separaciones son casi invisibles y ni en las aceras estás seguro.

En los semáforos, ambas clases sociales están sometidas bajo el mismo yugo: el de las luces rojas que detienen el avance de los biciclos, obligados a esperar cuan peatón nauseabundo; y el de las luces verdes (con simbolito tanto de persona como de vehículo con dos ruedas a pedales. Me espeluzna volver a llamarlos por su nombre, tal es la fobia que les he cogido) que rompe con esos utópicos e instantáneos momentos de cooperación, convivencia e intercambio cultural entre tan distintos mundos. Aquí la mayoría de los semáforos cuentan con un botón que debes pulsar para que se enciendan los farolillos de “Bitte warten” (por favor, espere) y poder cruzar tras una espera si el semáforo está en rojo para peatones, algo así como los “Peatón pulse” de muchos semáforos españoles. Es extraño pero el caótico No hay ni una sola moto (aunque he visto unas pocas, pero puedo contarlas con los dedos de las manos): todo son coches, trenes o tranvías. Como excepción están los barcos que van desde lo lujoso tipo crucero por el Rin a las clásicas barquitas.

Como veis el tema de la seguridad por las calles da para bastante pero por suerte esas terribles asesinas son seres de vida diurna. Es más tranquilo ir de noche, aunque todavía puede quedar alguna rezagada. Todas tienen una dinamo porque si vas sin luces montado en una de ellas si es de noche, multa al canto. Esa es otra, aquí te multan por casi todo: tirar basura a la calle, orinar en vías públicas, cruzar un semáforo en rojo, no reciclar en condiciones (como confundir el contenedor). El paraíso del policía en prácticas. Es parecido a España solo que aquí los importes a pagar por infracción son sensiblemente elevados: 300 euros pueden caer si cometes alguna de las anteriormente citadas. Los alemanes son muy pragmáticos claro que también es de agradecer pues las calles están todas muy limpitas. Da gusto pasear por ellas (con precaución, ya sabéis, algo que ya está en el subconsciente colectivo de cada caminante), lo único que puede taparte visión entre los colores salmón y gris asfalto del suelo son las hojas caídas de los árboles, y hay muchas. Colonia es una ciudad muy verde. Los trenes de Efferen siempre dejan un lado con sus bosques, una estampa muy bucólica, cada vez que suben a la urbe.

Ahora que ya tenéis una idea más clarividente de las calles en Colonia, volvamos a la mañana del jueves. A media mañana, media Europa tiene las puertas de los despachos y oficinas cerradas a cal y canto y nuestra facultad no era una de las que quedaba fuera de esta media. Aprovechamos para ir a ver cómo eran nuestras aulas. Algunas eran muy feas y grises, con pupitres como los de la autoescuela, con brazo-mesa incorporado. Otras eran un poco más cómodas, con silla y mesa. Fuimos a ver a la coordinadora de Erasmus de Filología, con la que Patri había hablado anteriormente, pero como no estaba en su despacho fuimos a lo que nos había recomendado: visitar a un profesor que atendía asuntos urgentes de Erasmus. Seguro que hacer la comida es un asunto urgente en lenguaje académico alemán porque él tampoco nos atendió así que decidí dejarle una nota por debajo de la puerta para que se pusiera en contacto por nosotros por mail o móvil.

Seguidamente fuimos de vuelta al edificio amarillo de los cursos de alemán para enterarnos de cuándo y dónde se hacía la prueba de nivel. Nuestras dudas quedaron respondidas por lo que quedamos libres para volver a casa, algo alicaídos al ver que la mañana apenas había fructificado respecto al día anterior. Comimos un poco (pizza, que no había ganas de cocinar, al igual que la cena del miércoles, que fueron los bocatas que traía de casa) y descasamos, comprobando que el profesor de las urgencias nos dijo que nos pasáramos o bien el lunes o el jueves siguiente, sin especificar hora, para qué si éramos adivinos. Ese día teníamos prisa en hacer las cosas, porque por la noche (desde las 18:00 a las 21:00) la mensa abría excepcionalmente sus puertas para dar cena gratis con cervezada, así que cogimos rumbo hacia el otro lado del río en dirección a mi piso para recoger por fin mis llaves.

Salimos sobre las 17:00 contando con que echaríamos una hora desde Efferen. Nos encontramos con un efferino que iba al mismo lugar. De no ser por él, quizá hubiésemos dado un innecesario rodeo. Al llegar a mi bloque de pisos, un impresionante rascacielos de 20 plantas, quedé impresionado ante su majestuosa figura. Desde la parada de Deutz-Kalker Bad, mi segunda casa ya que es la que más frecuento, se tarda casi 7 minutos andando hasta Deutzer Ring 5, mi bloque. Avisamos a Edu, un canario que estudia arquitectura, por teléfono para que bajara a abrirnos la puerta de la calle, que esa es una de las peculiaridades de Deutzer Ring 5, no tiene telefonillo habilitado para abrir el portal de entrada. Pasaré a comentaros por encima las características y porqués de esta peculiar residencia, que bien podría pasar por una prisión de alta seguridad.

Justo al lado de la entrada quedan los contenedores de basura, tres grandes e impares para compartir desperdicios. El portal, o cochera dada la multitud de bicicletas (¡argh!) que allí repostan, unas cincuenta. Es muy habitual tener una en Colonia, es un transporte muy usado. Suelen ser viejas, setenteras de tubos metálicos aunque también las hay adaptadas al conductor, con sillita portabebés, pintadas, etc. Tiene tres puertas de salida a la calle y un bar en una de sus esquinas (no sé si abierto porque queda en el extremo opuesto a la salida por la que paso siempre).Todas las puertas se abren con una llave maestra que sirve también para abrir tu piso (no el de otros) y tu habitación (no la de otros), misterios de la cerrajería. Para usar el ascensor para subir de piso debes introducir la llave y a continuación pulsar el número al que quieres ir. Estas medidas se deben a que los vagabundos rondan el edificio y más de una vez los inquilinos han tenido problemas con ellos. Todavía no he visto a ninguno pero no son leyenda urbana porque más de una persona ya me ha advertido sobre ellos y de que no abra a nadie extraño.

Hicimos tiempo en el piso de Edu hasta las 19:00, hora en que abrían en el piso de abajo la oficina de recogida de llaves. Desde su habitación puede verse una panorámica muy buena de la zona donde quedan los supermercados más próximos, LIDL y Plus (sí, el de los chiquiprecios), aunque quedan ocultos bajo un tupido conjunto de árboles. Una visión muy alemana, bosques en medio de residenciales con adosados. Bajamos a la oficina antes de la hora, con la prisa de irnos cuanto antes a la mensa y también porque solo abren durante 60 minutos tres veces por semana. El encargado me entregó mi conjunto de llaves, compuesto por una general y otra más pequeña para el buzón de correo. Luego nos enseñó el cuarto de la lavadora (que van por tarjetas, os recuerdo) y después el piso, no sin antes dejarme hacer uso de mi llave maestra.

Entramos en mi piso, que es el que hace esquina triangular del edificio, por lo que solo tiene tres habitaciones, no como el resto de pisos, que son de cuatro. Nada más entrar se encuentra el horario de las líneas de tren pegados en la pared y a la izquierda el váter (está separado de la sala de ducha) con un lavabo. Tiene una pequeña cocina en el pasillo derecho, donde al final quedan las habitaciones de mis compañeros. La mesa del comedor, que queda en la esquina entre los dos pasillos, es perfecta si estás enfadado con alguien con el que estás comiendo, pues tiene forma de circulo sin un cuarto (de 90 grados) que encaja con la esquina por lo que no ves a la persona que tendrías que tener frente a ti. Frente a ese pasillo, casi entrando en el izquierdo, está la sala de la ducha, muy elegante, con la puerta del plato de ducha de cristal transparente, y no demasiado pequeña. Mi habitación es la del fondo izquierdo y es cuanto menos curiosa porque no tiene ni una pared con la misma medida de las cuatro que lo componen.

La encontramos vacía y blanca, solo con la cama, el espacioso escritorio, un armario alargado móvil y un armario rectangular empotrado al fondo de la misma. El colchón desnudo presentaba unas pequeñas pero sospechosas manchas (al que pronto di la vuelta) y el escritorio tenía complejo de cama de lo grande que era. Os adjuntaré fotos para que veáis lo elegantes y azules que son mis muebles, con miles de compartimentos para desperdigar las cosas. Apenas solté el equipaje nos preparamos para salir. Hay dos ventanas: una pequeñita al lado del armario empotrado, la cual decidí que sería la única que se abriría, por pequeña y porque no muestra del exterior más de lo necesario, y otra cuadrada muy grande, demasiado para lo poco que me gustan las altura para avistar Colonia. También hay dos radiadores de distinto tamaño. Os dejo que adivinéis cual va debajo de qué ventana (pista: van acorde a los tamaños de las ventanas). Topamos con uno de mis dos compañeros, la viva imagen del cantante de Metallica en sus años mozos: rubio, alto y con pinta de macarra. Apenas cruzamos unas frases pero la impresión que me dio fue la de ser de pocas palabras.

Al salir ya era de noche y pude darme cuenta de que el sendero (algún día lo ascenderán de categoría a camino) de Deutzer Ring a la parada de metro es algo tenebroso pues apenas está iluminado. A un lado queda un campo de fútbol que suele estar frecuentado por chavales y al otro la Fahoschule, o facultad de ciencias aplicadas. Es un edificio del que tengo una perfecta panorámica cada vez que observo desde la ventana de mi habitación, la que siempre está cerrada no vaya a ser que haga una visita rápida al suelo de la calle 50 metros más abajo. Cuando finalmente llegamos a la mensa no quedaba nada para comer, aunque en el poco rato que estuvimos allí pudimos tomar un par de cañas mientras hablábamos con los demás Erasmus españoles, que aumentaban en número a cada minuto que pasaba, y nos echábamos fotos.

Después fuimos a una fiesta a un local en el que los estudiantes de medicina (y aquellos a quien apuntaban en la lista para colarlos) entraban sin pagar. Tantos éramos, tan larga era la cola para entrar y tan cara era la entrada para ni poder respirar dentro que pronto formamos una comitiva para buscar otro sitio. Nos quedamos fuera hablando entre nosotros, inflando preservativos que algunos habían cogido gratis de unas revistas en la mensa y contando chistes malos hasta que por fin decidimos movilizarnos. En ese momento conocí a mi vecina, Cristina, una alicantina (de Elche, al cual no le guarda mucho cariño) muy simpática que estudia Telecomunicaciones y domina el alemán y el inglés. Su momento triunfal fue cuando me dio un gran abrazo diciéndome que había oído hablar de mí y que se alegraba de que fuéramos vecinos (las puertas de nuestros pisos están en frente) pero sobre todo cuando me dijo que no le iba el rollo discotequero al igual que a mí. Aunque estaba apuntada en la lista (es una chica con muchos contactos, la más veterana, por lo que casi todos la conocen) prefirió quedarse fuera y nos fuimos con un grupito de gente a comer un poco a una pizzería que quedaba cerca.

A Cris, por lo que me contó en el camino de vuelta a casa, la llaman la “mami” porque al ser la primera que vino acogió a los que vinieron tras ella sin piso y porque es muy protectora, parece la hermana mayor, avisándote a cada momento de todo carril-bici, vía de tren o semáforo a la vez que tira de tu abrigo mientras te cuenta algo interesante prácticamente sin inmutarse. Es un personaje y más me sorprendió al saber que era de mi edad (parece mayor no solo de aspecto). Finalmente regresamos al nuevo hogar y allí Cris se ofreció a acompañarme al Studentenwerker la mañana siguiente para alargar mi contrato y explicarme cómo solicitar internet. Al pasar adentro en mi piso, me crucé con mi otro compañero, un marroquí que se llama Renaud el cual se daba un aire al cantante de Macaco. El piso queda un tanto musical con mis dos compañeros, el de Metallica y el de Macaco, y conmigo mismo, un intento de Melendi como me han llamado por aquí. Tras intercambiar saludos en un idioma desconocido para cada uno, entré en mi habitación fría. Estaba contento pero apesadumbrado por ser la primera noche que pasaba solo. A partir de ese momento fui consciente de que todo empezaba realmente.

Acomodé un jersey y un pijama a modo de almohada y sin cambiarme de mi abrigada ropa, me tumbé sobre el colchón y me arropé con una improvisada envoltura de abrigos y jerséis gruesos. Tirité un poco pero os aseguro que ha sido la única noche en la que he pasado frío en la habitación. Los nervios y el miedo a la altura que dejaba imaginar el amplio cristal de la ventana principal no me dejaban tranquilo. No recuerdo en qué momento me quedé dormido.

10 de octubre

Nos propusimos la noche anterior estar en pie prontito para empezar con la montaña de papeleo pendiente que tenía. Preparamos la carpeta con los documentos necesarios (Patri se quedó sorprendida porque yo sin saberlo traía de España un documento de vital importancia), desayunamos y a las 10:00, creo recordar, nos fuimos a la parada de tren de Efferen para ir al centro de la ciudad, Neumarkt. Como ya os he adelantado, tenía algo muy importante: el certificado provisional de estudiante en la universidad de Köln. Es un papelito fraccionado en tres partes que incluye mi número de matrícula (para pedir muchas cosas y abrir más puertas de las que cierra no tenerlo), un certificado para pagar el abono transporte por tres meses y un justificante de pago. Este papelito me permite, hasta conseguir el carnet definitivo, viajar ilimitadamente por transporte urbano hasta el 15 de noviembre. Con él, otra persona puede viajar gratis conmigo a partir de las 20:00 por lo que me han comentado.

Lo primero que teníamos que hacer era crear una cuenta bancaria en un banco alemán para poder pagar los gastos obligatorios: el alquiler del piso y las tasas del carnet universitario/abono transporte. Nos acercamos a una sucursal en la que no quisieron abrirme una cuenta porque residía en el otro lado del río, por lo que fuimos a otra sucursal, más grande además, que había en la misma plaza de Neumarkt. Allí nos recomendaron ir a la oficina de empadronamiento a hacer el “ameldun” (“ameldunarse” es un verbo que hemos creado, que en alemán significa lo que imagináis: empadronarse), obligatorio para abrirse una cuenta, independientemente del tiempo que vayas a pasar en la ciudad, por lo que no os extrañéis.

De camino al “Rathaus” (ayuntamiento) paramos para comprarme una tarjeta de teléfono móvil alemana para poder contactar con los de aquí (españoles o no). La compañía fue O2 y con la compra de una tarjeta de prepago (14 euros) más la de una tarjeta de recarga de 30 euros, me regalaban 40 euros más de saldo. Tienen un sistema de recargo que ya podrían poner en España: si compras una de 10 euros te recargan 5 más; con una de 20, 15; y con la de 30, 20 euros. Como podéis suponer, me dieron la bonificación más alta.

Pasamos por una plaza pequeñita con varias oficinas hasta llegar a la del ayuntamiento, donde parecía congregarse un pelotón de gente celebrando una boda (un miércoles, sí, no habéis leído mal). Preguntamos dentro a un señor que nos indicó que allí no era donde debíamos empadronarnos (en concreto yo, Patri ya sabía que al vivir en Efferen tendría que ir a otro sitio a hacerlo porque no entraba en la jurisdicción). Salimos de aquel sitio y volvimos a la plaza que habíamos cruzado para girar a la izquierda en dirección a otra oficina. Allí el recepcionista espetó una sonrisa burlona cuando nos indicó que debíamos subir a la primera planta para ser atendidos. Ya veréis por qué se reía.

En el primer piso cogimos un papel con el número que nos daba turno. Tras un buen rato esperando que nos tocara, pues el panel que indicaba los números no se movió en 15 minutos aproximadamente, preguntamos a una pareja de mediana edad que también parecía estar esperando. Ellos nos dijeron que la máquina funcionaba bien y de repente el número saltó como 5 cifras. Si lo llegamos a saber hubiésemos preguntado antes porque casi al momento nos tocó entrar. Mientras permanecíamos esperando sentados hubo una cosa que me escamó: había muchos folletos explicativos con fotos de bodas.

Al entrar nos recibieron dos mujeres que nos preguntaron en alemán una serie de cuestiones de las que apenas entendimos nada. Me quedé con una palabra que parecía clave: “verhairatet”, que significa “casado”, aunque Patri, que era nuestra mediadora no reparó en ella. Una de las mujeres, viendo que llevábamos un ratillo perdiéndonos en la conversación, nos preguntó que si hablábamos inglés a lo que respondimos en seguida que así era. Ella entonces nos comentó que si queríamos casarnos y, a pesar de la repentina pregunta, respondimos instintiva y repetidamente que no. Anda que si llegamos a firmar algo sin que nos lo explicaran en inglés ya estaría de nupcias ¡el primer día en Köln!

Me quedé paralizado del shock mientras Patri, como buenamente pudo en medio de risas, explicaba cómo y por qué habíamos llegado a esa oficina, que era la de casamientos por lo que averiguamos. Ellas nos indicaron de nuevo la dirección para ir a la oficina correcta, que estaba en la misma plaza solo que debíamos haber girado a la derecha al salir del ayuntamiento. Eran más de las 12:30 y temíamos quedarnos sin resolver ese asunto por lo que a trompicones, mientras volvíamos a comentar y reírnos de lo acontecido, corrimos hacia la oficina de empadronamiento.

Por suerte no cerraban ese día hasta las 13:30 por lo que no tuvimos mayor problema salvo esperar turno otro cuartillo de hora. Nos atendió esta vez una señora muy amable que nos preguntaba cosas en alemán a la vez que me pedía el pasaporte y el certificado provisional de estudiante. De entre las monótonas cuestiones cabe destacar la de si estaba casado (momento cómico al rememorar mentalmente mi casi-nuevo estado civil) o la de mi religión, ninguna. Tras terminar, fuimos al servicio cada uno, pero no solo por necesidad sino también por curiosidad, pues Patri me había comentado que algunos váteres públicos tenían luces de neón ultravioletas en vez de los ya clásicos fluorescentes. Fue algo extraño pero divertido, parecía que estuvieras haciendo las necesidades en una escena de CSI.

De vuelta al banco, una chica joven nos atendió y procedió a seguir uno por uno los pasos a seguir para crear la cuenta del banco. Nos dijo que fuéramos a la Kasse (ventanilla donde se hacen los procedimientos normales en un banco, tales como transferencias, ingresos o extracciones) de la misma sala para ingresar dinero en la cuenta, que ella ya se encargaba de cobrar el abono transporte. Así hicimos y nos fuimos sobre las 14:00, hora en que vimos idóneo el momento de ir a comer.

Lo que mejor nos venía era ir al campus de la universidad para comer en la “Mensa” (comedor universitario). Cogimos la línea 9, una línea que ya se ha convertido para mí en habitual y de uso diario, en Neumarkt y nos bajamos en la parada de Universität, que es en la que debo pararme para ir a clase. Hay varios restaurantes y mensas pero de las veces que he ido solo he comido en el más grande, el que queda más cerca de la parada de tren. Consiste en una especie de buffet libre: coges tu bandeja y te sirves la comida por la que luego pagarás. En primer lugar están los estantes con cuencos pequeños de ensaladas y pudding; luego vienen los platos y digo platos porque son enormes. Comes uno y quedas saciado, os lo aseguro, son una especie de combinación de un primer y segundo plato en una fuente redonda (no me atrevo a asegurar que sean platos); por último llegan los yogures y las bebidas.

Por toda la sala hay neveras con zumos, yogures para beber y demás chucherías, aunque mejor no encapricharse con ellos pues son algo caros. Ese día el plato que escogimos de entre las dos posibles elecciones fue algo estrambótico: mortadela con patatas asadas y salteado de verduras. Creo que el otro era pescado pero no me hagáis mucho caso. Patri me aconsejó que llevara mi propia bebida de casa, pese a que las coca-colas no me parecieron caras en comparación de las de las cafeterías de la universidad autónoma. Aquí venden botellines de 75 cl. por 85 céntimos y en la autónoma por 80 céntimos sólo puedes beberte una triste lata de 33 cl. Los yogures que había de postre son más grandes que el prototípico que compramos en España. Son de 150g y traen tropezones de fruta o compota (aún me debato entre ambas posibilidades). Para que os hagáis una idea, son como los que venden en el LIDL. Están muy ricos y llenan, que es lo que interesa.

Invité a Patri ya que se estaba tomando demasiadas molestias conmigo y ambos menús apenas costaron 5 euros. Como veis, la mensa es una buena opción para comer barato y bien si además te traes tu propia bebida y/o postre de casa. Otra peculiaridad de la mensa es que tiene horario limitado: de 12:00 a 14:30, dependiendo del humor con el que se haya levantado el personal que allí trabaja. Cuando anunciaron por megafonía que el chiringuito cerraba, fuimos a soltar la ya terminada comida. Ahora viene lo curioso: el sistema de reciclaje de Alemania.

Los germanos parecen estar verdaderamente concienciados con la causa del reciclaje (quizá para compensar el alto consumo de calefacción del que hacen uso). Existen máquinas y contenedores que te reportan dinero cada vez que devuelves un botellín o casquete de cristal. Las propias expendedoras de coca-cola te devuelven unos céntimos al introducir tu botella de plástico vacía en un torno expendedor. Me dieron 15 céntimos, poca cosa pero me hizo ilusión el curioso sistema. Patri me explicó que en algunas tiendas (aquí las llaman “Kiosk”) te dan un dinerillo por los botellines de cerveza que devuelves, por lo que es muy habitual encontrarte a gente buscando en los contenedores de basura para juntar los necesarios para obtener un par de eurillos. Ella y unos amigos lo habían intentado unos días atrás aunque no sacaron mucho por casi 20 cervezas: casi no les daba para una bolsa de patatas.

También nos pasamos a comprar una tarjeta para hacer la colada (que puede recargarse en el recinto de la mensa, en una oficina contigua) y a hacer la tarjeta sanitaria, la AOK, que es la que me permitirá asistir a consulta médica por menos dinero del que pagaría sin ella, unos 10 euros. Aquí el sistema sanitario no es público y por lo que me han comentado es mejor no ponerse malo porque cuesta una verdadera pasta ir al médico, así que si me dan a elegir prefiero permanecer sano todo el tiempo que pueda.

Como no podíamos recoger mis llaves hasta la tarde del día siguiente volvimos a su casa en Efferen para descansar con una siestecita y consultar el correo electrónico. La mañana nos había cundido realmente. El tiempo no fue muy frío, sobre los 15 grados quizá y con el mismo sol siempre. Las mañanas son las 11:00 interminables; las tardes (a partir de la sobremesa más o menos) son las eternas 17:00; y a las 19:00 horas todo cambia porque anochece. Pablo, un Erasmus de Málaga, vino a recogernos a media tarde para ir al centro, cerca de Neumarkt, a la plaza de la catedral de Köln, donde habían quedado un amplio grupo de Erasmus españoles. Salimos de Efferen con otro grupo de chicos y chicas españoles y partimos hacia el encuentro.

Una vez sobre las 20:00 estábamos frente a la catedral para irnos a una fiesta en un bar que se encontraba próximo. Pude recrearme brevemente echándole un vistazo a la fachada de la catedral, con lo cual decidí que sería una visita obligada para otro día. Nos reunimos con un grupo de 20 personas y fuimos a la fiesta, que era en una sala donde había una barra, un escenario para el disc-jockey y un reciento vallado en medio de la misma sala, lleno a rebosar de colchones y almohadones. La fiesta era, por lo que nos habían contado, una batalla de “kopfkissen” (almohadas). Los primeros en participar fueron unos combatientes locales que se deshicieron a almohadazos frente a los allí presentes. Seguidamente al final de su combate, unos cuantos espontáneos españoles les imitaron e incluso un aguerrido ejército de chicas se montó su particular batalla. Fue divertido y por suerte la música acompañaba, no era machacona, melodías rock con algo de electrónica suave.

Aunque no soy nada discotequero, amorticé los dos euros que nos había costado la entrada en reírme de los incautos que se convertían en blanco de los trozos de colchón y gomaespuma que resultaron de las amistosas peleas. Cómo no, también me uní en lanzar trozos a todo aquel que pillaba desprevenido y repartí espumilla sobre las cabezas de los que más próximos tenía. Eché de menos en ese momento no haber hecho más caso de mi hermana mayor, que durante el verano me aconsejó meterme en un foro para Erasmus pues muchos de los que estaban allí ya se conocían anteriormente a su llegada a Colonia. De todas formas, era comprensible que estuviera cohibido y perdido entre el barullo de gente, pues soy tímido por naturaleza a la hora de conocer gente nueva y apenas llevaba 24 horas allí.

La fiesta terminó a las 23:00 aunque la impresión general que tuvimos a la salida era de estar en la calle a las 4:00. Es la otra hora habitual en el cielo de Colonia. Ya pueden ser las 00:00 o las 5:00 que parecerá que vives en plenas 4:00 de la madrugada. Como a partir de las 00:00 los trenes empiezan a reducir considerablemente su horario, cogimos el de las en punto para volver a casa. En el grupo en el que volvimos, los autodenominados “Efferinos” (habitantes del recóndito Efferen), persistían las ganas de juerga por lo que nos fuimos al cuarto de la lavadora próximo a la casa de Patri e hicimos una ronda de cervezas antes de ir a dormir sobre las 02:00.

09 de octubre

El fatídico día de la partida hacia mi nuevo destino. Aunque me fui de casa con mucha pena, lo cierto es que no quise hacer ningún drama en parte porque las ganas de nuevas experiencias eran tantas como las de quedarme al abrigo y protección que me daban en casa. También las circunstancias me lo pusieron más fácil, pues llevaba casi una semana sin hacer nada salvo ultimar los preparativos y poder “despedirme” de aquel entorno tan familiar. Agradezco que mi madre no llorara delante de mí, pues no era la imagen que quería llevarme de ella en el viaje. No está de más aclarar que seguramente todos mis familiares estaban realmente preocupados frente a mi completa despreocupación en esos momentos, quizá porque no era del todo consciente de que me iba.

Llegamos a Madrid tras pocas horas en coche, un viaje en el que mi hermana mayor, Anamari, y yo no acompañamos despiertos a mi padre salvo en los últimos momentos. Allí nos pasamos por mi antigua residencia en “visita-relámpago” tan solo para recoger a mi hermana pequeña, Mamen, para llevarla a la universidad. Allí estuvimos un par de horas, las necesarias para comer con ella y una prima nuestra, Cristi, y volver a ver a mis amigas Bárbara y Carmen (y más gente que he conocido en los 3 años que he pasado en la Universidad Autónoma) fugazmente.

Por la tarde, sobre las 16:00 llegamos al aeropuerto donde estuvimos esperando para poder facturar como dos horas antes de que abrieran la ventanilla de la compañía de vuelo. Hasta allí se acercaron dos amigas, Mary y Silvia, para sumarse al comité de despedida. Aunque el peso máximo del equipaje no excedía por mucho el tope no me cobraron nada. Tampoco pesaron mis equipajes de mano (volaba con Germanwings, que es una compañía de bajo coste, por lo que muchos de su ingresos provienen de los incentivos que ganan con este tipo de “trampas”).

La hora de embarque eran las 18:55 y nos lo tomamos con bastante calma, pues hasta prácticamente esa hora no nos pusimos en movimiento. Ya en la puerta de embarque me despedí con alegría de los allí presentes, a lo que siguió un momento de cierta tensión, pues tuve que sacar el portátil de su funda para escanearlos por separado con lo cual, al ir llena hasta los topes, los útiles que estaban dentro casi salieron disparados aunque por suerte no fue así.

Una vez dentro, topé con una gran cola de gente esperando para subir al avión y por supuesto yo era el último (no esperaba más llegando con la hora tan pegada). Después, cuando anunciaron por megafonía que podíamos ir pasando, reparé en que el billete no tenía asiento numerado por lo que era de los primeros en subir (¡vaya suerte!) y así lo hice: me coloqué en la ventana para no perderme detalle, aunque con pocas horas de luz iba a contar. Poco más añadir excepto que no subí en regadera (los autobuses internos del aeropuerto), entré directamente en el avión. Nada más sentarme hice unas cortas llamadas telefónicas de despedida. Tuve como compañeras de viaje (las filas de asientos eran de tres en cada uno de los dos lados del avión) a dos alemanas que eran pareja que amablemente me avisaban cuando había algo que mirar. Hacia la mitad del viaje las azafatas ofrecían bebida aunque, claro, tenía que pagar por ellas (no sería muy significativo si no fuera porque cobraban las botellitas de 0,5 litros de agua a 3 euros. Otra de las pocas pegas de las compañías de bajo coste).

21:55 era la hora estipulada de llegada, aunque 10 minutos antes ya estaba en tierra esperando a recoger mi maleta. Me sorprendió ver la cantidad de gente que hablaba castellano que se bajó del avión. Patri, que se ofreció a venir a recogerme, llegó como 20 minutos más tarde de mi llegada, porque vino con una amiga y se equivocaron de tren (estuvieron en cocheras un rato porque no se dieron cuenta de que era la última parada hasta que el conductor fue a avisarlas). No hacía especial frío pero todos íbamos abrigados.

Montamos en el U-bahn, que es el transporte de aquí que hace las veces de tren de cercanías/metro/tranvía dependiendo de por dónde pase: unas veces por túneles, otras por bosques, otras por carreteras. Pude ver Köln de noche por primera vez, y puedo deciros que no está especialmente iluminada (los alemanes son ahorrativos hasta para eso) aunque es bonita, muy europea en su composición. No hay edificios muy viejos porque la ciudad quedó bastante dañada con las guerras.

Tras casi una hora de tren por fin llegamos a Efferen, un barrio de la periferia de Köln donde viven muchos estudiantes, entre ellos Patri. Cuando pedí casa para venirme aquí, escogí los tres modelos amueblados de Efferen, aunque finalmente me han enviado a un sitio un poco más lejos, en el lado oriental del río Rhein (o Rin, el de los nibelungos), que más o menos parte la ciudad en dos mitades. Como el horario de recogida de las llaves de mi casa era muy reducido, de 19:00 a 20:00, Patri me invitó a quedarme en su casa hasta que hiciera falta.

Su casa es muy graciosa, parece de mentira o de juguete. Es una casita de dos plantas con el techo azul y las paredes amarillas. Muy pequeñita pero mona. Cuando dejamos las maletas en su habitación, me presentó a sus compañeros: una valenciana que estudia Medicina y dos marroquís, que son primos, que viven juntos allí desde hace varios años, por lo que son un punto de referencia para conocer más a fondo las costumbres de esta ciudad. Sus otros compañeros son unos holandeses que estaban en su país en esos momentos. Es decir, que para un piso de 4 habitaciones viven 6 inquilinos juntos pero no revueltos. También estaban allí algunos Erasmus españoles colegas de las chicas.

Antes de irnos a dormir, comimos un poco y me conecté en su portátil para enviar la confirmación de que me encontraba bien a la gente de España, vía email.

Introducción

¿Por dónde empezar?

Me he propuesto llevar en la medida de lo posible un seguimiento de mi estancia en Köln (Colonia) medianamente diario. Hay muchas cosas que he ido conociendo en el poco tiempo que llevo, por lo cual, previendo que vaya a olvidarlas para ocupar mi cabeza con los constantes intentos por mejorar (sería más preciso “aprender”) mi escasísimo dominio del alemán, aunque me da para ir a comprar al LIDL y poco más, me pongo manos a la obra no vaya a retardarlo más.

Comienzo a escribir mi vivencia en Alemania a día 13 de octubre de 2007, cuando apenas llevo 4 días de nada por aquí. Ahora que lo pienso, hay tanto que contar. Para organizarme mejor y no convertir este relato en un caos frenético víctima de un aluvión de recuerdos inconscientes iré comentando día por día. Que lo disfrutéis.

Bienvenidos

Empieza la andadura de este humilde blog, sed bienvenidos. Lo planteo como una especia de embarazo, cuya duración estimada será de 9 meses aproximados a partir de la fecha de creación del blog, ya que es el tiempo en el que estaré viviendo en Alemania, también conocida como la tierra patria de los célebres Kinder Sorpresa de la factoría chocolatera Ferrero.

Estoy cursando mi último año de carrera en una universidad alemana con una beca del marco Erasmus, y llevo aquí viviendo casi tres semanas. Como muchos sabréis, este blog se basará en el diario de abordo que llevo desarrollando desde los primeros días de mi estancia. Animado por amigos y familiares, he decidido exponer en internet mis memorias más recientes para que se pueda acceder a su lectura con mayor comodidad y rapidez.

Intentaré actualizar con un ritmo diario, dentro del tiempo y ánimo del que disponga. Para no entrar de lleno en lo que es la narración en sí, os pongo en antecedentes: cada día se corresponde al día real que la fecha marca, quise darle un matiz de objetividad a los textos autobigráficos que os presento. En un principo no decidí llevar el diario con una constancia regular para ensanchar mi ego, sino que estaba dirigido y creado exclusivamente para amigos y familiares, pero gracias a los consejos y sugerencias que diariamente me daban, me animé a subirlos a un blog.

Nada más, espero que disfrutéis de su lectura, si bien intento evitar en la medida de los posible en la repetición, pues la tendencia de la narración de las crónicas diarias es la de ser cíclica en muchos aspectos. Os invito a que reviváis desde donde estéis mis (extraordinarias según se mire) peripecias.