martes 3 de noviembre de 2009

Los primeros días

Ha pasado todo un mes desde mi llegada a Ôsaka, y en todo este tiempo la conciencia no me ha dado tregua, remordiéndome a menudo por no dejar por escrito las vivencias de cada día. Pero hoy, día lluvioso como pocos, rompo con este silencio haciendo un resumen (porque a estas alturas es poco práctico profundizar en aspectos superfluos,  a la par que imposible) de lo que fueron las primeras horas de mi estancia japonesa.

Primero haré acopio de mis memorias con respecto al vuelo, aquel matador periplo que duró aproximadamente 13 horas humanas. Y digo humanas porque en realidad partí del aeropuerto de Barajas a las 13:20h del 24 de septiembre y… llegué 24 horas más tarde al aeropuerto Kansai International de Ôsaka… Esto se debe a los husos horarios, 7 horas de diferencia respecto a España. Los asientos para la tripulación de clase media (como el que escribe) no fueron lo suficientemente cómodos como para permitirme dormir más de una escasa hora hasta llegar 11 horas y 35 minutos más tarde a Pekín, donde haría una escala para finalmente llegar a Japón. Suerte que al menos Air China se portó y me dio tres veces de comer sin contar la merienda. Otra cosa no, pero no pasareis hambre en un vuelo de compañía china.

En el mismo aeropuerto conocí a otra española (no le resultó muy complicado averiguar mi procedencia, solamente bastaron mis “pintas” ¬¬), pero al contrario que yo, solamente iba a estar un trimestre por estas tierras. Montamos en el autobús para cambiar de aeropuerto, tuvimos una charla amena en la hora de viaje, nos separamos en la estación para tomar el monorail (sí, ese tren que “va por el cielo”), en mi caso, y un par de horas más tarde, (previa consulta en japonés a toda persona con uniforme que encontraba, no fuera a ser que nos perdiéramos nada más llegar) un taxi me llevó desde la estación más próxima hasta… mi residencia, o algo parecido.

La primera impresión, siendo honesto, fue desoladora: un edificio semejante a un hospital de barrio, sucio, tétrico y gris, muy gris. La habitación tampoco era precisamente una suite, apenas 2 metros de ancho y 4 de largo… una caja de zapatos del número 53 pero con muebles tercermundistas (un armario, la cama sin edredón y una estantería que se tambaleaba) y una moqueta tétrica como ella sola. Al menos la nevera era nueva, o eso me quiso colar el encargado que me recibió, el sr. Yamane. En realidad cada habitación consiste en dos cubículos (uno por habitante) que comparten plato de ducha, de los de toda la vida. Por suerte no había moho pero una buena barrida tampoco le vendría mal… Volviendo a mi habitación, el anterior inquilino fue lo suficientemente amable como para dejarme cables de red, un calendario no-erótico (al menos no para mis parámetros) de una modelo de kimonos (Hitomi Kuroki), un llavero y dos mapamundis. Pude comprobar más tarde que fui afortunado en comparación a mis compañeros, echadle imaginación si podéis.

Pero lo que me mató el primer día no fue el tremendo jet-lag que lastraba, la ausencia de gente conocida (especialmente tocado estaba esos días porque daba la casualidad de que en mi localidad, Cabeza del Buey (Badajoz), todos estaban de fiesta en romería), la aparentemente desoladora residencia con sus tres pisos, no. Lo que me causó más conmoción fue descubrir que tan solo disponíamos de tres retretes por piso, teniendo una media de 20 inquilinos para usarlos…

Os dejo con la intriga, pronto más.

lunes 28 de septiembre de 2009

El nuevo Kinderland

¡Hola a todos! Ha pasado largo tiempo desde la última vez pero como prometí, aquí tendréis de nuevo más vivencias en un país extranjero. Me disculpo nuevamente por las entradas en el blog anteriores, que vaticinaban cambios que nunca llegaban, pero ahora, por fin, puedo desvelaros lo que se ha ido cociendo.

¿El por qué de la demora? Cuando inauguré “Mimo en Kinderland” en un principio mi intención como escritor era la de dar a conocer a mis allegados el día a día durante mi experiencia Erasmus. Ahora retomar el blog después de tanto tiempo (en realidad sólo conté el primer cuatrimestre de mi estancia, aunque en cierto modo tuvo su propia lógica ya que la aventura continúo in crescendo pero eso sí, cada vez más basada en las enriquecedoras experiencias interpersonales, por lo que es mejor dejarlo en privado).

¿Por qué ahora y no antes? Porque a mi regreso a España, comencé una nueva andadura universitaria, Estudios de Asia Oriental, una licenciatura actualmente en vías de extinción tras las nuevas reformas educativas, en la cual podía optar a una beca de intercambio de estudios, esta vez no limitada a Europa. Y qué menos que Japón con destino predilecto cuando mi itinerario en la nueva carrera estaba basado en su cultura.

Así pues, en febrero de 2009, la llamada de Anaïs, una compañera de clase por aquel entonces y una verdadera amiga en estos momentos, confirmó mi selección como uno de los becados para el presente curso 2009-10 en Japón y justamente en Osaka University, la universidad japonesa que fue mi primera opción de las tres disponibles (Sophia (Tokio), Tokyo University of Foreign Studies (Tokio) y University of Osaka (Tokio)).

A pesar de todo, tuvimos que esperar varios meses hasta recibir la documentación enviada desde Japón para tramitar todo el proceso del intercambio. En mi caso, tras meses de tortuosa espera y graves contratiempos (a poco estuve de quedarme en España), por fin el pasado 24 de septiembre tomé un vuelo dirección Osaka en pos de una experiencia más revolucionaria aún que todas las vividas, al fin y al cabo, se trataba de mi sueño.

¿Por qué de nuevo Kinderland como título? Sé que no es apropiado seguir denominando a este espacio “El país de los huevos Kinder” porque no se trata de Alemania, sin embargo, Kinderland va conmigo, es mi mundo interior, la forma en que interpreto la realidad. Así pues, Kinderland no es una entidad física, como tampoco han dejado de gustarme los golosos chocolates Kinder…

Sin más preámbulos, nos vemos mañana con una verdadera nueva entrega, mis primeros días en Osaka. ¡Espero que lo disfruteis!

jueves 23 de abril de 2009

Zürruckkommen! (I'll be back... soon)

Hola hola!
Buff, ha pasado bastante tiempo desde que publicara la última entrada... Muchos y diferentes motivos me han mantenido ocupado desde mi experiencia en Köln pero aún así me queda memoria suficiente como para poder continuar con esta ¿entretenida? narración.
Aún queda pendiente contaros cómo se desarrolló la segunda mitad de mi estancia, el bonito epílogo que cerró (o no) esa etapa y por supuesto, desvelar la gran excusa que me ha mantenido al margen y por la cual estaré de vuelta... todo tendrá sentido... espero que pronto.

Hasta entonces, queridos lectores!

P.D.: no depende de mí revelar la gran exclusiva :(
aunque prometo que la espera habrá merecido la pena (los conocedores del secreto bien lo confirman :P)

martes 13 de mayo de 2008

El poder del blog y la puerta de cristal

¡Saludos!
En primer lugar, y antes de continuar por donde lo dejamos, como siempre, muchas gracias a todos los que leeis este blog. Aún no comprendo cómo sois capaces de terminar las entradas (si lo haceis) sin caer dormidos frente al teclado... Es broma, pongo mucho de mi parte en hacer esto entretenido e instructivo.

Para aquellos que utiliceis este blog como consulta para vuestras futuras experiencias, no dudeis en contactar conmigo. Estaré encantado de ayudaros en todo lo que me sea posible. Colonia es un estupendo lugar al que venir a vivir: no solo es tranquilo para ser una ciudad grande, sino que además está provista de grandes posiblidades.

Me he llevado varias sorpresas al respecto. Como sabeis, la intención de este rinconcito era haceros llegar una crónica de mi estancia para orientaros un poquito, pero ha resultado ser una seña de identidad incluso. No solo he recibido mensajes de apoyo como el de Elena y Ale, sino también Bernard (un chico nuevo que ha venido a estudiar por aquí) y algunos de la nueva hornada de estudiantes me han reconocido porque leyeron este blog antes de llegar. Me replanteé algunas cosas respecto a la privacidad que pueda perder con mis escritos, pero tras el shock, lo ví todo de un modo distinto, quizá podía ayudar a través de ellos.

Retomando por donde lo dejamos, a principios de febrero, terminé los exámenes y visité Düsseldorf por primera vez. Estaba algo nervioso e impaciente porque en breve recibiría la visita de algunos amigos. Llegaron en dos tandas: primero Mavi, compañera del año pasado en Madrid, y después mis amigos Samuel, Norman y la compañera de piso de éste último, Joana, una chica portuguesa cursando una Erasmus en Madrid.

En un principio quise preparar un especial para el blog en el que cada uno aportara un poquito para hacer una crónica de su estancia por estos lares y que compartieran impresiones con todos, siendo una de las razones por las que fui atrasando esta entrada, pero siendo mayo bien entrado, no puedo esperar más, aunque algo sí me ha llegado, ya vereis.

Coincidió que el día que Samuel y el resto llegaban, tenía un encuentro junto a mis compañeros del curso de alemán en la casa de la profesora, más allá del barrio de Efferen. Me sentía un poco culpable por no recibir a los visitantes en persona, pero mis compañeros del curso acabaron por convencerme y Mavi me cubrió las espaldas, por lo que finalmente fui sin saber bien a qué iba.

Llegamos al lujoso chalecito adosado de Margret, nuestra profesora, que estaba sola en casa con su marido al llegar y sus hijos estudiando fuera de la ciudad. Era un chalet con altos setos y, atentos al dato que es relevante: la mayoría de las puertas eran de cristal. Primero llegamos Pablo, Rocío y un par más y esperamos sentados comiendo frutos secos en el salón de la casa. Margret nos ofrecía vino al tiempo que recibía a los nuevos visitantes que iban llegando. Me inquietaba perder la noción del tiempo y hacer esperar mucho a mis amigos, por lo que esperaba que a la mínima ocasión, pudiera llamarles por teléfono para avisarles de cuándo regresaba.

Cuando estuvimos todos, compartimos la comida que cada uno había llevado (menos nosotros, que no habíamos caído en ese detalle) y comenzamos a hablar de las valoraciones sobre el examen final. Margret nos comunicó que todos habíamos aprobado excepto un par de casos concretos. Tampoco hizo especial hincapié en detalles salvo comentarios acerca de mí. Le sorprendió que, a pesar de mi irregularidad durante el curso (tenía aptitudes para aprender, pese a que era de los menos preparados para el nivel, puesto que antes de venir aquí, tan solo había estudiado alemán por tres semanas en el verano anterior, y en el curso que estaba, algunas cosas se me escapaban, aunque Margret me aconsejó que me quedara) estaba contenta con el resultado, pues respondí a lo esperado. Dijo que fui "muy pragmático". En ese momento, me puse nervioso (imaginaos, un grupo dispar de gente de todas las nacionalidades mirándote fijamente y atento a lo que hablaban sobre ti) y al intentar agradecerle las palabras a Margret, me hice un lío y no pude terminar.

Me escondí bajo el jersey con la cara acalorada por la vergüenza (sí, puedo llegar a ser muy tímito y de hecho lo soy) y escuchaba de fondo las risas, a la vez que Margret dictaminaba el juicio de que a eso se refería: que tenía aptitudes que no desarrollaba salvo en ocasiones.

Desde la cocina llegó el olor a chili con carne que estaba listo para la cena así que nos levantamos para preparar la mesa y en ese momento, decidí coger mi móvil, que estaba en el recibidor junto a los demás abrigos cuando... ¡POM! Retrocedí andando de espaldas con un dolor punzante en la nariz y la cara. Algo invisible me había golpeado. Mientras me recuperaba en esos instantes en los que uno queda noqueado, lo primero que vi fue a varias personas explotando en carcajadas y preguntándome si me encontraba bien y otras tantas retorciéndose de risa en el suelo.

Me había golpeado con la puerta de cristal, que estaba cerrada.

Vale, llegados a ese punto, lo único que pensaba era: ¡Tierra, trágame! por dos razones:
-quería irme cuanto antes víctima de la humillación
-esperaba no haber resquebrajado el cristal de la, seguramente cara, puerta del salón

Por suerte, no pasó nada, ni un rasguño al vidrio. Nada, salvo el leve mareo y dolor que tenía en la cabeza. Para no ser maleducado, me senté a la mesa comiendo mi porción de chili y acabé con lágrimas en los ojos por la prisa en la que estaba comiendo todo aquel plato repleto de picante, a la vez que evitaba los jocosos comentarios.

Me despedí asintiendo por enésima vez que no me pasaba nada grave ni me mareaba y me reí con ellos. Margret me acompañó hasta la salida, enseñándome (en una expresión algo ambigua entre calmada y cabreada, me quedaré con la duda eternamente) que no le pasaba nada a la puerta (aunque juraría haber visto un arañazo que le señalé a Margret. Ella puso el dedo por encima como tratando de limpiarlo y quitarle hierro al asunto, aunque seguro que en ese momento se cagaba en mí varias veces). Me dio la mano y se despidió diciéndome que lo pasara bien en España. Le dije extrañado que no me iba todavía, que estaría en Alemania hasta verano y entonces repitió de nuevo "Que te vaya bien por España", por lo que deduje que ya ni me escuchaba. Me dijeron que los demás se quedaron hasta la madrugada cenando allí y que incluso el marido de Margret se unió a la comitiva, pero en esos momentos estaba ya de vuelta en Colonia.

sábado 10 de mayo de 2008

Dos patitos

¡Saludos desde Kinderland!

¡Hola! Sé que el ritmo que llevo es algo irregular, pero dicen que lo bueno se hace espera, ¿cierto? :P

Hoy, 10 de mayo, haré una excepción y os hablaré del más inmediato presente, pues es mi día, el día en el que cumplo años. Es decir, demos un salto en el tiempo hasta lo que sería plena tercera temporada de mi etapa en Kinderland. Mucho ha pasado y quizá lo que veais os estropee algún acontecimiento que aún no haya comentado, pero la ocasión lo merece y además, es la primera vez que tengo blog para comentar este acontecimiento. ¡Disfrutadlo!

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10 de mayo

Pasada la medianoche, volví de Rudolfplatz de mi encuentro con Laura, Basri y la amiga de éste, Simone, una chica interesante con la que debatimos en alemán e inglés sobre aspectos que le interesaba conocer desde la perspectiva de un extranjero, como puede ser la visión que se tiene de Alemania fuera de sus fronteras, con el gran lastre que soporta desde el siglo pasado, el idioma, cómo conocer gente de otras culturas, etc, aunque también hubo tiempo para momento más tribiales como los juegos de palabras que nos inventábamos al intentar explicar cosas en alemán, haciendo un batiburrillo de idiomas de lo más heterogéneo.

Al llegar a mi silencioso (de madrugada) barrio, la claridad de la noche me dejó ver a lo lejos una serie de luces incandescentes. Movido por la curiosidad (y por no tener más que hacer que regresar a casa y dormir) me acerqué solo para comprobar que eran lo que sopeschaba: velas. Sí, rojas y encendidas como las de un velatorio, formando una hilera que se extendía por la dirección opuesta en la encrucijada camino a casa. Seguí su rastro, no sin estar alerta ante tanta calma y esperando encontrar algún extraño ritual, llegué hasta un puente y allí...

Tuve una epifanía, vi todo más claro, como en una revelación. Hice inventario de lo acontecido durante mi estancia, como complemento a la conversación mantenida esa misma noche. Ese encuentro fantasmagórico me preparó para afrontar la victoria: un año más. Sí, porque para mi el hecho de llegar cada año a registrar un nuevo año supone eso, una superación, un nuevo récord en días de vida... y a sumar otros 365 y tantos como queden.

Encontré un saco a medio vaciar con la misma ropa que llevaba puesta, y una peluca que imitaba mi cabellera, negra azabache como el betún. Algunos de mis objetos personales se encontraban esparcidos entre el suéter y los bolsillos del pantalón. Al examinarlos, los cogí y junto a la ropa, los estremecí contra mi pecho en un abrazo y después... un flash y de vuelta a la realidad. Había encontrado algo de mi mismo que había perdido por allí, quizá las ganas de seguir, quizá ímpetú, quizá solo una parte extraviada pero celosa de su identidad. Fui a dormir para descansar de la jornada.

A la mañana siguiente me esperaron las bien recibidas, como de costumbre, felicitaciones de los amigos y familiares, que seguirían sucediéndose a lo largo del día. Me preparé para ir a la fiesta de Efferen para celebrar mi cumpleaños junto a Patri y Pablo, verdaderos anfitriones del festejo.

Laura y Horacio me esperaban en el Flowmarkt para entregarme sus regalos sorpresa: un cómic original americano de la etapa de Claremont en los X-Men y unas pelotas blanditas para hacer malabares, con instrucciones incluidas porque mi pericia con juegos de manos brilla por su ausencia.

Nos reunimos con algunos conocidos en el acalorado césped de Efferen (me gusta el estilo del guionista de esta temporada, ¿veís como todo encaja (comencé mi estancia en Efferen con Patri y de nuevo estábamos reunidos para celebrar los cumpleaños)? Rocío y Clara tenían preparadas varias sorpresas: una bolsa de chucherías y una deliciosa tarta de galletas, chocolate y Lacasitos, como en los buenos tiempos.

Decidimos marcharnos a dar un paseo por Efferen separándonos del agobio del grupo principal (no por nada, sino que no me siento cómodo con las multitudes, al igual que mis compis: Lau y Horace) y fuimos a dar con el lago de Efferen, una preciosa estancia muy apacible a la que algún día regresaremos con Neri para darnos algún refrescante chapuzón. Vimos varios patos, lo cuál me recordó a la epifanía del día anterior y traté de buscarle un nuevo significado que añadir a los dos patitos que hasta el año que viene figurarán en la casilla de mi edad.
[Nota de mimo: leer James Joyce es peligroso para la salud mental]

De vuelta a la estación para subir de nuevo a Colonia, visitamos el barrio y sus perfectas casitas y paramos a divertirnos como infantes en unos columpios. Fue un momento mágico, y hacía falta ratos así, de evasión y diversión pura, sin apariencias ni compromisos.

Casi morimos de asfixia debido al bochorno de calor que albergaba el tren, pero aún quedaban ganas para seguir con la celebración de los dos patitos, las dos décadas y un bienio que llevo en este planeta. Aún no he despertado del todo mis poderes, pese a que planeo en ocasiones por distancias cortas y poco a poco mi sensor empático e intuición se van perfilando, aunque aún me queda mucho para considerarme madurado (que no maduro).

Ahora escribo escuchando de fondo varios fuegos artificiales. Colonia y yo estamos de celebración. Supongo que va siendo hora de seguir con la fiesta.

domingo 27 de abril de 2008

Visita a Düsseldorf, principios de febrero

Esta entrada llega con un poco de retraso pero dicen que lo bueno se hace de rogar.

Pasados los examenes y carnavales, una cuestión que nos preocupaba a los Erasmus (ahora que teniamos más tiempo para dedicar a cuestiones como la política de nuestro país) era el asunto del voto por correo. Nos pasamos información unos a otros a través de varios emails y finalmente decidimos fijar una fecha (fue un viernes por la mañana) para ir al consulado español, pasaporte y ausweiss (el abono transporte) en mano, pues estaba en Düsseldorf.

Düsseldorf es la ciudad rival de Köln, casi siempre por motivos de negocio, y es que da la impresión de que Colonia es más ciudad dormitorio que la industrial Düssedorf, o al menos fue lo que averigüé en mi primera visita a esta ciudad. Me llamó la atención lo poblada que estaba de rascacielos, en comparación con las ciudades alemanas que había visto anteriormente. Cogimos el metro nada más llegar, que por contra, tenía un aspecto más arcaico que el de "mi" ciudad y allá que fuimos.

Tras terminar de completar los aspectos burocráticos, decidimos pasar el resto del día visitando la ciudad. Primero llegamos a un parque que quedaba en la orilla del Rhin, con un cauce mucho más intenso y vistoso que el de Köln y recorrimos su trayectoria en dirección al centro de ciudad, donde descansamos para almorzar un poco (en plena calle bajo el solecito, que ese día comenzó a pegar tras los tímidos coletazos que llevaba dando antes de las frías lluvias).

Desde allí llegamos hasta la torre de telecomunicación (no hay ciudad alemana que no tenga una y bien situada) y una vez arriba, nos quedamos echando una siestecita al calorcito del sol que daba por la tarde. Antes de malgastar las pocas horas de sol que restaban, decidimos bajar y recorrer la "Manhattan" de Düsseldorf, una isleta artificial bañada por las aguas del Rhin con multitud de edificios de diseño. Me encanta esta zona de la ciudad, con edificios obra de autores como Guggenheim u otros autores.

A continuación, unas fotillos para que lo veais.





miércoles 2 de abril de 2008

Carnavales (2)




Por cierto, como muestra de las perrerías a las que me someto por parte de las niñas, olvidé comentaros que no sólo me cortaron el pelo con un cutter. Una tarde anterior a los carnavales, Neri me propuso chuparme un ojo, cosa de la que no creí capaz. Pero no, comprobé in situ cómo mi globo ocular fue tocado por instantes por la punta de una lengua. Me reí como pocas veces, a ver si subo fotos. No sabía dónde situar esta anécdota, pues quedó a medio camino entre enero y los carnavales.

En próximos episodios: historia de Colonia, primera visita a Dusseldorf y la llegada de los visitantes...