miércoles 31 de octubre de 2007

25 de octubre

Quedé con Patri antes de ir a clase para pedir que nos firmaran unos documentos en la oficina de atención a los Erasmus. Estaba justo a la derecha de la parada del tren de la facultad. Habíamos oído rumores, porque en cada universidad a los estudiantes nos han dicho una cosa diferente, de que teníamos que entregar en la oficina Erasmus de Colonia un impreso para que comenzaran a remunerarnos la beca. No recordábamos nada de ningún anexo con esas características, por lo que revisamos nuevamente nuestra guía de orientación (nos la entregaron en España antes del verano, en junio, cuando firmamos el convenio financiero) y encontramos un documento que respondía a lo que nos habían descrito.

Se supone que había que enviarlo a España antes del día 15 de octubre para que nos pagaran el mes, por lo que nos llevamos los billetes del vuelo para demostrar que llevábamos un tiempo aquí residiendo. Nos atendió una amable señora que se animó a respondernos en castellano. Se defendía bien con el idioma y no puso ninguna pega en sellarnos el formulario y rellenarlo con las fechas que marcaban los billetes. Nos indicó que debíamos regresar al final de nuestra estancia para cumplir con los procesos burocráticos que la beca comporta. También nos entregó un certificado de estancia, que es lo que debíamos enviar lo antes posible. Antes de marcharnos de su oficina nos explicó que podíamos enviarlos por fax a través de los aparatos del edificio con las aulas magnas (en el que hicimos la prueba de nivel).

Fuimos a la clase de las 12:00 y a su finalización decidimos no volver a aparecer por allí nunca más. ¿Los motivos? La profesora comenzó a exigir presentaciones orales, trabajos y exámenes escritos como una descosida, sin dar tregua alguna a los Erasmus (cuya única ventaja frente al resto es que las presentaciones podrían hacerse en grupos y no individualmente, lo cual también implicaba que debía ser más trabajada que las del resto). Durante la mayor parte de la segunda parte de la clase estuvimos dibujando en los folios y jugando al ahorcado en Spanglish (nos pusieron en grupos para responder a unas cuestiones pero los compañeros que nos tocaron fueron bastante desconsiderados con nosotros porque apenas hablaron en inglés, la lengua oficial de la asignatura, lo que acrecentó nuestras ganas de no volver). Sopesamos los pros y contras de estar en la asignatura y al ver que ventajas no aportaba ninguna y que el agrio carácter de la profesora tampoco nos convencía en absoluto, pusimos pies en polvorosa al final de la clase.

La noche anterior me preparé unas pechugas de pollo fritas para el bocadillo que tenía que comerme en los escasos veinte minutos que teníamos para cambiarnos de edificio y encontrar sitio libre en el aula de la siguiente clase. Los jueves son especialmente estresantes, por lo que preparé el bocadillo a conciencia con unas lonchas de queso y pan tostada para que al menos estuviera bien alimentado y no me diera un soponcio con tantas prisas (suelo comer muy despacio. ¿Para qué tantas prisas? Comer es un placer, un privilegio que hay que disfrutar en su medida).

La clase de literatura de ese día fue criminal. El profesor se limitó a repetir lo mismo que había explicado en la clase de la semana anterior y entre las cíclicas explicaciones y que estábamos recién comidos, tanto Laura, Rocío, Patri y la chica alemana que conocí en la clase de la profesora Laversuch como yo estábamos que nos moríamos de sueño. Las 14:00 no es una hora especialmente recomendable para impartir una clase de literatura. Nos dábamos codazos unos a otros para mantenernos despiertos (o al menos aparentarlo) no porque no fuera interesante la materia sino que estábamos escuchando lo mismo que ya teníamos anotado en los apuntes. Estuvimos escribiendo misivas en un pequeño papel para mantener breves conversaciones sobre tonterías varias.

Al salir, decidimos asistir a una clase que empezaba a las 16:00 que versaba sobre el teatro contemporáneo inglés. Pregunté a unos chicos y chicas que estaban sentados esperando a que la clase empezara y me comentaron que había que actuar en una obra de teatro obligatoriamente (la obra era “Closer”, con adaptación cinematográfica con Natalie Portman (lo mejor de la película, todo sea dicho), Clive Owen, Julia Roberts y Jude Law. La versión para teatro que se hizo en España contaba con Belén Rueda como protagonista). Patri y yo nos miramos mutuamente y empezamos a reírnos al tiempo que decidíamos irnos. ¿Actuar en una obra en inglés? No es que no me sedujera la idea, pero no era lo que andaba buscando en esos momentos.

Como necesitábamos más créditos, pues no queríamos fiarnos completamente de los cuales nos habían prometido, fuimos a la sala de ordenadores comunes a consultar asignaturas. Escribimos un par de emails a los profesores de las asignaturas que nos interesaban y convenían por el horario y aprovechamos para esquematizar un calendario de posibles asignaturas para el siguiente cuatrimestre.

Nos despedimos hasta el día siguiente, a pesar de que Patri me instó a ir al Efferino, pues se habría un búnquer que era la ampliación del bar y mucha gente parecía interesada a ir. Pensé que si bajaba a Efferen podría aprovechar para hablar con Yumi pero decidí ir a Neumarkt y ya pensaría qué hacer. El motivo de mi visita a Neumarkt (aparte de que me pillaba de paso para ir a casa) era ir a Mayersche (la “Fnac alemana”) para comparar los precios de los libros para el curso de alemán, que rondaban los 15 euros. Otro de los detalles a destacar de las librerías alemanas es la homogeneidad de los precios, un libro mantendrá su precio justo en cualquier punto de venta (comparando ya no solo los libros de alemán, también los cómics y novelas). Mientras bajaba por las escaleras mecánicas para irme a casa (los manuales de idiomas estaban en la segunda y última planta) me fijé en unos carteles que estaban colgados en la entrada principal anunciando la fecha de salida del último libro de Harry Potter. Entendí que iba a celebrarse una especie de fiesta con motivo del evento. Lo que me extrañó fue la hora que marcaba: las 00:00h.

Volví a casa para descansar y conectarme un rato a internet.

martes 30 de octubre de 2007

Mi pequeño pero ventilado cubículo (nada de rimas fáciles)

¡En primicia! ¡Las imágenes más esperadas!
¿Cansado de noches de insomnio por la incertidumbre del día de publicación de las mismas?
Tranquilo/a, joven/a taciturno/a, la espera ha llegado a su fin...

































1)El fondo del armario que hace esquina (por si esperábais encontrar algo raro, un monstruo o similares)

2)La impresora y la mesa bailona

3 y 4)¡¡Ooooh!! ¡Una estantería con luz! ¿Cómo no se me había ocurrido inventarla antes?

5)El niño que dormía de espaldas a las alturas

6)Yako (el perro de mi hermana, ¿adivináis la raza? ¿He oído pastor alemán? Serendipia, my friends), en el escritorio del portátil, presidiendo la mesa con complejo de portaviones (y mi nórdico ¡qué calentito!)

7)(Esta última foto es algo antiquilla... la alfombra lleva ya untiempo en el suelo...)











-Espero vuestras reprimendas como expertos decoradores de interiores que soís, que lo sé de sobra, piltrafillas...-

24 de octubre

Lo malo que tiene el juntar a un maníaco del detallismo con un diario que se redacta a partir de su memoria a corto plazo es que con la selección de información, en el proceso de escritura hay muchos comentarios que se quedan en el tintero, esperando su turno para ser expuestos. Uno de los hechos que me martiriza es el de querer explicar prácticamente todo lo que acontece a mi alrededor y hacéoslo llegar del mejor modo para que podáis sentir como si lo hubieseis vivido. ¿Para qué esta parrafada que en el fondo intuíais? Pues se debe a que olvidé añadir curiosidades como que desde el despacho de la secretaría de los cursos de idiomas puede verse un pequeño bosquecillo con conejitos por campando a sus anchas. La fauna que he llegado a encontrar por los mini-bosques que esporádicamente encuentro en Colonia se reduce exclusivamente a ardillas y aves. Tengo pendiente una visita a Efferen para observar erizos, que según me han dicho, los hay a patadas.

Este tipo de chorradas quizá no os diga nada pero creedme, si me conocéis lo suficiente, que si no lo incluyo reviento. No soporto olvidar cosas que en el momento de verlos apunto mentalmente en la lista de futuros elementos a comentar en el diario.

Concerniente a la mañana del miércoles, estuvo ocupada en su totalidad por la clase de Sprechen (habla en alemán), que es un curso gratuito al que asisto para acostumbrar el oído (como si no tuviera suficiente con la gente que va en el metro, por la calle o cuando voy a comprar. No, realmente no es así, los alemanes pecan de callados. Hablan más por la tele que en la vida real. Quizá sean extrovertidos, no lo dudo, pero se lo guardan exclusivamente para casa. Son muy silenciosos y cuando hablan entre ellos lo hacen por lo bajini, nada de a grito pelado como en nuestra querida piel de toro. Por lo que me veo obligado a escuchar alemán en espacios cerrados fuera de la facultad porque si no nada, por las calles los hispanohablantes, anglófonos e italohablantes están al acecho para asediarte con sus conversaciones en idiomas foráneos al de este país).

Me senté con Laurita (la malagueña) en la segunda parte de la clase, pues en la primera me tocó hacer un ejercicio de entrevista con una italiana. Aclaro de paso que hubo ligeras diferencias entre el ejercicio del curso de alemán con este. Lo curioso es que a pesar de que la clase de Sprechen está orientada a los más inmediatos principiantes, es decir, el nivel A1, el nivel de la materia impartida es mucho más elevado. Se exigen muchos más conocimientos a los alumnos y la profesora no para de hablar a una rapidez que no comprendo cómo pude enterarme de lo que explicaba. De vez en cuando Laura y yo lanzábamos rápidas miradas a una argentina que teníamos en frente para preguntar acerca de algún verbo. Mi diccionario acabó mareado de tantos viajes como le hicimos dar de un lado de la mesa a otro (de España a Argentina, emulando a un partido de fútbol). Descubrimos tardíamente que la profesora sabía hablar en castellano, un hecho que nos facilitaría explicaciones a la hora de estar en una situación desesperada, como la de no entender qué te están pidiendo.

A la salida de la clase, Laura me convenció para quedarme a comer a la mensa. Se acercó un instante al principio de la cola que había ese día para ver si veía a algún conocido con el que sentarnos y volvió riéndose, diciendo que luego me explicaría a quien había reconocido. Escogimos un filete de merluza empanado rodeado de puré de verduras con una pinta estupenda (y aún mejor sabor) y cogimos cada uno un cuenco con patatas fritas con forma cúbica. Antes de pagar, rociamos las patatas con un buen chorreón de crema de yogur (es como la salsa que le echan a los kebaps, aquí la consumen muy a menudo). Cuando nos aposentamos en una mesa con sitios libres (pese a que le insistí en que comiéramos en la mesa para niños, que me llega a la rodilla, para que sepáis la altura que tenía) se levantó para ir al servicio y de paso buscar a su amigo. Me dijo que estuviera atento a ver si pasaba por mi lado un tío alto “muy jipilongo” y “con aspecto de espinete alemán” (os cito textualmente, siempre buscando la fidelidad máxima). Nada más desaparecer del comedor, un tío con rastas rubias a lo espinete pasó corriendo delante de mí y supuse que sería él aunque ni me inmuté y volví a posar la mirada en el plato.

Laura regresó acompañada de su amigo, un alemán que vivía en su residencia el cual había terminado sus estudios de traductor y hablaba castellano pero con un acento mexicano. Se llamaba Herner, y efectivamente, tenía un aspecto desaliñado pero nos reímos con él y sus historias. Me corrigió algunas frases en alemán que le iba diciendo (Laurita ni se atrevía) y aprendí bastante de la cultura alemana. Por ejemplo, me dijo al saber mi nombre que en Alemania nadie solía llamarse como yo hoy día. Entonces le repliqué que no era un nombre tan extraño, pues en pleno Heumarkt hay una avenida que se llama “Augustinerstrasse” como le cité. Me explicó que se llamaba así por una orden de monjes de colonia, pero que lo que él quería enseñarme era que a los niños se les cuenta una historia sobre un tal “Dumb Augus” (Agus el bobo, más o menos) y por tanto mi nombre no es común entre los niños actualmente. Pensé que me estaba tomando el pelo por lo que le pregunté a un tío que tenía al lado si era cierto, a lo que me respondió que así era. ¡Pues a mi gusta! También averigüé que mi parada de metro (y barrio) se llaman “Baño Caliente” (Kalker Bad). Procuraré recordarlo a ver si cuando me pregunten dónde vivo voy a contestar haciendo proposiciones indecentes…

Tras terminar de comer, fuimos a la cafetería de la mensa (hay tres en el edificio, cada una en un piso diferente), buscando encontrar sitio en la de abajo del todo, que es la que tiene los sillones más cómodos, pero no tuvimos éxito en nuestra visita. Subimos a comprar unos cafés y unas muffins (magdalenas alemanas, que son como las del resto del mundo solo que tiene virutas de mermelada en lugar de chocolate). Enviamos una expedición a mirar si algunos sillones estaban desocupados y viendo que así era, bajé corriendo por las escaleras adelantando a dos estudiantes que pretendían sentarse en los únicos sillones libres. Una vez acomodados y despanzurrados en los cómodos asientos, Laura me explicó que no existe competencia entre las cafeterías de la mensa, pues todas son propiedad de la misma empresa y por tanto podíamos traer nuestro café de otra cafetería. Casualmente, la de los sillones es la más elegante, con estanterías de vino de exposición y con virutas de café en los soportes de las velas de cada mesa.

A continuación, Herner desenfundó la guitarra que cargaba a cuestas (una guitarra española, que para los alemanes es una “guitarra clásica”, nada de reconocer méritos a sus creadores). Averiguamos que era cantautor y que no había tomado clases de guitarra, era autodidacta. En primer lugar, nos deleitó con una canción ska que había compuesto en castellano. Nos indicó que era una canción con motivos alegres. Decía algo así como“…mi padre no puede aprender francés porque no es capaz y no se adapta… mis amigos pasan de todo y no se interesan por los problemas y yo no me preocupo porque me voy… me voy a morir…”. Primeramente nos quedamos estupefactos, con los ojos como platos tras la supuesta canción alegre. Una vez recuperados del shock, rompimos a reírnos a carcajadas hasta que no podíamos ni disimular las lágrimas. Le voy a proponer que me la escriba la próxima vez que le vea.

Seguidamente tocó un par de conocidas canciones de Sudamérica (como “el chico de Ipanema”, célebre canción brasileña, etc.) y versiones de Metallica, Nirvana y grupos alemanes (que amablemente se ofreció a traducirnos sin parar de tocar). Finalmente, tuvimos nuestro momento “zen” de tranquilidad y relajación absoluta con un par de bossa novas y composiciones de Paco de Lucía. Con este ambiente tan familiar, pude recrear mentalmente mi pueblo y mi casa. Estábamos tan a gustito que casi nos dormimos pero un cambio de tempo a forte en la última estrofa de la canción (a modo de la improvisación que suele hacerse en el jazz) nos devolvió de nuevo a la lujosa cafetería. La vela era puro caldo.

Laura y Herner me acompañaron hasta la parada de metro aunque antes de despedirse me preguntaron si conocía una tienda de discos de segunda mano, pues Laura es DJ y colecciona vinilos (otra peculiaridad de esta chica es que tiene el pelo de forma muy rara. Si la ves de frente y lleva puesto el abrigo, parece que lo tiene con corte al tazón, muy corto, pero si se lo quita, deja al descubierto su larga cola de caballo. Es caso aparte) pues le había comentado anteriormente que recordaba haber visto una en Zülpicher Platz, una zona que frecuentamos cuando salimos de marcha.

Volví a casa y descansé haciendo algo que echaba de menos, cumplir con una tradición “typical spanish”: sí, lo habéis adivinado, echarme la siesta (malpensados…). Al despertarme, preparé un par de bolsas donde guardaba la ropa sucia y con la tarjeta a mano, bajé hasta la zona de lavadoras, en el último piso, el de la entrada. Por si no lo he comentado, el sistema de lavado funciona introduciendo tu tarjeta en una máquina que te descuenta dinero del saldo del que dispongas, seleccionas el número (indicado por pegatinas) de la máquina donde previamente has colocado tu colada con el suavizante y el detergente. Si recoges la ropa en un tiempo inferior a dos horas e introduces de nuevo tu tarjeta, te devuelven un pequeño porcentaje del importe que comporta un lavado, rondando los 2-1,5 euros. También aclaro que si tardas más de dos horas en hacer este proceso, te penalizan cobrándote de más. Es un sistema pensado para evitar colapsos de lavadoras.

Hablé a través de los programas que me mantienen contacto con la gente de España para hacer tiempo antes de volver a por la colada y recogí mi húmeda (que no chorreante) ropa. La repartí al completo por todo el tendedero y acerqué éste al radiador de mayor tamaño mi habitación. Por la noche al ir a ducharme topé con la novia de Dennis, Catherina, que chapurreó un poquito de castellano como pudo y nos presentamos. Coincidí de nuevo con ellos a la hora de cenar. Estuvimos hablando de qué tal me iba por aquí y Dennis me hizo recitar lo que me enseñó acerca de Düsseldorf: si me preguntan que qué veo si vuelo en avión sobre Düsseldorf (que es la ciudad con la cual Colonia mantiene una rivalidad histórica) tengo que responder “solamente árboles y bosques”, porque en Alemania para referirse a alguien con la cabeza hueca se dice que tiene un bosque en la cabeza.

Otra más: ¿qué es lo que nunca debes pedir en Düsseldorf si no buscas pelea? Una Kölsch (la cerveza de Colonia). También me dijeron que las personas mayores llaman “botella vacía” a alguien que no sabe apenas hablar alemán viviendo en Alemania, o lo que os lo mismo, alguien que no hace aquello que se espera de él. Herner llamó “botella vacía” a Laura, ahora que recuerdo… Así estuvimos un rato tras el cual me explicaron dónde había cines con películas en versión original con subtítulos, por si algún día me apetecía ir. Se metieron en la habitación de Dennis y me puse a preparar la cena. Quería probar a freírme una tortilla francesa, así que cogí dos huevos de la nevera y los vertí dentro de un cuenco. ¿Conocéis a Murphy? Ese gran teorizador al que la ciencia no reconoce la gran validez de sus leyes. Para batir dos huevos no es necesario que la yema quede perfecta al caer en el cuenco, como sí pasa cuando los fríes. Impolutos, de catálogo, así quedaron los huevos en el cuenco, tanto que me dio hasta pena batirlos, pero mi cabezonería podía con la belleza de esas perfectas yemas.

Una vez batidos, derramé el líquido resultante en la sartén y digo derramé por no decir vertí, ya que de tanta aceite como había echado (no era tanta pero sí mucha para la recomendada para preparar una tortilla) el líquido comenzó a describir círculos por toda la superficie de la sartén. Conseguí acorralar al viscoso proyecto de tortilla y con el calor de los fogones fue cuajando y tomando forma. Aún así, no quedó una masa muy homogénea y uniforme. Dicen que en la cocina la estética cuenta mucho. Bien, pues entonces podemos considerar a mi cocina como arte cubista. Son platos abstractos, prototipos que sugieren un acercamiento de lo que se supone representan. Me partía de risa sólo mirando a mi tortilla (que para colmo se me tostó más de lo adecuado y me quedó crujiente, sumándose a sus peculiaridades) a la que decidí hasta bautizar como “Franky”, referenciando al monstruo de Frankenstein, un engendro creado a partir de una degenerada mente creativa. Podréis verlo en fotos.

Aunque Laura y Rocío quedaron para salir y me avisaron, no tenía ganas de salir y tampoco conseguí cambiar de idea hablando por teléfono con ellas por lo que me puse una película antes de dormir.


domingo 28 de octubre de 2007

23 de octubre

Tuve que hacer acopio de todas mis energías para poder abrir los párpados, incorporarme de la cómoda postura en la que dormía y estirar el brazo para apagar la alarma del móvil. Eran las 07:45 de la mañana. Dando tumbos contra las paredes del pasillo me levanté, desayuné y marché hacia la parada del metro. Empezaba a las 08:45 la primera clase del curso de alemán. El concepto de hora punta no es algo que escape al ritmo de Colonia, por lo que sumado a los semáforos en rojo que constantemente interrumpían el trayecto hacia la universidad, resultaron ser una combinación infalible para que llegara tarde a clase. Es un don inocuo que llevo explotando desde que tengo uso de razón.

Al tercer intento conseguí dar con la puerta correcta, pero por suerte llegaba a tiempo para empezar la clase como el resto de los presentes (aproximadamente 15 personas sin contar a la profesora, de todos los sexos, edades, colores y nacionalidades). Me sorprendió ver que en mi mismo turno estaban presentes Pablo y Rocío (dos efferinos, no confundir a la chica con Rocío-la-casi-bilingüe) pues sabían muchísimo más alemán que yo, que apenas balbuceaba un par de tiempos verbales. Me detallaron lo que había explicado la profesora y procedimos a realizar unas encuestas que servirían de boceto preliminar para desarrollar unos ejercicios de conversación con los que nos presentamos los unos a los otros. Mientras íbamos rellenando nuestros formularios individualmente (previa explicación) la profesora fue tomando nota de cada uno de nosotros. Cuando se acercó a preguntarme, le expliqué mi situación y el porqué estaba allí y no en su lista. Me dijo que no habría problema, pero que necesitaba un impreso que deberían haberme entregado en secretaría y una persona para intercambiarme, o mi estancia dependería exclusivamente de su aprobación (parece que fue estricta, pero nada más lejos, lo explicó todo con un tono muy agradable).

Hicimos una parada hacia las 10:15 (nadie soportaría hasta las 12 sin hacerlo) con lo que salimos a la calle a tomar un poco el aire (pese a que la mañana se antojaba fría) y entramos en la cafetería adosada al edificio de los cursos. Se llama Asta Café y a juzgar por la música tan animada que ponen a estas tempranas horas, podría pasar perfectamente por un local “after-hours”: chill-out, música con toques latinos, merengue, rumba, etc. La verdad es que se estaba muy bien y conseguía mantenernos despiertos, lo cual tiene su mérito.

Por supuesto, las raíces son algo que por más tiempo que pases fuera no desaparecen del todo, están tan asentadas en el fondo de nuestra psique que coordinan nuestro modus operandi. En resumidas cuentas, que tras reírnos un buen rato hablando con un rumano, Gabo (de Gabriel) que se unió a nuestra conversación del café, llegamos tarde a clase armando un poco de alboroto con las carcajadas. La profesora se dirigió a mí al entrar (juro que lo primero que pensé fue: ¿qué he hecho esta vez? ¡Yo no quería pero me obligaron a hacerlo, suplico clemencia!), pero a la segunda frase ya comprendí que lo que quería decirme es que una chica italiana (que se había añadido a la clase durante el descanso) estaba en mi situación pero a la inversa. Olvidaba comentaros el nada aclaratorio detalle de que desde el comienzo, las clases se imparten íntegramente en el idioma local, por lo que en ocasiones me entero de la misa, la media.

La segunda parte de la clase consistió en la continuación del ejercicio de presentaciones, primero con un juego de encadenar nombres (debías memorizar cómo se llamaban los que iban delante de ti y a continuación añadir tu nombre. Menos mal que fui el quinto. Nadie era capaz de pronunciar correctamente el de Rocío, para disfrute del personal) para después seguir con una entrevista por parejas. Me tocó un señor egipcio que trabajaba en unos laboratorios de observación. Arrea. Creo que si seguimos a este paso, en el segundo cuatrimestre me pondrán en el nivel de los casi-bilingües.

Al finalizar la clase, me acerqué a la profesora para hablar con ella sobre si aún debía ir a recoger el impreso pero me dijo que ya no era necesario. También le di las gracias a la italiana antes de que se marchara. Le formulé a mi profesora, Margret, una última pregunta: le expliqué que si habiendo estudiado alemán solamente durante tres semanas el pasado julio, el nivel de la clase era el adecuado para mí o si debía cambiarme al más bajo para evitar problemas a la hora de seguir el ritmo de la clase. Su respuesta fue que no me preocupara, que este era el idóneo para mi nivel y que en dos semanas seguramente hablaría alemán mucho mejor. Me dio un último consejo: que evitara pasar mucho tiempo con españoles e intentara hablar con mis compañeros de piso en alemán siempre que pudiera.

Me fui a casa a comer y descansar un poco. Tenía que estar de vuelta en la facultad por la tarde, así que tras cocinar una chuleta de lomo con patatas fritas (antes de venirme, me informé un poco y averigüé que contrariamente a lo que la gente piensa, las frituras son sanas, puesto que conservan los nutrientes de los alimentos mucho mejor que los de otros sistemas de guiso, ya que su preparación es casi instantánea y el aceite permite que no se pierdan radicales libres. Más información en vuestro buscador de internet favorito) que me salió en su punto (rebañé hasta el hueso, para que os figuréis. Hice fotos que dan hasta ganas de comérselo con solo mirarlo) con un poco de pasta para acompañar.

Hablé con mis padres por el skype, ya que la noche anterior la conexión iba tan mal que consiguió cabrearme. Me fui con el tiempo muy justo (con el diario se me pasó la tarde volando. Aproveché para actualizarlo porque no conseguía dar una cabezadita). De vuelta a la universidad, asistí nuevamente a una clase de la profesora Imán Makeva Laversuch (“Whoopi”, cariñosamente, para resumir). Qué decir nuevamente de cómo se maneja esta mujer en su oficio con absoluta soltura. Solamente añadir que a pesar de sus constantes avisos de que exigía gente dispuesta a trabajar duro en su clase, la sala seguía estando a rebosar tanto como en la primera semana.

Lo cierto es que la carga de trabajo era muy elevada. El porcentaje de créditos se conseguía elaborando un trabajo de investigación en grupo que incluía visitas para documentarse a colegios bilingües, institutos e incluso países de habla inglesa. El listón de experiencias en años anteriores estaba muy alto, pues además del trabajo escrito, el mismo debía exponerse en clase, preferiblemente con opciones de interactividad entre el público (es decir, al mismo tiempo que exponías, el resto de tu grupo tendría que organizarse para repartir mientras tanto ejercicios con preguntas y juegos para despertar el interés del público presente.

Ya estábamos mentalizándonos para decidir qué hacer cuando Patri me indicó desde su sitio que esperara. Cuando todos los alumnos alemanes hubieron expresado públicamente cuál era su intención (tema a desarrollar, exposición o no), la profesora dio paso al comentario del examen escrito de múltiple respuesta, al cual se podía optar incluso sin hacer presentación. Consistía en leer un libro fotocopiado de una extensión comprendida entre las 300 páginas a doble cara, lo cual nos deja con un abultado documento de 600 páginas. Fue entonces cuando la atención pasó a nosotros, los Erasmus (el efecto boca a boca consiguió que duplicáramos nuestro número). Estábamos tan tensos que ni reaccionamos cuando la profesora nos dijo que nuestra labor se limitaba a hacer leer el libro y hacer el examen, que para colmo iba a ser más fácil que para el resto. Según extraje de sus palabras, porque comprendía que para nosotros ya era trabajo suficiente el tener que manejarnos en idiomas que no eran nuestra lengua madre.

Nos miró sorprendida al ver que ni nos inmutábamos (tardamos en procesar la información del repentino susto que nos llevamos) y se quejó diciendo que una vez hizo lo mismo en una estancia en Barcelona y la gente se puso a aplaudirle. ¿No es adorable? De verdad, esta mujer hace méritos cada día para que le cojas cariño, es un amor. No obstante, aún hay más explicaciones que añadir. Nos dijo que en la siguiente clase recaudaría un fondo para costear las fotocopias del libro, pidiéndonos un euro solamente a cada uno de los presentes. Normalmente la universidad pagaba el coste del fotocopiado, pero al ser este año el volumen de páginas mayor que el de anteriores años y contando con que éramos más de un centenar de personas en clase, el fondo se utilizaría para premiar las mejores exposiciones en caso de que tuviéramos que pagar nosotros mismos el taco de fotocopias.

La gente aplaudió la iniciativa y la clase terminó con una serie de preguntas de cuestiones técnicas (a los Erasmus ya no nos inculcaba esta cuestión) sobre los trabajos. Madre mía, ahora que acabo de caer en la cuenta, no os he explicado lo que ocurre al término de cualquier clase, algo que sin duda despertará vuestra curiosidad. Cuando las clases acaban, los alumnos aplauden, pero no dando palmadas: con el puño cerrado, golpean sucesivamente unas pocas veces sobre las mesas, de esta forma, menos ruidosa que el tradicional aplauso, se demuestra que la clase ha concluido con éxito. Quizá lo hayáis visto en las películas, pero os aseguro que es una de esas cosas que deben verse en persona.

Había quedado con los Erasmus españoles en ir al Flannagan’s , que es un pub donde la entrada sale a un euro todos los martes, pero decidí posponerlo una semana más pues estaba cansado por no haber dormido la siesta (nunca lo hago salvo que no haya dormido lo suficiente).


22 de octubre

El viernes cuando salimos de clase, y antes de pasarnos por el Teppig, fuimos a ver los resultados de la prueba de nivel. ¿Que por qué no lo dije en su momento? Por evitar que os marearais con tanta auto-referencia. Resumiendo os diré que me aceptaron en el nivel que quería (el A2) pero no en el horario que me convenía, pues el horario se solapaba con mis clases de literatura del jueves (las cuales son obligatorias para mi plan de estudios, recordad que al menos el 30% de créditos matriculados deben corresponder a literaturas). Concretamente, me habían incluido en el turno de tarde, de 14:15 a 17:30 los jueves y viernes. Casi todos con los que había hablado estaban disconformes con el grupo en el que les habían colocado, puesto que en la mayoría de los casos les habían bajado de nivel. Me comentaron que fuera a intentar cambiarme de grupo, que siendo dentro del mismo nivel no tendría mayor problema. Cuando realmente ponían trabas era a la hora de protestar por el nivel. Olvido comentaros que durante el fin de semana, nos habíamos organizado para buscar nuevas asignaturas a las que ir para hablar con los profesores para finiquitar el acuerdo de estudios con todas las asignaturas del primer cuatrimestre.

Por tanto, lo que debía hacer principalmente durante aquel día era cambiarme de grupo en los cursos de alemán y seguir el plan que habíamos meditado. Espero que no seáis lectores susceptibles de padecer ataques cardiacos porque lo que os relato a continuación puede dejaros los pelos como escarpias mínimamente. Iba llegando en el tren hacia la universidad cuando el vagón hizo su debida parada en la penúltima por la que pasa antes de dejarme a las puertas de la facultad. Es la parada de la mensa, como popularmente la conocemos, Dasselstrasse, que está situada bajo un puente por el que cruza una línea de tren que lleva a Bonn. En sus oscuros muros (no porque la luz no incida en el espacioso puente, sino porque las paredes son de color negro) suelen pegarse semanalmente decenas de carteles de fiestas universitarias, eventos culturales como ciclos cinematográficos y conciertos. Eché un vistazo a los anuncios como cada mañana hago y vi los habituales de la semana anterior: Apocalyptica, Interpol, Travis, grupos de música electrónica, etc. Todos ellos a tener en cuenta por si me daba algún día la vena sibarita y decidía ir a algún concierto de tantos como se celebran en Köln.

De pronto, noté que uno de los coloridos carteles era nuevo. Era espacioso, rojo, con las figuras de cinco mujeres impresas y el nombre de la agrupación en gran tamaño sobre ellas. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo de un extremo a otro cuando distinguí quiénes eran: ¡las Spice Girls! De pronto todo a mi alrededor se tornó de un oscuridad profunda y miles de llamas de me rodeaban. Sentí cómo un intenso fuego me abrasaba por dentro y me inmovilizaba y en mi cabeza sonaban repetidamente palabras en un desconocido idioma. Una estruendosa voz se alzó entre todas las lejanas voces y con un chorro de voz muy grave me repetía impetuosamente “¡¡…Me comeré tu alma…me comeré tu alma…!!”. Cerré los ojos mientras intentaba oponer toda la resistencia que mi paralizado cuerpo me permitía.

Cuando volví a abrirlos me encontré jadeando intensamente, con todo el cuerpo dolorido y pequeños cortes por toda la cara y las manos, según pude ver al reflejarme en el cristal del vagón. Miré al resto de pasajeros pero nadie parecía estar alterado, pues todos seguían inmersos en sus conversaciones o enfrascados en sus lecturas. Los ojos y la cara me ardían, estaba sudando y me temblaba todo el cuerpo, aunque nadie reparó en mi nerviosismo. Todo permanecía igual que como estaba antes de mirar al cartel. El tren se puso en marcha e intenté tranquilizarme sin pensar en lo que me había acontecido.

Me reencontré con Patri en la facultad, pero no le comenté nada de lo sucedido. La primera clase del lunes era la misma en la cual nos rechazaron la semana anterior, sólo que se impartía con otra profesora los lunes a las 12:00. La nota curiosa viene cuando siendo los apuntes idénticos, la materia exactamente la misma (¡viva la libertad de cátedra!) e incluso la organización de la clase, la profesora no nos puso pega alguna a que asistiéramos a su asignatura. Increíble pero cierto (aunque en este día parece que voy a prodigarme contándoos sucesos extraordinarios).

Salimos de la clase y me dirigí al edificio de los cursos de alemán, pero viendo que cerraban en poco tiempo y que la cola era considerable, decidí volver con Patri y los demás que me esperaban para comer en la mensa (también conocía allí a una chica que estudiaba periodismo, Rosa, que me explicó algunas cosas sobre los cursos gratuitos a los que podía apuntarme). Nos reunimos con un grupo de españoles a los cuales seguro que ya recordaréis, el grupo de traductores con los que coincidimos en muchas clases: Carlos, Clara, las 3 Lauras (dos valencianas (de Villa Real) y una malagueña) y Rocío. Todo parecía ir sobre ruedas en la comida, pues fuimos a la mensa todos juntos y nos sentamos en una mesa que ocupamos al completo. Empezamos a hablar de nuestros planes para Halloween, pues algunos tenían pensado ir a Disneyland París a pasar la noche, ya que se celebraba una fiesta ambientada con motivos relacionados con la noche de los muertos. Fue en el momento en el que empezamos a hablar de la vuelta de España cuando Carlos comentó que el día 20 de diciembre, en el cual regreso a casa, coincidía con un concierto al cual él quería ir. Todos nos sorprendimos cuando nos dijo el importe de la entrada: 77 euros. Entonces una incauta preguntó el nombre del grupo, el cual me veía venir. Efectivamente, Carlos respondía que eran ellas, ¡las Spice Girls!

Instantáneamente salí despedido de la silla, mi cuerpo empezó a elevarse unos metros por encima del suelo y al mismo tiempo que repetía sin cesar frases en latín empecé a vomitar sangre por toda la sala. Mi cabeza giraba sobre sí misma por lo que todos los que se encontraban a menos de 5 metros de distancia quedaron impregnados. La gente no paraba de gritar horrorizada pero paralizados por el miedo no huían, se quedaban inmóviles contemplando la grotesca imagen. Según me dijeron, tenía los ojos en blanco y reía histriónicamente imitando una diabólica carcajada. No recuerdo nada de ese breve lapso de tiempo, que según me comentaron los que fueron testigos del incidente, duró apenas unos segundos, tras los cuales, me desplomé en el suelo sin conocimiento.

Cuando recobré el sentido, mis compañeros me instaban a incorporarme y me ofrecían agua mientras se limpiaban con poco éxito del líquido rojo con un par de pañuelos de papel. Entre dos me cogieron de los hombros y me sacaron a la calle a que tomara un poco de aire para recuperarme. No era muy consciente del panorama, pues me encontraba muy mareado, pero recuerdo la pálida cara de una chica que se puso a llorar histéricamente cuando pasamos frente a ella al salir por la puerta. Imperaba un silencio que desapareció a nuestra salida, pues el escandalizado público irrumpió en un gran bullicio comentando lo que habían presenciado.

Rocío y Laura se me adelantaron y fueron a lo de los cursos de alemán, por lo que me las encontré unos puestos más adelante en la cola de espera. Laura me animó a que me apuntara con ella a un curso gratuito de habla en alemán. Ella estaba casi como yo, en los primeros cursos de alemán, en el A1, el más bajo, pues Rocío (que por cierto, nos comentó que había vivido 3 años en Bonn y que era bilingüe de alemán prácticamente) era su traductora con casi todo el papeleo. Sentimos empatía porque yo había pasado por lo mismo con Patri, por lo que nos reímos. Esperando, conocí a mi tándem, una chica japonesa que vivía en Efferen. Os explico, tándem es un sistema verbal que se ha implantado en muchos países entre estudiantes. Consiste en intercambio de idiomas entre hablantes de cada lengua. Conoces a una persona y le invitas a que sea tu tándem. A partir de ahí se establece un vínculo altruista en el que se queda con esa persona para practicar el idioma que te ofrezca.

Empecé a hablar con Yumi, la japonesa, en un diálogo que mezclaba japonés e inglés. Intercambiamos expresiones y números de teléfono y acordamos que quedaríamos para hacer tándem. Me despedí de ella cuando me tocó entrar y allí una mujer atendió a mis explicaciones. Me inscribió en unos cursos de fonética y habla alemana (el que me recomendó Laura) y me dijo que no habría problema con el cambio de grupo si hablaba con la profesora, pues esos niveles no solían tener muchos alumnos. Solamente pedían un requisito, encontrar a una persona que quisiera intercambiarse por mí. Me resultó un tanto absurdo (debe de serlo para que me lo parezca, creedme) pues a ver cómo iba a conseguir cumplirlo, no se me ocurría nada en ese momento.

Me fui directo a la siguiente clase, pues casi toda la tarde la había pasado en la calurosa sala de espera de la secretaría de los cursos de alemán. Debo decir que me encantó la clase de conversación, que era la que tocaba. Para empezar, la profesora era un chica que tenía ¡20 años! Con diferencia, la más joven de cuantas he tenido. Repartió para toda la clase unas cajas con galletas de chocolate y unos caramelos de chocolate y cacahuete (como los Conguitos) que íbamos pasándonos unos a otros. La profesora se presentó y nos dijo que los temas a tratar serían libres, que no nos preocupáramos por los errores que cometiéramos hablando y que sobre todo nos lo pasáramos bien, como en casa. Dado que era el primer día, era el turno de las presentaciones, con lo que descubrí que también existen frikis fuera de España y que casi la mitad de los presentes (una docena) eran seguidores de la ciencia-ficción. Se armó un revuelo cuando empezamos a hablar de Héroes con lo cual nos reímos y lo apuntamos como tema a tratar en futuras clases.

Hacia la mitad de la misma, la profesora nos dividió en parejas para hablar los unos con los otros y después hacer un resumen. Éramos impares, por lo que me uní a Laura y la chica con la que hablaba. Estuvimos hablando de nuestras carreras y de nuestra vida en Colonia, con lo que descubrimos que la chica (que era mayor que nosotros) llevaba una vida con bastantes paralelismos respecto a la nuestra. La sombra del sistema del Studentenwerk es muy alragada… Finalmente, Laura le preguntó que si tenía bicicleta y si sabía dónde poder comprar una tras lo cual comenzamos a bromear con ella diciéndole que tuviera cuidado con su bicicleta, que sabíamos que era rosa y tenía ruedecitas traseras, y que planeábamos robársela. La chica se asustó un poco al principio pero luego se rió y nos dijo que le echaría un ojo más a menudo (llegamos a convencerla de que era rosa).

Cuando nos tocó hacer el resumen, fui el encargado de hablar por nosotros así que lo resumí en que brevemente habíamos averiguado que la chica tenía una bicicleta rosa y que al comentarle que íbamos a quitársela, ella nos había amenazado con llamar a unos amigos para que nos dieran una paliza y nos tirarían por una ventana. Entre risas, la chica explicó realmente de qué había ido la conversación. Al terminar la clase, un chico rumano se me acercó e iniciamos un intercambio cultural sin precedentes, que tocó temas tan trascendentales y metafísicos como los tacos (¿qué pasa, cabrón? Su expresión favorita) o que conocía lo que era una perilla. Le contesté que claro, que era una barba pequeña, con poco pelo, a lo que él me replicó que se refería a la que tienen las chicas…

Nos despedimos y en el tren de vuelta a casa fui ideando una estrategia con la que hacer frente al cartel de las ignominiosas cantantes. Al llegar a la parada de los carteles, me subí la camiseta y pegué mi desnudo pecho contra la vitrina del vagón, de manera que mostraba un pezón al cartel y simultáneamente cantaba la canción de Doraemon a modo de protección mental con la cabeza tapada para no estar expuesto directamente al cartel del concierto. Aguanté así hasta que el tren reanudó su marcha y lo último que vi del cartel era cómo se extinguía en unas repentinas llamaradas. Sonreí aliviado a aquellas lenguas de fuego que desaparecieron tan pronto como vinieron. Había triunfado combatiéndolas.

21 de octubre

…también conocido como EL DÍA.

Me levanté y tras desayunar y deambular durante un ratillo por mi piso, abrí de nuevo la tapa del portátil. Como tampoco tenía mejor cosa que hacer esa mañana, enchufé el cable de red al puerto de conexión y descubrí un pequeño aviso en la esquina inferior derecha de la pantalla que rezaba “Acceso a Red Local”. Intuía que algo se estaba cociendo por lo que fui a despertar a Edu para preguntarle acerca del extraño aviso. Tampoco él entendía lo que quería decir pero me dio una nota con las instrucciones que debía seguir para conectarme a internet una vez dispusiera de línea. Bajé a mi habitación pero antes de marcharme Edu me informó de que el grupo de Erasmus españoles de Deutzer Ring 5 iban a ir esa tarde a ver la final de la fórmula 1.

Seguí los pasos y… ¡por fin disponía de conexión a internet en casa! Pocas veces me he alegrado tanto estando en un decimoquinto piso (es un hecho que sigue presente, aunque lo ignore. Más bien me he habituado. Doy rienda suelta a mi instinto voyeur de vez en cuando por lo que ahora agradezco estar tan alto, irónicamente). En seguida me puse a configurar todos los exploradores y programas para contactar con casa. Realicé unas llamadas por el Skype (con el que pueden hacerse video-llamadas) y hablé con quién pillé por banda por el Messenger. Así fue como me enteré de que los efferinos y el resto de Erasmus también irían a ver correr a Alonso.

Tal era la euforia que me embargaba que no podía ni esperar a que las patatas fritas terminaran de dorarse para volver a hablar a través del ordenador, por lo que tuve que conformarme con unas patatas algo crudas con una pechuga de pollo a la plancha. Me entretuve todo lo que pude hasta que llegaron las 16:30, hora en la que debía bajar a los buzones del último piso, punto de encuentro para ir a ver la carrera. Empezaba a las 18:00 pero el bar al que íbamos estaba en Junkerdorsf, en el extremo occidental de la ciudad, por lo que echaríamos un ratillo en el tren.

Conocí a bastante gente en la reunión, pues aunque era consciente de que había españoles en mi bloque, jamás hubiera pensado que superábamos la veintena, y eso que no íbamos todos (unos quince). Por el camino una chica me estuvo hablando de lo mal que lo pasaba porque vivía en el primero, puesto que no tenía cortinas y la gente podía ver su cuarto desde fuera prácticamente. También venían Luis y muchos conocidos.

Llegamos a la parada que correspondía y, oculta tras una maraña de árboles, encontramos la pequeña tasca/taberna/bar que nos cobijaría aquella tarde. Aunque era pequeñita, no sé explicar cómo cogimos cómodamente una treintena de personas en la angosta zona de no-fumadores (o eso ponía, aunque la gente hizo caso omiso). Lo curioso es que en medio de la zona donde estábamos y la barra, se erigía una espaciosa mesa de Black Jack siempre ocupada por empedernidos jugadores.

Vimos la retransmisión de la cadena RTL en una pantalla grande de tela, pues las imágenes provenían de un proyector. Nos estuvimos riendo y gritando sin darle importancia a las reacciones de los sorprendidos y también animados alemanes. Laura, una de las efferinas (aviso que he llegado a conocer a tres “Lauras”: dos efferinas y una malagueña, que es la que va con Rocío (las chicas de la matrícula, para que os aclaréis)) y Rafa, un canario que vivía cerca del bar, me iban explicando los entresijos de la carrera: el sistema de puntuación, las clasificaciones, los momentos clave, etc. Confieso que soy un absoluto desconocedor de este deporte, a pesar de que mi hermana pequeña y mi amigo Santi son unos forofos del mismo.A pesar de ser un profano, no me arrepentí de ir allí. Celebramos a gritos la derrota de Hamilton, que no el tercer puesto de Alonso y cantamos a coro.

Después, casi todos se marcharon y me quedé con un reducido grupo con el que fui a conocer la residencia de Clara, Rocío y Rafa, entre otros. Tampoco tuvimos que andar mucho, pues el alargado edificio era el mismo bloque que se alzaba sobre el bar donde habíamos estado. Era un bloque de pisos mucho más vetusto que DR5, pero curioso, pues tenía más aspecto de residencia. Subimos en el ascensor, el cual tenía un fondo falso que tardó poco en ser descubierto por los que nos subimos en él. Vimos un par de habitaciones y antes de marcharnos subimos hasta la última planta para divisar las vistas que ofrecía el anochecer de la zona. Evidentemente lo más cercano que estuve de la escasa barandilla sin barrotes que tenía el pequeño balcón (no tenía la magnitud necesaria para que pudiera catalogarlo como una azotea) fueron 3 metros, los suficientes para poder avistar un iluminado estadio (el de fútbol de Colonia).

Volvimos a casa, no sin antes despedirnos hasta la siguiente jornada, y descansé en mi habitación sonriendo al, ahora conectado a la red de redes, ordenador portátil.

20 de octubre

Me levanté con el convencimiento de dedicar el día a realizar las compras pendientes y pertinentes. Desayuné, me preparé para salir y cogí el material que necesitaría para llevarlas a cabo: la mochila, la cartera y un par de post-it con la lista de la compra. Primero fui a Neumarkt y allí hice mi primera y más urgente parada: una tienda de libros y discos llamada Mayersche. Es una especie de Fnac a la alemana, con plantas temáticas dedicadas enteramente a libros, discos y películas de todo tipo. Estaba allí con un propósito claro, una corazonada me decía que quizá allí vería colmadas mis ansias por conocer los cómics que se editaban en este país. Lo que no esperaba era que mis expectativas fueran superadas como lo hicieron: al final de la primera planta encontré al menos cinco estanterías y dos mesas repletas de relucientes mangas. Sí, sola y enteramente mangas. Juraría que estaba especialmente iluminada por un halo de luz de dudosa procedencia y que escuché unos coros celestiales durante unos instantes.

Por increíble que parezca, solo ojear unos tomos por encima y mirar los títulos de cada estante ocupó una hora de mi tiempo. Me entretuve lo menos posible en cada tomo que cogía, pero quedaba fascinado por lo bien conservados que estaban, el olor a nuevo que desprendían y sobre todo el precio: eran dos euros más baratos que sus homónimos españoles en casi todos los casos. Cuánto deseaba en ese momento dominar el idioma para poder enfrascarme en la lectura de los que no tenía (que eran un buen puñado de títulos, la mayoría quizá). Tras babear durante ese tiempo, fijé mi mirada en la estantería más apartada de todas las que había y una sonrisilla se me escapó al notar que era el único espacio que habían destinado a los cómics de factoría europea y americana. Este hecho permitió que despertara de aquella ilusión y recordé que estaba en Neumarkt por otros motivos aparte. Por suerte no tuve que pellizcarme para comprobar si continuaba soñando, pues los tomos seguían en su sitio y eran perfectamente tangibles.

Salí con la promesa de volver algún día a comprar mi primer manga íntegramente en alemán para practicarlo de paso. Anduve por las calles de Neumarkt de las que ya iba fabricando recuerdos (la recarga del móvil, el día de las compras, el primer día, cuando me perdí con Edu, etc.) y antes de llegar a la zapatería, descubrí que otro Mayersche estaba junto a ella. Corrí hacia la zapatería antes de ser absorbido de nuevo por el magnetismo de la tienda con la gran M como símbolo. Subí a la tercera planta, la de calzado de hombres y previendo encapricharme de nada más, cogí los números que calzaba de los pares de zapatos dandy, las botas de piel y las botas de piel sintética. Qué buen comprador que estoy hecho, modestia aparte. Me quedaban como un guante y estaba muy contento, pues hacía años que no me probaba unas botas (recordaba de cuando era pequeño que me gustaba entretenerme atándome las botas con mil nudos y que pesaban tanto que moviendo un poco los pies, la gravedad hacia el resto y daba grandes zancadas sin esforzarme. Quizá la pereza que fui desarrollando por atarme las botas propició que desde hace años prácticamente solo calce zapatillas de deporte).

La dependienta intentó venderme sin éxito (aunque en inglés) un producto que convertía en impermeables a las botas con un solo rociado de spray. ¡Qué cosas! Me fui con mis compras en dirección a Heumarkt, haciendo el camino a la inversa de cómo lo había recorrido el día que me perdí. Todavía tenía que comprarme un llavero (ahora os explico con más detalle) pero no pude evitar pararme a ver un escaparate con motivos de Halloween en el cual descubrí mi nuevo amor: un objeto que pienso utilizar para mi futuro disfraz. No puedo daros pistas porque serían muy aclaratorias. Como decía, la última compra en Heumarkt antes de volver a casa fue un llavero. Escogí uno con una correa de tela negra pelín larga con un mosquetón al final.

El motivo de la necesidad de esta compra es que si hay algo que debes evitar a toda costa si eres inquilino de una de las residencias del Studentenwerk es extraviar tu juego de llaves. Dependiendo de tu vivienda, puedes tener que llegar a pagar de 50 a 300 euros, un baremo bastante exagerado. El motivo es que si las pierdes, por seguridad tienen que cambiar todas las cerraduras de la residencia: las de fuera, ascensores, pisos y habitaciones. ¡Imaginaos eso para mi residencia que son 20 pisos, 3 ascensores y 15 personas por planta! Prefiero no pasar eso. Claro que te dan unas dos semanas para que las llaves aparezcan… ¿van a aparecer si no las has encontrado por más que buscaras?, ¿y si te roban? Porque fue lo que le pasó a Tamara, una chica a la que conocí en la fiesta de la casa de Ruth. Tuvo la mala suerte de ser la única a la que robaron (o al menos que se sepa) y eso que Alemania es un país relativamente seguro, a pesar de lo cosmopolita y la mezcolanza de culturas.

Como veis, el a simple vista práctico sistema de vivienda para estudiantes tiene su reverso oscuro. Creo que la penalización es hiperbólica pero poco puedo hacer salvo intentar no ser víctima de ella. Regresé a casa solo para soltar las compras y marcharme a hacer las semanales, es decir, comida y gastos de necesidad. Esta vez el turno era el del Plus, por aquello de hacer compra comparativa. Me salí del presupuesto por lo que decidí convertirme en un incondicional del LIDL a partir de ese momento. Claro que también se debe a que compré productos de largo consumo, como patatas, detergente para la lavadora, suavizante, huevos, carne y cosas por el estilo. Una pena, me quedé con las ganas de llevarme un zumo de plátano con melocotón. Otra vez será. Por cierto, que una señora muy amable me ayudó con el batallón que pretendía comprar esperando hasta que terminara de meterlas en el carro y metiendo las cosas que se me caían con el descuido.

Poco más tengo que contar de este día tras la ajetreada mañana. Mención especial a la gran comilona que me di. Me preparé una sopita de verduras calentita con un filete de lomo recién comprado. Comí con tanta ilusión como ganas, pues tenía dos platos para comer, todo un logro. Una manzana clausuró el banquete. Por la tarde estuve hablando con Dennis y Renaud, quienes me ofrecieron como lectura una guía de cervezas, cosa que les agradecí pero que tuve que posponer hasta que pudiera entender algo más que palabras sueltas… Pasé el resto del día visitando a mis vecinos (que estaban agotados tras la fiesta en la discoteca el día anterior) y escribiendo en el ordenador.

19 de octubre

Muy a mi pesar, tuve que madrugar para ir a clase a las 10:00. El lado positivo del asunto, que lo tiene, no hace falta que me esmere en buscarlo, es que es la única clase que voy a tener los viernes durante este cuatrimestre, siguiendo los planes de estudio que hemos concebido. En el tren, me senté junto a una cara conocida: una de las chicas a las que conocí en la clase de la profesora Laversuch (la de Diferencias entre el inglés británico y el americano, la clase de “Sister Act”). Curiosamente, también iba a reencontrarme en breve con esa profesora, pero ya en clase, puesto que la asignatura de ese día también era impartida por ella. Estuve preguntándole sobre asignaturas de literatura que pudiera hacer, puesto que de todas las que matricule en un cuatrimestre, al menos un 30% de ellas deben de ser literaturas por deseo expreso de nuestro coordinador Erasmus de España, quien casualmente es jefe del departamento de literatura. ¿Casualidad? No seáis malpensados… pese a que os incite a serlo.

Subimos al bien oculto cuarto piso y comprobamos que el poder de convocatoria de esta gran profesora seguía haciendo efecto aunque sensiblemente en menor medida (supongo que a los alemanes tampoco les gusta madrugar. En algo tenemos que coincidir, ni que fueran de otro planeta). De nuevo, sus clases fueron explosivas, interesantes y conseguían transmitir la energía que emanaba de sus discursos, horarios intempestivos aparte. Cuando la califico como gran profesora es porque serios argumentos respaldan mis opiniones. Es una profesora que hace interesante la materia, viviéndola, comunicándola con soltura y preocupándose en demasía de los alumnos. Ella misma lo dice y se encarga de demostrarlo en cada minuto. Puede que sea la excepción, pues aunque es norteamericana de origen, su metodología no tiene nada que envidiar a la del mejor profesor europeo. Para que luego digan que el sistema académico yanqui está en decadencia (aunque puede que me precipite basando mis conclusiones en un solo sujeto). Sus clases son dinámicas y participativas. Podría seguir alabando su labor pero como el tiempo apremia, termino diciendo que si alguna vez fuera profesor me gustaría poder enseñar y gustar tanto como ella a mis alumnos.

Hablamos con ella al final de la clase y se alegró de volver a vernos en una de sus clases, pues recordaba nuestras caras. Nos dijo que no podía darnos el mismo número de créditos que en su otra asignatura, pues en esta la carga de trabajo era menor (nos prometió un par de créditos menos, aunque eso seguía sin convertir la asignatura en una de las peor recompensadas). De todas formas nos animó deseándonos un buen fin de semana.

Al salir de clase (pensaba no utilizar esta expresión, pero lo siento por aquellos que pensaran lo contrario: existía antes de aquella serie de televisión) bajamos la calle en dirección al Teppig. Nuestro objetivo primordial era comprar un tendedero de alambre para llevar a casa, aunque Patri no pudo resistir la tentación de comprar un par de libros de bolsillo en alemán ni yo la de hacer lo mismo con un tazón para desayunar cereales y una revistilla de sudokus. Los tendederos costaban 5 euros por lo que no salimos muy escaldados económicamente en esa ocasión.

Por si os quedaba alguna duda de si mi habitual torpeza había desaparecido en tierras germanas, os confirmo que volví a las andadas. Sé que no es una hazaña titánica, pero me costó no darme de bruces contra la gente en el metro. Cualquier persona hubiese colocado el tenderete bajo su brazo y lo hubiera llevado hasta casa sin mayor inconveniencia. Cualquier persona, no yo. Para empezar, me quedé apoyado en la rampa plegable del vagón de tren, de manera que al llegar a una parada, quedó obstruida por mi culpa y un pitido avisó del suceso. Evidentemente, no me di cuenta de ello hasta que una chica se acercó por mi espalda y me lo explicó brevemente en un perfectamente inentendible alemán. Seguidamente, en la parada de Neumarkt, donde tenía que hacer transbordo, inconscientemente me colocaba el tendedero delante de la cara por lo que imposibilitaba mi visión. Volvía a ponerlo en su lugar bajo mi brazo pero reincidía y al momento lo tenía de nuevo en la cara involuntariamente. Pude chocarme con varias personas que temerosas de su vida, decidían emprender la huída a mi paso. Sin darme cuenta, la gente iba apartándose dejando un espacioso pasillo delante de mí.

Finalmente llegué a casa y allí, para no dar la nota (aunque ya sabéis que me sale solo) me lo coloqué sobre la cabeza, como si fuera un sombrero. Ahora la gente no se apartaba en la escalera mecánica, ciertamente porque no podían, por lo que agachaban la cabeza para que no se la cercenara. Cada vez que me daba cuenta, decía la palabra que más uso en alemán no porque sea mi favorita sino más bien por necesidad: Entsuldigung, que significa “lo siento”. Me pasé por la sala de informática de la Fachhosule y allí tuve la suerte de encontrarme con Luis, un vecino de Deutzer Ring 5 que estudiaba allí. Digo que tuve la suerte porque había llegado horas más tarde del término del horario del becario aquella mañana y Luis me ayudó a completar el formulario. Satisfecho por haber cumplimentado finalmente los procesos para activar la conexión a internet en mi cuarto, llegué a casa y desplegué mi nuevo y flamante tendedero tras liberarle de su prisión de plástico.

Me preparé un plato de bacon (la variedad no fue el tema a tratar en esa semana, pero es algo que he solucionado) comí muy a gusto conforme a las pequeñas victorias de aquella mañana. Charlé con mis compañeros y a continuación (anuncio importante: si no queréis cambiar la imagen que tenéis sobre mí radicalmente y preferís seguir viviendo felices en la armonía que proporciona la ignorancia saltaos este párrafo, pues describe una serie de eventos que anteriormente nunca hubieseis relacionado con mi persona. Avisados estáis) me puse a limpiar el piso a fondo con ellos. Dennis se encargó de los cuartos de baño y el pasillo. Renaud de su cuarto y yo del mío tras ayudar a Dennis con la loza. Primero barrí (no hay registros audiovisuales, se siente, tendréis que conformaros con la narración) todos los rincones que conformaban mi habitáculo para después pasar la aspiradora sobre ellos haciendo especial hincapié en la alfombra.

Pasamos buena parte de la tarde poniendo a punto nuestra vivienda por lo que al concluir nuestra tarea, regresamos a nuestros respectivos cuartos. Ese día estaba creativo por lo que aproveché para actualizar el diario. No hay mucho más que contar de este día, pues finalmente no salí (puede que fruto del agotamiento que supuso limpiar (ironía, por si no lo entendéis)). Me preparé una cena rápida por lo que Dennis me invitó a comer de la pasta con queso que se había preparado. Primero lo rechacé pero como me vio un poco hambriento insistió en invitarme a compartir su guiso por lo que accedí a su petición explicándole que desde el principio quería probarlo pero que lo había rechazado por educación, porque me habían enseñado a ser correcto allá donde fuese. Me dijo que no tenía que volver a serlo y que para otra vez lo evitara. Le di las gracias y cuando terminé me puse a ver una película. Con razón no tenía ganas de salir, pues del sueño que arrastraba ni terminé de verla.

18 de octubre

Como escribo desde el futuro respecto a los hechos que acontecen en este día, puedo calificar esta jornada de experimental. De buena mañana, sobre las 12:00, los filólogos nos reencontramos dispuestos a seguir peleando por conseguir créditos y matricularnos en todas las asignaturas posibles (que no fueran abusivas y cuadraran con nuestro horario). La primera clase que tuvimos fue impartida por completo en alemán, asentando precedentes para el resto de las clases de inicio del semestre. Dicen que los alemanes son personas muy lógicas (como su idioma) y coherentes con sus actos, hecho que corroboro. Como muestra, un botón: la profesora, que por cierto es muy joven (recién sacada de la cantera), explicó para la audiencia de la clase los contenidos y la información introductoria de la materia en un perfecto y fluido alemán para concluir su discurso en inglés comunicando que el resto de las clases se impartirían en este idioma.

Durante su apasionante introducción, Patri iba informándome sobre lo que iba captando. También estaba con nosotros otra amiga, Clara, que estudiaba Traducción en Sevilla y a la que conocíamos desde la semana pasada. Al final de la clase tuvimos un momento de empatía en el que intercambiamos entre nosotros nuestros sentimientos de desinformación (todo con un par de gesticulaciones), por lo que fuimos a hablar con la profesora. La abordamos entre los tres para preguntarle sobre los créditos, nuestra matriculación en su asignatura y demás preguntas pertinentes. En apenas 5 minutos nos resumió el contenido de lo que había explicado durante esa primera clase y respondió afirmativamente a nuestras peticiones, aunque la cuestión del número de créditos volvió a quedar en suspense.

Poco puedes disfrutar de la comida, independientemente del plato, si cuentas con menos de media hora para ir desde mi facultad hacia la mensa, hacer cola para coger lo que vas a digerir, volver a hacer cola para pagar, encontrar sitio libre donde sentarte a comer, sentarte, caer en que no puedes comerte un filete sin cubiertos, levantarte a por ellos, volver, sentarte de nuevo, comer, (reposar queda excluido del proceso, es un proceso optativo) y regresar a la biblioteca para ir de nuevo a clase. La comida fueron unos champiñones con carne, pero si hubiesen sido sopa con callos no lo hubiera notado. Apenas pude comerme un yogur con gelatina que escogí como postre.

Con la comida todavía en el esófago y evitando que no salieran a flote tropezones de comida, fuimos a la clase de literatura que ocuparía la siguiente hora y media de nuestro tiempo. Conociendo el tirón que tienen las películas de universitarios, el aula magna donde íbamos estaba abarrotada de gente. Tuvimos suerte de encontrar dos asientos libres bien situados desde donde podían cogerse apuntes perfectamente, pues la acústica de la sala era idónea para la fila en la que nos sentamos. Nuestro profesor de literatura, que resultó ser la misma persona que nuestro coordinador Erasmus, al que nunca pillábamos en su oficina, era la viva imagen del científico loco arquetípico. Era bastante gracioso ver cómo interpretaba los pasajes que iba leyendo, aunque le encontré algo sobreactuado, para qué negarlo.

Hablamos con él al término de la clase (sé que puede sonaros repetitivo, pero es el proceso que debemos seguir si queremos que todo vaya sobre ruedas, ya que los asuntos académicos se resuelven avasallando a los profesores con peticiones que en su mayoría no cumplen rigurosamente a no ser que seamos pesados) y prometió ayudarnos en lo que pedíamos. A la salida coincidimos de nuevo con Rocío y Laura, las chicas que conocí esperando para matricularnos, que ya son unas caras habituales para nosotros, pues tenemos varias clases en común aparte de la que acababa de finalizar.

Subimos al cuarto piso de la biblioteca para entrar en una nueva asignatura que fue toda una sorpresa, negativa para más señas. Para empezar, estuvimos al menos un cuarto de hora esperando sentados dentro de la clase hasta que una chica me preguntó si sabía alemán. Le contesté que apenas podía decir unas frases muy trilladas y me explicó que la clase en la que estábamos no era la adecuada, pues estaba íntegramente en ese idioma. Acto seguido entró un hombre que anotó unos horarios de consulta en la pizarra. No era el profesor sino un becario. Por fin decidimos revisar si nos habíamos confundido de clase, hecho que confirmamos pues la que nos correspondía era la de la puerta siguiente. Entramos sin hacer ruido y por suerte la profesora no había llegado aún. Nada más entrar, esta profesor volvió a hacer gala de un alto grado de coherencia, dando sus explicaciones introductorias en un alemán muy correcto pero inútil para una asignatura impartida en inglés.

Pasados unos minutos, comenzó a dialogar con los presentes en inglés por lo que pudimos entender que era una asignatura en la que poco teníamos que hacer. Una chica sentada a mi lado me comentó que esa clase era una enfocada especialmente para los estudiantes alemanes pues les preparaba para ser profesores específicamente pensada para alumnos de fin de carrera (estuve por indicarle que también yo estaba en mi último año de carrera, pero hubiese sido algo que probablemente ella hubiera tomado como una broma. Me explico: creo que soy la única persona de mi carrera aquí en Alemania que con 21 años está terminando la carrera. La mayoría de compañeros de clase en cualquiera de las asignaturas a las que hemos asistido tienen edades comprendidas de veintitantos para arriba. Se lo comenté a Patri en una ocasión y me dijo que es habitual que una persona termine su carrera en 7 años aproximadamente, pues se lo toman “con filosofía”. Compaginan el trabajar con los estudios, viajan más al extranjero (en parte porque debe de haber más y mejores becas que les permitan hacerlo), se toman años sabáticos o apenas matriculan asignaturas, etc.). Lo que finalmente nos hizo huir despavoridos fue el ver que ya en la primera media hora de clase la profesora pedía voluntarios para hacer exámenes de prueba pero que hubiera casi una decena de voluntarios fue el acabose. Huimos horrorizados por aquella estrambótica imagen aprovechando un momento de alboroto que los voluntarios provocaron al levantarse. No fuimos los únicos que lo hicimos ya que a nuestra salida nos siguieron unas pocas personas.

De pronto, Patri me dijo que paráramos un momento la marcha. El motivo era que no había cerrado del todo bien la botella de agua que llevaba en el bolso junto con los apuntes. Improvisamos un tenderete colocando los folios, el estuche y el propio bolso mojados encima de un radiador para que se secaran. La gente que pasaba inevitablemente echaba furtivas miradas a nuestro puesto ambulante con lo que nos reímos. Como tampoco era una nuestra intención estar allí esperando toda la tarde buscamos una bolsa de plástico para transportar los útiles. Cogimos prestada una bolsa del Plus que estaba sobre el sillín de una bicicleta a modo de paraguas. Nos fuimos a Neumarkt a hacer tiempo hasta las 18:30, hora en la que Patri había quedado con Rosa, su amiga con la que vino a recogerme al aeropuerto.

Anduvimos por varias tiendas previo paso por el banco para hacer un par de necesarias operaciones. Invité a Patri a un Dubliner calentito, que es un dulce muy típico de Alemania. Es como una especie de bizcocho relleno de mermelada de cereza, que si lo comes blandito se degusta mejor. Echamos un vistazo por algunas tiendas de ropa y fui cogiendo ideas para futuras compras, como ocurrió cuando entramos en una zapatería donde quedé prendado de unos zapatos estilo dandy (una moda muy usual en estos lares) y unas botas. Ella no pudo resistir la tentación de comprarse una camiseta abrigada. Le expliqué lo que recordaba de las recargas del móvil y seguimos mis instrucciones, que resultaron acertadas, para recarga el saldo de su móvil. Finalmente recogimos a Rosa y nos dimos un paseo en dirección a Dom (la parada de metro de la catedral. Dom es el término alemán que define a este edificio). Por el camino cayeron un cucurucho de patatas fritas con mayonesa y unos fulass que ellas buscaban para un disfraz para Halloween (yo ya tengo el mío pensado pero no es plan de reventaros la sorpresa con tanta antelación).

Se nos hizo de noche antes de llegar a la parada y justo antes de llegar, vimos como colgaban un llamativo cartel en una panadería. Eran las 19:30 y según el letrero a partir de la media hora siguiente los productos estarían a mitad de precio, así que aproveché para comprarme una barra de pan de chapata que luego congelaría para reutilizar en las comidas. Cuando paré para hacer transbordo antes de llegar a casa, vi de nuevo un cartel parecido en una panadería. Se ve que es una práctica habitual el intentar vender los productos del día antes que tirarlos (se lo comenté a Dennis y me dijo que no lo hacían todos los días ni todas las tiendas. En algunas guardaban lo del día anterior y lo vendían a mitad de precio la mañana siguiente). Volví a casa y me comí un bocadillo con pan del día calentito.

He olvidado añadir que en el camino de vuelta coincidí con otros Erasmus españoles que me recomendaron tomar sopa caliente de cena e hice otro gran hallazgo: casi al llegar a mi parada descubrí a un hombre que iba leyendo un tomo de One Piece (un manga que me encanta y colecciono. Supongo que en ese momento un escalofrío sacudió a mis padres pues la calma en la que vivían pensando que no encontraría cómics en Alemania les había durado bien poco) pero como tenía que bajarme no pude preguntarle dónde podía encontrar más tomos.

Cuando decía que había sido un día experimental me refería a que seguí el método de prueba y ensayo, como las hipótesis que se comprueban con el método científico. Hicimos unas comprobaciones previas antes de confirmar nuestras teorías y nos documentamos sobre futuras acciones, como con las compras. Investigamos, sí, pero también puede entenderse como experimental en el sentido de que fue un día sin un orden específico, sino con un caos imperante. Eso sí, fue entretenido pese a todo.

17 de octubre

En cuanto me levanté y terminé de prepararme, cogí mis bártulos para el papeleo y me fui al edificio del Studentenwerk con intención de renovar mi contrato de alquiler. Hacía unos días que había recibido una carta donde me daban de plazo para dar el número de cuenta para domiciliar el pago hasta el día 19. Como veréis, en Alemania los servicios de administración son más eficientes que los españoles, si bien al principio tenía hasta el día 15 para hacerlo, al estar en obras me avisaron por carta de que disponía de más días. En la puerta esperando reconocí a dos Erasmus españoles que me explicaron qué debía decir exactamente por si quería evitar complicaciones.

Cuando me tocó entrar, una señora me atendió en alemán y al ver que no entendía ni papa, se echó a reír y forzando su inglés, escudriñó un par de frases en las que me decía que esperara a que en unos momentos llegara una compañera suya que me ayudaría en inglés. Como ya sabía lo que debía hacer, le entregué mi contrato provisional firmado, mi pasaporte y el certificado de estudiante (el abono-transporte) a lo que reaccionó aliviada. Le indiqué que quería ampliarlo hasta julio y justo cuando terminamos el proceso llegó la angloparlante. Mi alemán me dio lo suficiente para entender la broma que le espetó la mujer que me atendió a la recién llegada cuando confirmó que solo quería una ampliación de contrato: “llegas tarde”, por lo que nos reímos en conjunto.

Con una cosa menos por resolver, regresé a casa a las 14:00. Tenía tiempo para cocinar así que me alegré porque ¡por fin podía comer comida sana!: ¡bacon con queso! No había comprado mucho más para cocinar así que freí unas tiras y unos trozos de ajo y los metí en un bocadillo que improvisé con dos rebanadas de pan tostadas. Abrí el zumo que mis compañeros me habían regalado con anterioridad (aparte de la alfombra y los muebles, me dejaron la nevera pequeña, de las dos que tenemos, entera para mí solo con todo lo que hubiera dentro aprovechable. Tiramos todo excepto un zumo de manzana sin abrir y una botella de vino seco rosado) y disfruté del festín. Al terminar de comer apareció Renaud de su cuarto y le pregunté si le molestaba de alguna forma que cocinara carne de cerdo a lo que me respondió que no le importaba, simplemente no la comía pero no se ofendía ni mucho menos.

Por la tarde visité a Edu con quien había quedado para ir a solicitar internet para mi habitación. Estaba ocupado por lo que me indicó cómo llegar y que allí me atenderían en inglés, por lo que podía ir solo. Ese día las lluvias irrumpieron en Colonia y con ellas el buen tiempo que nos había acompañado hasta entonces comenzó a disiparse. Fui corriendo hacia donde Edu me indicó y entré en la Fachhosule llegando desde un puente que la comunica con Deutzer Ring 5. Atravesé una encrucijada que descifré con las pistas que conocía (se accedía a la sala por la puerta este a la cual se llegaba por la oeste, que era la más cercana a la sur. Suena lioso pero es que os lo he mencionado tal cual me indicaron).

Llegué a la sala y allí un becario y una señora que me hacía de intérprete me atendieron. Rellené un impreso a modo de contrato y me dieron una clave de acceso para cumplimentar el formulario de solicitud para tener conexión en el cuarto. El becario me acompañó hasta una máquina mediante la cual se procesaba el formulario. Lo que no me dijeron es que necesitaba mi portátil para mirar unos códigos. Tenía poco minutos antes de que el becario terminara su jornada por lo que le dije que esperara que intentaría volver en seguida. Corrí lo más que pude y milagrosamente tardé menos de 10 minutos en subir a mi habitación y volver (claro que mientras corría en medio de la llovizna me repetía: ¿quién puede más: tú o las ganas de tener internet? La respuesta era obvia y fue el catalizador de la prisa que me di).

Ahora bien, niños, primera lección sobre qué debéis hacer si planeáis encender el ordenador fuera de casa. ¿He oído llevar consigo la batería o en su defecto un adaptador para enchufarlo a la electricidad? Muy bien, respuesta correcta porque fue justo lo que no hice con tanta prisa. La cara que se le quedó al becario cuando vio el panorama no puede describirse. Tomé aliento y me dije que volvería otro día. Merendé y me puse a escribir durante un largo rato viendo la lluvia sobre Colonia.

Fui a visitar a Cristina y sus compañeras me secuestraron, literalmente. Cris no sestaba allí sino haciendo la colada en el último piso, por lo que me llevaron hasta su sala común y me ofrecieron que la esperara allí sentado con ellas. Me divertí porque empezamos a reírnos: me puse a decir las palabras y frases que conocía de chino a la compañera china de Cris (una de ellas era “Wo ai ni”, que significa “te quiero” por lo que las chicas explotaron en risas); lo poco que conocía de árabe (que resultó ser una variante egipcia, supongo que se debe a que las aprendí durante mi estancia en ese país) a la marroquí, que me comentó que me daba un aire a su sobrino pequeño en los rasgos; y algo de lo que recordaba de mis estudios de francés a la compañera alemana que había estudiado en un colegio francés.

Las chicas me preguntaban por frases graciosas en español para bromear con Cristina. Cuando ella irrumpió minutos más tarde, todas la saludaron con un gran “¡Hola guapetona!”. Cris y yo estuvimos enseñándoles más frases conocidas como “qué fuerte” y similares y al final conseguimos que la marroquí, que por cierto es muy alocada, le dijera por teléfono a su novio (el cual sabe hablar en español): “Hola guapetón, estoy cachonda”, tras lo cual estuvimos riéndonos un rato.

Una cosa que nos he comentado todavía es que aquí hay verdadero interés por lo español, quizá especialmente por lo latinoamericano. De hecho, muchos vecinos alemanes de Patri estudian “latinoamericano” en la universidad y no es extraño encontrarse carteles que anuncian conciertos y fiestas con motivos latinos: salsa, ska-latino, grupos cubanos o españoles, etc. Cuando voy por el metro o simplemente paseando por las calles resulta curioso (aunque es habitual encontrarlos, pues los hay por todas partes) ver cafeterías o pubs con nombres latinos. También en los centros comerciales hay productos que no tienen el nombre traducido, como los tacos o las patatas (me vine engañado a Alemania. Me harté de jamón serrano en España porque me dijeron que aquí no habría y mira tú por dónde lo encontré en el LIDL a 2 euros en lonchas). Hay restaurantes especializados y en la universidad es uno de los idiomas que más interés suscita. Con razón llaman a esta ciudad “la ciudad más al norte de Italia”, pues puedes ir por la calle escuchando a gente en alemán y de pronto un “hola, ¿qué tal?” o “…pues el otro día…”. Quizá presto más atención por lo castellano, pero también hay un buen número de italohablantes en esta ciudad.

Terminé mi visita con las chicas prometiendo volver y me fui a casa a cenar. Coincidí con Dennis y le pregunté qué tal estaba del viaje a lo que me respondió “Kaputt”. A muchos os sonará esta palabra y os hará gracia (creo recordar que en castellano se usa en ocasiones). Os diré que en alemán significa tanto “roto, estropeado” como “hecho polvo” para personas y como conocía ambas acepciones pillé la broma. Le expliqué que había vuelto a hablar con el músico pero le tranquilicé diciéndole que estaba cumpliendo con lo prometido y no había vuelto a molestarme. Me puse una película y a su final me quedé dormido.

16 de octubre

Tan ensimismado iba repasando alemán en el metro que me pasé de parada. Concretamente de tres paradas. Había cogido una línea de metro distinta a la que solía usar para llegar antes y no me había fijado en cuando debía hacer el transbordo. Anduve por una manzana preguntando (por suerte tenía fresco cómo hacerlo correctamente) hasta que di con una parada de tranvía que podía llevarme de vuelta. Como había salido con tiempo de sobra de casa, no llegué muy tarde a la facultad, pero justo ese día la primera clase era en la biblioteca por lo que tuve que pasar de nuevo por la laberíntica experiencia de llegar al piso fantasma. La puerta estaba cerrada, pero como empecé a escuchar mucho ruido que provenía de dentro del aula, como de mucha gente moviéndose de sus asientos y levantándose para irse, decidí entrar para hablar con el profesor.

Se habían movido, sí, pero no para irse. Toda la clase estaba repartida en grupos de aproximadamente 5 ó 6 personas. Patri me miró como preguntando de dónde había aparecido a lo que respondí devolviéndole la mirada. Como ya estaba dentro y al parecer había escogido un momento estratégico para irrumpir, me senté con un grupo de gente que se encontraba al fondo, vía sugerencia del propio profesor. Le pedí a un chico que me explicara en qué consistía lo que debíamos hacer, pues cada miembro tenía dos textos. Era una clase de ensayos y debates sobre los mismos, como ya había tenido anteriormente en la Universidad Autónoma. Participamos en la clase como si fuéramos unos estudiantes perfectamente integrados, pues vimos que podíamos seguirla sin problema. Incluso me animé a debatir con una chica de otro grupo frente a toda la clase en una batalla diplomática. Por este motivo nos sorprendió que el profesor al final de la clase se acercara a nosotros y nos recomendara que buscáramos otra asignatura, pues la suya no estaba adaptada a Erasmus.

Primer desengaño pues le explicamos que no veíamos inconvenientes en la materia y que no estábamos interesados en asignaturas adaptadas a extranjeros, a lo cual nos respondió que él no iba a prohibirnos que volviéramos pero insistía en que no lo recomendaba. Salimos desconcertados, descartando de nuevo una asignatura (en la cual tampoco iban a darnos más que un par de créditos y necesitábamos 30 para el primer cuatrimestre). El examen de nivel empezaba en breve por lo que corrimos hacia el edificio con el salón de actos frente al de la facultad, ya que en el mismo la prueba se realizaría para casi 300 personas.

Fue de risa. Cuando salimos la gente que creía saber alemán reía histéricamente por no llorar. Consistió en dos partes diferenciadas, a cual más difícil y enrevesada. La primera fue una prueba de comprensión de escucha: nos leyeron un texto a toda prisa del cual debíamos tomar apuntes. Antes de seguir describiendo cómo se me dio el examen, cabe explicaros que las instrucciones del mismo se dieron todas íntegramente en alemán. Menos mal que no puntuaba para nota, porque de no ser por una chica española que se sentó a mi lado no me hubiese enterado de nada salvo de que tenía que poner mi nombre y dónde porque estaba escrito en las hojas de examen (que eran como las de selectividad: unos DINA3 doblados a modo de carpetilla con unos DINA4 grapados en su interior que debíamos usar como borradores).

Me tomé la lectura del texto como un dictado por lo que más que tomar apuntes escribí frases inconexas y fragmentadas. Al terminar la primera lectura nos entregaron un papel con 8 preguntas a las cuales debíamos responder en la hoja de examen, ayudados de nuestras anotaciones. Leí las cuestiones, intenté comprenderlas y decidí esperar a la segunda lectura. Esa vez logré entender de qué iba la cosa: era un texto sobre la inmigración europea a Alemania durante la década de los 60, centrada en el caso de un italiano. Fui respondiendo como pude parafraseando lo que escuchaba y se asemejaba a cada pregunta. Supongo que lo hice muy bien para mi nivel si no fuera porque tendría que haber respondido con frases completas… Acabé en 2 minutos de los 20 con los que contábamos, frente al resto de la gente que escribía como poseídos por sus exámenes. Como me aburría, me puse a contar las láminas de madera que componían el techo de la sala, los pasillos, la pared de enfrente…

La segunda y última parte fue el colmo. Nos dieron una hoja con las dos caras impresas en las que figuraban varios textos con huecos entre las oraciones que nosotros debíamos cumplimentar. Por supuesto y si acaso lo dudabais, la dificultad incrementaba con cada párrafo. Eran textos incomprensibles para el que escribe por lo que fui rellenando los apartados al voleo. Al principio intuía lo que seguía de cada palabra, pues por ejemplo, te colocaban las tres primeras letras de una palabra de seis, o bien miraba las palabras completas para adivinar las terminaciones, pero al llegar a las últimas partes simplemente me desquiciaba. El nivel de dificultad era demasiado elevado. Como ejemplo os diré que de las preposiciones solamente se mostraba la primera letra. Aquí me entretuve durante más tiempo aunque me sobró el suficiente como para dar un par de vistazos generales a la sala buscando una cara conocida a la que saludar y, para mi sorpresa, saludé a más gente de la que esperaba encontrar sin continuar el examen.

A la salida ya era plena tarde y puesto que el examen nos había pillado en el horario de comedor, fuimos a tomarnos unas porciones de pizza en un chiringuito que estaba frente a la facultad, el cual seguramente hizo su agosto ese día a juzgar por la afluencia que tenía. Durante los minutos de espera pude hacer nuevas amistades con estudiantes españoles, como Leo, un independiente (porque no está en ninguna de las residencias conocidas) estudiante de Filología alemana. Hicimos tiempo en la cafetería hasta la siguiente clase, que empezaba a las 17:45. Estos alemanes las ven venir, porque antes de que nosotros llegáramos la clase ya estaba completamente llena. No cabía una aguja. Aprovechamos la confusión y nos colamos por dónde pudimos de manera que al final Patri y yo estábamos cada uno en una punta del aula. La razón del éxito de afluencia de aquella clase era la profesora, quien poseía un gran poder de convocatoria.

Pocas veces me he reído tanto en una clase de universidad. La profesora, que era una suerte de actriz negra de telecomedia, al más puro estilo Whoopi Goldberg, hacía que te retorcieras de risa con sus histriónicas explicaciones (con contoneos, imitaciones de perfiles de alumno con varios registros (la tímida, el pasota, el histérico, etc) y críticas a su marido incluidas). A pesar de que la carga de trabajo era considerable ella hacía que te interesaras por la materia. Aunque el aula estaba llena como os he citado anteriormente, invitó a los rezagados que observaban desde fuera de las puertas del pasillo a que entraran y se sentaran donde pudieran, suelo incluido. Nos distribuyó por grupos para que sugiriéramos temas con los que trabajar y me puse a hablar con las dos chicas que tenía al lado. Se mostraron muy amables y pronto teníamos nuestra propia lista. Me dijeron que no tenían problema en que formara parte de su grupo y que me tranquilizara porque el trabajo no tendríamos que exponerlo hasta el final del cuatrimestre, allá por febrero. También me preguntaron que de dónde venía y descubrí que tenían nociones básicas de castellano.

Al final de la (interesante) clase fuimos a hablar con la profesora, la cual no puso ninguna objeción y tras preguntarme el nombre, me dio la bienvenida entre sonrisas (que interpreté como “bienvenido a Sister Act III”). Volví a casa agotado por todo el día y dormí como una marmota.

15 de octubre

El primer día de clase y ya llegaba tarde, estupendo. La clase empezaba sobre las 10:00 y llegué a la facultad 10 minutos tarde. La clase estaba cerrada y como me habían dicho que irrumpir en medio de una explicación es una falta considerada aquí muy gravemente, decidí hacer tiempo hasta que terminara y pudiera hablar con el profesor para que me incluyera en su lista de alumnos. Me conecté a internet desde un perfil provisional que una chica amablemente me configuró para poder navegar sin problemas por la red. Hablé con unos pocos contactos hasta que vi salir a Patri del pasillo donde tendría que estar en clase. Traía cara de no haberle gustado la asignatura y así era, pues me sugirió que mejor no volviéramos ya que la carga de trabajo era demasiada para los pocos créditos que nos daban.

Corriendo fuimos a apuntarnos a la prueba de nivel para los cursos de alemán gratuitos que ofrecía la universidad. Solo teníamos esa mañana y unas horas de la tarde para poder inscribirnos, y puesto que media universidad tenía el mismo escaso plazo, nos dimos toda la prisa que pudimos. Entramos en el edificio amarillo de los cursos de idiomas y nos agregamos a un grupo de conocidos españoles que estudiaban medicina (no sé qué debo de tener pero casi siempre acabo juntándome con futuros médicos, ¿mera casualidad?). Esperamos tres cuartos de hora hasta que por fin nos tocó el turno. Cerrábamos el cupo de los que se inscribían por la mañana, es decir, éramos los últimos y tras nosotros los que llegaran deberían esperar a la tarde. Me recomendaron que intentara apuntarme en el nivel A2 porque una idea básica del alemán ya tenía de las tres semanas del verano en que lo había estudiado.

Le expliqué brevemente mis motivos a la mujer que tomaba mis datos y me sugirió que quizá debería empezar por el nivel más elemental aunque si pasaba la prueba de nivel y después no me sentía cómodo en el nivel que había seleccionado podía cambiarme a otro más bajo sin mayor problema. Cabe añadir que los que decidían asistir al nivel A1 estaban exentos de tener que hacer la prueba de nivel. Así pues, tras ver mi nombre y datos registrados en el ordenador de aquella mujer, nos fuimos a comer a la mensa de la facultad de medicina, que quedaba a unos minutos al oeste de mi facultad. Lo curioso es que para llegar a ella había que bordear un cementerio…

Cuando terminamos de comer le dije a Patri que tenía que ir a la facultad para hacer mi matrícula (la de la universidad de Colonia debe hacerse por internet desde su web) así que mientras ella y una amiga de medicina, CrisCa (de Canarias), se tomaban un café esperando hasta la siguiente hora, me dirigí hacia la sala de ordenadores comunes. Allí me atendió una becaria que me indicó que mejor fuera unos pisos más arriba al despacho específico de la web de la facultad, del cual ignoraba su existencia hasta esos momentos, que allí me ayudarían a matricularme. Subí por las escaleras mecánicas (sí, en mi facultad no hay escaleras con escalones) y en la cola esperando conocí a dos chicas españoles que estaban en mi misma situación. Intercambiamos información sobre el modo de matricularse y se marcharon antes de que la becaria que atendió a mis peticiones comenzara el proceso por ordenador.

Fue un pequeño fracaso, puesto que de las 6 asignaturas que tenía pensado matricular (aquí se hacen por cuatrimestre, dos matrículas al año en total) solo pude inscribirme en una. La chica me dijo que no me preocupara pues el sistema permitía que solamente hablando con los profesores durante las primeras semanas pidiéndoles que me incluyeran en su lista bastaba para que pudiera estar inscrito en ellas. Bromeé un poco con ella y me tranquilizó añadiendo que con los estudiantes extranjeros los profesores solían ser más permisivos.

Bajé a buscar a Patri, no sin antes conectarme un ratito más en los ordenadores comunes, para ir a la siguiente clase que teníamos, ya a las 17:45. Las chicas con las que había hablado anteriormente también estaban en la clase esperando, puesto que también formaba parte de su plan de estudios. Charlamos durante un largo periodo de tiempo hasta que percibimos que la gente que esperaba en el pasillo en la puerta de la clase se iba. No iba a haber clase de esa asignatura al menos ese día. Terminamos la jornada riéndonos de lo divertida que había sido la clase (irónicamente era un curso de conversación).

Decidimos buscar el resto de aulas que aún teníamos sin ubicar. La prueba de nivel sería en el edificio de enfrente, en el salón de actos. Igualmente, una clase de literatura se impartiría en el aula magna del edificio junto al principal de la facultad. Estábamos entusiasmados de tener clases en un aula como las que suelen aparecer en las películas de universitarios. Finalmente, el resto de asignaturas se impartirían en el edificio de la biblioteca, que era el contiguo al edificio del aula magna (y cuya entrada queda a escasos metros de mi parada de tren). Pasamos por unos momentos angustiosos pues nos costó dar con las aulas, a las que se accedía atravesando un laberinto de puertas y escaleras que tardamos en resolver. Estaban en un hipotético cuarto piso (para que os hagáis una idea, desde fuera no podía verse dónde estábamos ya que supuestamente el edificio de la biblioteca se componía de dos pisos principales sin ningún bloque adjunto) que no podía percibirse desde fuera. Llegué a pensar si no estábamos en una dimensión paralela.

Volví a casa y antes de enclaustrarme en mi piso hice unas cortas visitas a mis vecinos Edu y Cristina. Saqué el taco de apuntes de alemán que tenía de julio y los coloqué sobre el escritorio para repasarlo por encima para la prueba de nivel. Sin embargo, tuve que subir de nuevo a darle un toque de atención definitivo al guitarrero ya que pasada la medianoche seguía tocando a su antojo, impidiéndome terminar de repasar. Se mostró un poco molesto a primeras pero su actitud cambió por completo cuando le comenté algo que me intranquilizaba: cuando tocaba tan alto como había estado haciendo las paredes de mi habitación temblaba y lo pasaba mal con el vértigo. Se disculpó de nuevo y prometió ser más comprensivo. Sellamos el acuerdo estrechando las manos. Desde entonces sus punteos siguen ahí pero ya no son más que un leve zumbido que apenas retumba y a partir de la noche cesa.

14 de octubre

Recuerdo esa mañana como una de las más conflictivas de las que he tenido en Colonia. Sobre las 10 de la mañana un estruendoso ruido de guitarra me despertó. Intenté inútilmente volver a quedarme dormido pues el maldito no cesaba. Pasadas casi dos horas en las que apenas concilié de nuevo el sueño decidí ir directamente a solucionar el conflicto. Tras varias intentonas descubrí que el alboroto provenía de la habitación que estaba justo sobre la mía. Llamé a la puerta del piso y me abrió un chaval con apariencia de saber perfectamente el motivo de mi visita y como si tuviera un grado de empatía conmigo, apenas me dejó explicarme y me acompañó justo a la puerta de su compañero. Un tío alto con cara de psicópata era el diestro (en otra vida que no en la presente) guitarrista autor de mi desasosiego.

Le rogué que por favor no tocara tan alto independientemente de la hora del día que fuera y que pensara en el resto de las personas del bloque. Le expliqué que desde mi habitación podía distinguir cada nota perfectamente y que no era precisamente mi intención el dedicarme a eso habiendo dormido escasas horas. Parece que entró en razón porque pude dormir hasta las 15:00.

Ese día era día de descanso por lo que aparte de cocinar unas espirales con tomate frito y jamón serrano (del que me quedaba de España) que no cocí lo suficiente no hice gran cosa. Pasé la tarde continuando este diario que había comenzado la tarde anterior, no fuera a olvidar detalles importantes de la primera semana. Hacia media tarde entablé una interesante conversación con Dennis en la que me comentaba aspectos relacionados con la ciudad de Colonia. Nos pusimos a fregar la loza: yo enjuagaba los platos y demás componentes y Dennis los secaba. Me preguntó que si me había levantado esa mañana por el ruido del de arriba (pese a que era inaudible desde su cuarto) lo cual me sorprendió ya que juraría que no había nadie más en pie en el piso cuando ocurrió. Él me comentó que el chico que me abrió la puerta era compañero de clase y amigo suyo y que se lo había comentado por Messenger. Me comentó además que en ese piso tenían problemas entre ellos por lo mismo por lo que si volvía a molestarme solamente debía decírselo a él y avisaría a su amigo.

También me dijo que si el “rockero” (y mira que a mí me encanta el rock) reincidía a pesar de los avisos podía acudir a los de mantenimiento para que tomaran medidas más drásticas. Le agradecí de nuevo las explicaciones y me dijo que si quería coger una de las sillas del comedor para la habitación podía hacerlo libremente solo que debía estar atento para que el día en que vinieran a revisar el piso no nos dijeran nada por ver cosas fuera de su sitio habitual (añadió que a él le parecía una chorrada pero que era mejor evitar problemas). Me despedí hasta la noche y me fui a mi cuarto para guardar en mi pen-drive lo que había escrito y poder enviarlo por email desde el ordenador de Edu, quien estaba convaleciente del frío que había pasado la noche anterior, al que no estaba nada acostumbrado.

Aún así, el contacto con mi familia me parecía insuficiente en aquello momentos e hice algo que no os recomiendo hacer sin previa meditación: llamarlos por teléfono. Fue un momento duro, mejor preparaos mentalmente para que el impacto emocional sea más leve. Hablé apenas unos minutos con mi madre y mi hermana mayor y tuve que colgar porque no podía aguantar más, rompí a llorar. Intenté disimularlo cuanto me fue posible y colgué para no dejarles con mal cuerpo. Pese a que no había tenido momentos tristes durante esa semana y había empezado todo con mucho entusiasmo, no pude contenerme e instintivamente me emocioné. Me sentía mal, triste como no podía haberme imaginado y me prometí que hasta que no tuviera conexión a internet en mi cuarto para poder hablar con ellos con mayor frecuencia no volvería a llamarles. En parte me sorprendió porque suelo llevar sin problemas el estar fuera de casa y no era la primera vez que lo hacía. Pero me puse a pensar en tonterías (no tonterías, sino en pensamientos incongruentes y que no venían a cuento ni necesitaba) como que esa vez no estaba tan cerca de ellos ni podía ir a visitarles si me urgía.

Me despejé con una ducha, duché y ya me encontraba mucho mejor conmigo mismo y contento por estar donde estaba en aras de aprovechar todo lo posible las oportunidades que estudiar en el extranjero me ofrecía. Durante la cena Dennis me aviso de que estaría fuera por unos días ya que tenía que exponer un proyecto en otra ciudad y que estaría de vuelta en tres días. Me puse una película al terminar de cenar y preparé la mochila para el día siguiente.

13 de octubre

Las protagonistas indiscutibles de la mañana seguirían siendo las compras. Desperté a Edu sobre las 10:45 y bajamos hasta la parada de metro para ir a comprar. Hicimos transbordo en Neumarkt y aprovechamos para comprar algo con lo que desayunar. Lo que cayó fueron unos cruasanes cubiertos de chocolate blanco y relleno de cabello de ángel que empalagaban pero quitaban todo hambre. Una vez frente al Teppig, la primera sorpresa vino dada a que no tenía puerta de entrada en la calle principal, algo insólito teniendo en cuenta que solo los escaparates que se veían ocupaban lo que 5 tiendas juntas. Instigamos dando vueltas a las vitrinas para comprobar si estaba abierta, que así era a juzgar por las personas que vimos dentro. Finalmente, vimos que la gente se dirigía a la esquina que señalaba el parking y la doblamos. Descubrimos que la entrada al supermercado era subterránea y que podíamos acceder al mismo bajando una rampa. No sé en qué estaban pensando los que colocaron las filas de carritos de compra para ponerlas en una pendiente tan inclinada pero seguro que en lo que debían no. Costaba un poco sacar el carrito pero nada que no se solucionara con un par de maniobras. Por cierto, admitía tanto monedas de 50 céntimos como de 1 y 2 euros.

El Teppig por dentro era de todo menos lo que esperábamos de un supermercado. Vale, sí, tenía sus pasillos, sus estantes, sus cajeros y sus colas pero, ¿dónde se ha visto que en una tienda casi especializada en menage del hogar vendan zumos y galletas? En cualquier centro comercial te encuentras secciones dedicadas a distintas áreas pero esta tienda era una mezcla a medio camino entre todo a cien y tienda de alfombras. Justo en la entrada, contigua a las cajas registradoras estaba la minúscula zona de alimentación, tan grande como mi habitación para que os hagáis una idea. Básicamente había pan, chocolates varios, galletas, zumos, leche, verduras y para de contar. Una mezcla a la par curiosa y heterogénea.

A continuación se encontraban los miles de estantes con material de lo más variado. Seguro que si buscas algo en concreto lo encuentras sin problemas en estos almacenes. Había un gran surtido de tazas, lámparas, bolígrafos, tuppers, material de cocina, papeleras, velas, perchas, juguetes, material de papelería, bisutería, sudokus, y un sinfín de productos más. Creo que esta caótica aproximación ha sido lo suficientemente representativa para que lo visualicéis. Al fondo del pasillo principal quedaba la zona de las alfombras, mantas, felpudos y rollos de tela kilométricos. Ocupaba casi la mitad de la tienda por lo que no sería por variedad de formas, texturas o colores. Edu escogió un económico flexo, que era lo que teníamos pensado comprar de paso, y yo hice lo mismo además de coger un par de bolígrafos, un pack de tuppers de gran tamaño y una alargada taza.

De pronto paramos la mirada en unos escalones ascendentes que habíamos ignorado justo al entrar en la tienda. Llevaban a los escaparates que habíamos visto calle arriba: la sección de cortinas (“gardiner” en alemán), sábanas, colchones y telas para confección. Seleccionamos una barra de aluminio que nos venía perfecta para las ventanas pues encajaba a presión, sin causar desperfectos en las paredes. Porque esa es otra directriz muy importante que he olvidado mencionar. Cada cierto tiempo el encargado de mantenimiento de nuestro edificio (el mismo que solo trabaja tres horas a la semana) pasará a inspeccionar el estado del piso y el de las habitaciones, para comprobar que está todo correcto. Cuando me entregaron el piso, revisó por lo alto mi habitación para apuntar si había algo en mal estado como agujeros en la pared o grandes manchas. De ser así, lo comunicaría a la oficina central para que éstos tomaran medidas como cobros de compensaciones económicas al antiguo inquilino e indemnizaciones. Y por lo que me han contado suelen ser bastante aprovechados. De todas formas, tampoco creo que sean tan estrictos, en mi habitación ya había marcas visibles de pintura de la pared arrancadas por haber pegado algo con cinta adhesiva. Puede que sea otra de tantas leyendas de Deutzer Ring 5 pero por si acaso más vale no fiarse.

Preguntamos a varias personas hasta que por fin descubrimos que la susodicha barra valía 11 euros. Al verla tan cara y sintiendo que nos habíamos apresurado demasiado pensamos en posponer su compra hasta que supiéramos de otro método igualmente eficaz pero más económico o simplemente hasta que tuviéramos tiempo de ir a Ikea para comparar precios. Bajamos, pagamos cada uno nuestras compras y volvimos a casa. En la puerta de la calle le dije a Edu que me hiciera el favor de subir mi bolsa a su piso porque tenía pensado ir directamente a comprar la comida. Quedamos en que durante el rato que estuviera de compras, él aprovecharía para dar una cabezadita. Cuando regresara, comeríamos en mi piso.

Me dirigí a la hasta entonces inexplorada para mi zona sur de Deutzer Ring 5, un barrio de residenciales unifamiliares y bloques de pisos modernos. Siguiendo las indicaciones de Edu, crucé por debajo un puente sobre el que pasaban las vías del tren, giré un par de calles a la izquierda hasta que finalmente avisté al final de la calle el letrero del Plus. Se notaba que era sábado por la mañana porque alguna ventana despedía olores de cocina y no había mucha gente por las calles salvo chavales jugando en los parques de frondosos árboles y personas que hacían la compra semanal. No tardé en llegar ni 10 minutos desde casa.

Salí casi instantáneamente del Plus, el tiempo que tardé en coger un carrito de compra, coger un bote de nocilla y otro de Nesquick que sumaban casi dos euros y pensar para adentro “¡Qué caro!”. No tenía especiales ganas de investigar los precios por lo que di un vistazo general a los pasillos y devolví el carro de compra. Al salir, a unos 100 metros en línea recta me esperaba el LIDL, con cuyos precios estaba más familiarizado. Iba con la mochila a cuestas (con mi compañero inseparable, el diccionario de alemán, en su interior) por lo que me dije que intentaría comprar solo lo más urgente y necesario como la comida para ese día y que después regresaría a por las bebidas, las cosas para el desayuno, la leche, etc. Pero este pensamiento debió de perderse en algún rincón de mi mente en relativamente poco tiempo porque un rato después salía con dos bolsas llenas a rebosar más la ahora pesada mochila.

Compré de todo (puede que fuera por vagancia pura de evitar un viaje de vuelta al menos hasta pasados unos días): galletas, pasta, arroz, leche, salchichas, pizza, ajos, plátanos, bacon, queso, tomate frito, cereales, té, petit-suisses, nocilla, aceite, coca-colas, pan de molde, etc. Tenía que parar para descansar cada 10 pasos porque me dolía la espalda de todo lo que pesaba la mochila y los brazos agarrotados del peso de las bolsas aunque solamente tardé 5 minutos más de los que había necesitado para ir hasta allí. Recuerdo que mi columna vertebral me pedía a gritos un respiro como nunca antes había necesitado pero el hambre y las ganas de llenar mi hueco de la estantería de la cocina con algo que llevarse a la boca le daban explicaciones de por qué debía hacer un sobresfuerzo.

Llamé a Edu y dispusimos todos los utensilios para cocinar arroz cocido con tomate (lo que llamo “arroz a la cubana”). Para ser la primera comida que preparé en mi piso debo admitir que el plato en sí se llevaría el aprobado muy raspadito. Tampoco calificaría con nota más alta al procedimiento de elaboración porque fui bastante chapuza cometiendo fallos de lo que soy, un auténtico principiante. Primero estudié sin grandes aciertos el sistema de los fogones de mi cocina, una suerte de vitrocerámica primigenia, es decir, unos fogones sin llama. Tampoco vayáis a pensar en nada del otro mundo. Calentamos el agua sin esperar a que comenzara a hervir cuando echamos el arroz. Por suerte, acerté con la compra del arroz, pues era un paquete que traía 18 bolsitas individuales, supuestamente para una sola persona pero que con una sola de ellas bastó para los dos. Vertimos la sal y esperamos.

El aceite que uso para freír es de girasol, el que tiene precios más competentes por estos lares. Mientras que el arroz cocía decidimos preparar unas salchichas fritas y unos huevos que Edu aportó (no pude comprar un cartón de huevos esa mañana por evitar que se rompieran entre tantísima cosa como compré). El aceite cumplió con su función como buenamente le dejamos hacer y nos dejó unas salchichas a medio calcinar y unos huevos fritos con yema de forma abstracta (esto me dio algo de rabia pues me demostré repetidas veces que había perdido todo temor al aceite ardiendo y aún así no me acerqué lo suficiente para que el huevo tomara la forma perfecta). Como no regulamos de ninguna forma los tiempos de cocción, apagamos los fogones y sacamos el arroz cuando creímos conveniente. Craso error, pues estaba algo duro y sin apenas sal (debimos haberlo probado, detalle que obvié pero que apunté para la próxima).

Nos lo comimos con igual ilusión que hambre y recogí la mesa. Despedí a Edu y quedamos en ir a ver con unos colegas el partido de fútbol que se jugaba en España en algún bar. En ese momento llegaron mis compañeros e iniciamos una interesante conversación. Me preguntaron que cómo me encontraba, si me gustaba el piso y si me habían enseñado el piso pues, pese a que contesté afirmativamente, decidieron mostrármelo en detalle. Me explicaron cosas acerca de cómo se organizaban como el curioso sistema de friegue de la loza: nadie se molestaba si el otro dejaba lo que había utilizado sucio en el fregadero, pues cada persona, cuando veía conveniente o simplemente tenía tiempo, se ponía a darles un repaso. Es una especie de regla verbal que sigue el principio de “hoy por ti, mañana por mí”. Exactamente lo mismo para la limpieza del pasillo, cuarto de baño (a excepción de lo que dijo Dennis, mi compañero con parecido al líder de Metallica: si montas una fiesta y alguien vomita, limpia el que la organiza) y basura. Renaud me hablaba en alemán y francés por lo que sobreviví a la conversación gracias a Dennis que se defendía como podía con el inglés. Le entendía perfectamente aunque él no paraba de disculparse por su supuestamente oxidado inglés.

Me explicó cosas muy importantes como que no debía apagar las luces de los cuartos de baño porque si no aparecían humedad e insectos (aunque el piso es relativamente nuevo), que podía coger de su comida y de la de Renaud y que si quería, cuando viera que hacía falta comprar bienes de uso común (bolsas de basura, productos de limpieza, servilletas, papel higiénico, etc.) contribuyera a la causa reponiéndolos. Me regalaron un par de revistas con la programación de la tele (con lo cual descubrí que en Alemania tienen versión local de Tele 5 aunque con poco parentesco con sus homónimas española e italiana) y también me ofrecieron un montón de cosas que tenían apiladas en mi pasillo. Al parecer habían pertenecido al anterior inquilino de mi habitación, un tal Gabriel del que seguimos recibiendo cartas del banco, tales como un armario metálico con puerta de cristal (queda muy decorativo, o eso creo), una gran alfombra, una mesa que se movía sola (es muy divertida pero poco fiable) y una impresora sin cables. Era libre de cogerlos si quería puesto que iban a tirarlos y como me alegró mucho su gesto, me quedé con el pack completo.

Como último consejo antes de que les agradeciera encarecidamente lo amables que habían sido conmigo (hubo muy buen rollo, casi más parecía estar en una comuna hippie que en un piso de estudiantes) me preguntaron que si tenía novia, peliaguda pregunta a la que contesté fanfarroneando que en esos instantes todavía no. Dennis me dijo que él sí y que si venía alguna amiga a verme hiciera el favor de acompañarla hasta el metro pues los vagabundos encontraban irresistible el camino de entrada a Deutzer y ya habían asaltado a su novia en más de una ocasión. No imaginaba que el oscuro camino fuera así de peligroso por lo que le agradecí otra vez más que compartiera esa información conmigo. Cogí todas mis nuevas pertenencias y las coloqué en su lugar correspondiente en la habitación.

Pasé la tarde comenzando a escribir este relato que recoge mis vivencias como estudiante Erasmus en Colonia. Estaba contento por lo que me puse a escribir sin darme cuenta de que el atardecer acababa y la llegada de la noche era inminente. Esperé la llamada de Edu que no llegaba, por lo que tras varias horas de espera me puse a cenar algo desanimado pensando que me quedaría en casa esa noche. Envié unos mensajes a los móviles de Edu y Patri para quedar después del partido pero tampoco recibí respuesta. Cerca de las 23 horas, cuando ya había terminado de cenar y de ducharme, sentí el móvil sonando. Era Cris que me preguntaba dónde estaba para que me fuera al sitio donde ella y Edu me esperaban. Me vestí en un momento y me fui hacia la parada que me habían indicado.

Cuando llegué, esperé a que Cristina viniera a recogerme como habíamos acordado. Se celebraba una fiesta en el piso de unas chicas y ella sabía el camino porque estaba cerca de allí. De pronto empezó a aparecer un batallón de Erasmus españoles que me decían que venían de la fiesta. Saludé a los que más conocía y me compré una cerveza en el Kiosk donde todos se congregaban. Los botellines de cerveza alemanes son de medio litro, por lo que el precio medio oscila el euro y medio. En los Kiosk te venden la cerveza a ese precio y como todavía no estoy muy acostumbrado al jugo de malta fermentado, me compré una cerveza con toque de limón, que tiene el sabor más suave (se les conoce como “claras” o “shandys”).

Al parecer todos se iban a una fiesta de la cerveza (no es broma si veis que nombro demasiado esta bebida, pues una de las particularidades de Alemania es que aquí la cerveza es más barata que el agua, que por contra es bastante cara. Es una bebida que todos toman y no es raro ver a gente con el botellín en la mano incluso en los vagones del tranvía. Claro que, puedes meterte con una cerveza en el metro o con el perro pero no fumar en los andenes. Me caen bien estos germanos) pues la fiesta había resultado ser un chasco para ellos. De pronto, vi que solo una chica se quedaba allí viendo como todos los demás se iban en busca de juerga. Me dijo que era la propietaria del piso y promotora de la fiesta. Se llamaba Ruth y me invitó a acompañarla pues encontraríamos a Cristina en el camino. Ruth me comentó que apenas había podido organizar nada porque fue todo muy repentino, que apenas tuvo tiempo para preparar nada y se lamentaba porque había sido un desastre. Lo curioso era que la propia instigadora del grupo que se fue de la fiesta había sido su compañera de piso.

Subí a la primera planta del piso y me adentré por la única puerta abierta que había según se entraba, la cual daba a un patio interior que comunicaba con varios pisos. Allí estaban sentadas varias personas, entre ellas Patri. Al poco tiempo llegaron Edu y Cristina que habían ido a buscarme. Resulta que tanto Edu como Patri tenían el saldo agotado y por eso le dijeron a Cristina que me avisara, así que no se olvidaron de mí y se disculparon. Les dije que no se preocuparan y les agradecí que fueran a buscarme. Estuvimos un buen rato charlando mientras los allí presentes se tomaban unas copas al tiempo que intentábamos animar a Ruth, que se desvivía por intentar mejorar el ambiente pese a que le insistíamos en que así tranquilos estábamos muy a gusto. Finalmente, cuando acabamos con las existencias, partimos en busca de marcha hacia la zona de Zülpicher Platz, que quedaba cerca de Neumarkt. Deambulamos durante una hora para encontrarnos con un grupo de españoles que volvía a casa y al ver que todos los locales empezaban a cerrar sus puertas, decidimos hacer lo mismo y pillar el primer metro a casa. Llegamos sobre las 6:00.

12 de octubre

Nada más despertarme, que fue bien temprano, me puse a modificar la distribución de la habitación. En un momento de especial lucidez se me ocurrió intentar mover la cama, la cual en principio creí adosada a la pared, y desplazándola unos metros puse la cabecera (no todas las camas de por aquí tienen) frente a la ventana de cristal, de manera que “daba la espalda” a las alturas y a la claridad matutina. El otro extremo quedaba pegado a la pared interior encajando con una especie de esquina que queda entre la cama y la puerta de la habitación. Así acabé momentáneamente con dos problemas: las visibles alturas y la inmensa claridad que invade la habitación cada mañana. Normalmente, a no ser que tenga especiales ganas de dormir, la luz es un factor que me impide conciliar el sueño, aunque en Colonia no es algo que me haya afectado demasiado. En parte me viene bien para poder aprovechar la mañana si me despierta la claridad (a duras penas lo consigue últimamente).

Deshice la maleta y el resto del equipaje y a pesar de que pesaban lo suyo cuando las cargaba, la sensación que me dejó el ver todas mis cosas repartidas en estantes por la habitación fue la de vacío, pero supongo que es algo normal cuando te mudas a un lugar. Iré colonizando cada rincón poco a poco. Me preparé y fui a llamar a Cristina para irnos a ampliar el contrato de alquiler de mi piso.

Fuimos charlando en el metro hacia mi universidad, pues la oficina del Studentenwerk, si recordáis, estaba en la Universitätstrasse, la que sube a mi facultad. Su facultad, la Fachhoschule de ciencias quedaba debajo de casa pero ella sabía donde debía llevarme y como no tenía mejor cosa que hacer esa mañana, me acompañó, como os comenté. Una vez en el desgastado edificio, subimos dos plantas para encontrar las puertas del departamento de alquiler cerradas. Llamamos a la puerta y uno de los trabajadores salió a nuestro encuentro para explicarnos que la oficina estaría cerrada por obras hasta el martes siguiente. Estupendo, y más contando con que tenía hasta el día 15 para ampliar el contrato o tendría que pagar unos euros más por demorarme.

Se nos hizo un poco tarde y ella tenía que volver a casa porque los de la instalación de internet iban a pasarse por su habitación para ponérselo. Antes de ir a la mensa, le di mi tarjeta de recarga de saldo y siguió las instrucciones. Al momento de terminar, me llegaron varios mensajes de información al móvil diciendo que había recargado correctamente y que el bonus estaba activado. Con mi compañía las consultas de saldo son gratuitas e ilimitadas por lo que comprobé si el dinero estaba ya y así era, solo que sin la bonificación aplicada. Más tarde descubriría que los euros extra iban restándose de otra cuenta aparte. Es decir, hasta que no gaste los 40 euros extra el contador de saldo normal no empezará a bajar. Sobra decir que la consulta volvía a ser ilimitada.

El menú que escogimos en la mensa ese mediodía consistía en una gran salchicha alemana que tenía la envergadura del radio de la fuente, acompañada de pasta cocida con una salsa con toque suave de alioli. Debe de ser una crema de receta local pues la he vuelto a ver en más ocasiones. Coincidimos en las mesas del comedor con unos Erasmus españoles que habíamos conocido la noche anterior que estudiaban Traducción. Ambos estudiaban en Sevilla pero la chica, Carla, era de Huelva. Me preguntaron acerca de mis asignaturas y me dijeron que en alguna de ellas seguro coincidiríamos, si bien su carrera se impartía en una Fahoschule aparte, su coordinador les había enviado a mi facultad.

Cris se marchó y me quedé hablando con ellos sobre cuestiones acerca de la universidad. Me explicaron cómo conectarme a internet en la facultad (hay salas de uso común pero si quiero utilizar wi-fi con mi portátil en cualquier punto dentro del edificio de la facultad debo instalarme un programa) así como el proceso de matriculación online a grandes rasgos. Una vez despejadas algunas dudas importantes más, me dirigí a comprar las sábanas y demás compras necesarias. Recorrí la calle Universitätstrasse en dirección sur hasta llegar a una tienda de colchones.

La puerta estaba cerrada pero como eran las 17:00 había gente esperando a que el establecimiento abriera, coas que apenas se hizo esperar. En la entrada había unos mantos nórdicos económicos, a 15 euros, por lo que los tomé de referencia (Patri me indicó que el suyo, de doble capa, lo compró por 25). La dependienta no conseguía entenderme ni con el inglés, que no hablaba, ni con la mímica, que al parecer le resultaba igual de abstracta. Al fin conseguí que me apartara un cubrecama amarillo, un cojín a juego y una almohada pequeña (de las de viaje, pero a mí me daba igual el tamaño siempre que fuera barata). Para explicarle el tamaño de los objetos que le pedía usé ejemplos más gráficos: los propios que allí tenía (para el del cubrecama agarré un colchón del mismo tamaño que el mío) o bien las fotos de los envoltorios. ¡Bendita publicidad gráfica!

Cuando le pregunté por el nórdico vino el momento clave: quería uno para invierno y verano. Patri me dijo que los había de doble capa, para invierno con unos botones para convertirlo en más grueso y para verano se desabrochaban los botones y quedaba más fresquito el nórdico. La mujer me entendió (más bien a mi diccionario) y me mostró justo lo que quería, salvo que valía 50 euros. No me convenció por lo que le pregunté si podía pagar con tarjeta. Me dijo que solo aceptaba al contado, tras lo cual le pregunté donde podría encontrar un cajero automático (pues no llevaba dinero suficiente encima para pagar todo, nórdico aparte). Un hombre que salía de la tienda me indicó que había uno dando la vuelta a la manzana. Aparté mis cosas en un cajón metálico y le dije a la dependienta que esperara. Mientras andaba llamé a Patri para preguntarle donde compró su nórdico porque me lo estaban ofreciendo demasiado caro. Me respondió que en la misma tienda pero que si no fuera al Teppig, que era un supermercado que estaba en la calle frente a la tienda.

Volví con el dinero pero le dije a la mujer que no quería el nórdico doble porque era muy caro y le señalé la oferta de los de la entrada. Ella me mostró que eran poco abrigados, solo de verano. De pronto, me dijo que esperara y sacó de un escaparate algo oculto entre cajas un nórdico doble como el que buscaba, al precio que quería, 25. Me lo mostró: estaba con el precinto y no presentaba nada sospechoso, ni manchas, ni descolorido (a pesar de ser blanco, era algo que podía haberse notado). Satisfecho, procedimos a finiquitar la compra. A la mujer se le despertó el instinto maternal (pese a que había sido muy amable durante todo el proceso) y decidió hacerme una pequeña rebaja de 5 euros sobre el nórdico. Cuando metimos todas las cosas en una gran bolsa, se despidió diciéndome que seguramente tendría dulces sueños esa noche, lo cual le agradecí. Salí contento y vi el Teppig justo frente a donde estaba. Decidí pasarme en otro momento, pues iba cargado ya.

Una vez en casa, preparé la cama y cuando terminé fui a llamar a Cris para que me dejara enviar un email. Tras terminar de revisar el correo electrónico, me dijo que Edu tenía pensado ir al Media Markt a comprarse un cable de red, pues los de la instalación ponían el módem pero el cable iba por tu cuenta. Llamé a Edu y fuimos a Heumarkt, en pleno centro de la ciudad. Es una zona muy agradable y siempre frecuentada por gente que va de compras, pues es un barrio principalmente comercial, a la orilla izquierda del Rin. Me recordaba a la zona de Sol y Callao, que están en el centro de Madrid, plagadas de letreros iluminados y escaparates llenos a rebosar de cartelitos. Edu comentaba que le apetecía desde hacía tiempo dar un paseo turístico por las calles de Heumarkt alejándose por momentos del estrés del papeleo y las prisas.

En seguida se hizo de noche y llegamos al Media Markt. Encontramos el cable por 8 euros, algo más caro de lo que creíamos pues de los de 6 no quedaban, pero con 3 metros de distancia. Como el de 5 metros costaba lo mismo, convencí a Edu de coger ese modelo. Cada uno cogimos uno de 5 y como yo iba con la intención expresa de también comprar un cargador de pilas y un alargador para el enchufe del ordenador (la nueva distribución de la mesa del escritorio quedaba algo lejos del enchufe más próximo, pues estaba ocupando el lugar que antes tenía la cama) cogí unos económico. Llevaba un día de compras rentables en las que estaba sacando el máximo rendimiento a la economía estudiantil.

Partimos en dirección a Neumarkt, que en teoría quedaba a escasos metros de la tienda rumbo suroeste pero obnubilado con los escaparates y sus luces (que por cierto, eran las mismas calles que había recorrido con Patri la mañana del día anterior y donde compré la tarjeta de prepago alemana) acabamos desviándonos de la ruta y nos perdimos. Atravesamos un par de calles y parques hasta dar con la siguiente parada de metro. En el camino de vuelta me fue comentando que él al principio se encontraba perdido por lo que entendía mi estado distraído. Durante la primera semana, creía estar de vacaciones, sin enterarse de qué hacía allí y sin asimilar toda la información; en la segunda ya era más consciente de su situación, pero aún con el pensamiento de que pronto regresaría a casa; y finalmente en la tercera, en la que se encontraba, asumía que iba a pasar aquí todo el otoño.

Finalmente en casa cené lomo embuchado que me traje de España. Me duché y encendí por vez primera el ordenador en la habitación. Estaba asentándome paulatinamente. Esa noche decidí no salir (Patri iba a un concierto de Macaco del cual me había informado al llegar a Köln, pero las entradas se habían agotado desde hacía unos días) y ver una película pero quedé con Edu en ir al Teppig a comprar las cortinas, pues en su habitación el sol da desde primera hora de la mañana. Miré la vista nocturna que ofrecía mi ventana, con la catedral tapada por un edificio de Lufthansa; el iluminado Köln Arena, impresionante estadio que luce sus galas cada noche; el pabellón donde se representa “We will rock you”, el musical de Queen; la Fachhoschule en todas su amplitud, etc. Recordé cosas que habían pasado durante todo el día, como cuando estuve comentando con Cris que en España estarían de puente o cómo tontamente me había perdido (pero como dice mi vecino, así es como aprende uno a desenvolverse por Colonia). Caí rendido en la cama.

11 de octubre

Quizá porque estábamos un poco agotados de tanto ajetreo con el papeleo (y eso que todavía quedaba una considerable cantidad por resolver) o porque la juerga de la noche anterior invitaba a pasar más tiempo en la cama, esa mañana no subimos temprano a la universidad, emplazamiento clave en el rumbo a seguir para poner todo a punto. Hacia media mañana nos levantamos, en un huequito de tiempo aprovechamos para darnos una rápida ducha, desayunamos y nos fuimos hacia la parada de tren.

Una vez en el campus, subimos la calle Universitätstrasse, que es la que debe recorrer Patri todos los días para ir a la universidad. Desde la parada de su línea de tren hay que andar más de 10 minutos hasta llegar a nuestra facultad, la Philosophikum, y debo confesaros que en el momento de terminar de patear esa calle no envidié para nada el recorrido que ella debe hacer diariamente. Mi línea de tranvía me deja a 3 minutos de la facultad y tardo más o menos 20 desde que cojo el tren desde casa, por lo que tardo lo mismo que ella andando bastante menos.

En el camino de subida dejamos al lado la oficina del Studentenwerker, que es la agencia que se encarga de administrar la contratación y el asesoramiento de las residencias en Köln. Ahí es donde tengo que ir para ampliar mi contrato. También pasamos frente al edificio de los cursos de alemán, amarillo él, con el que me quedé como punto de referencia para volver esa misma mañana. Aprovecho ya que hablo de calles para comentaros como van los transportes sobre los ríos de asfalto que recorren toda Colonia. Para empezar, no existe separación física entre los carriles de ferrocarril y las vías para los vehículos. En ocasiones pueden llegar a compartir semáforo (de más está decir que es totalmente verídico). Fue un hecho que me impresionó de primeras pese a que es algo a lo que perfectamente me he acostumbrado ya.

Idéntica es la situación para las aceras: peatones y bicicletas comparten espacio, coexisten en un mismo hábitat. De hecho, ellas tienen privilegio sobre el hombre que va a pie. Las aceras son de dos colores salmón y gris, que se entrecruzan (por lo que tienes que poner especial atención de no ser atropellado, porque esa es otra, si sufres un accidente arrollado por una bicicleta seguramente sea culpa tuya. Claro que para impedirlos están los siempre atentos ciclistas con sus timbres perfectamente audibles (espero que captéis la fina ironía). Como decía, está considerado como vox populi el privilegio del que disfrutan las bicicletas frente a los andarines e inferiores transeúntes). Teme por tu vida como yo hago porque aquí las separaciones son casi invisibles y ni en las aceras estás seguro.

En los semáforos, ambas clases sociales están sometidas bajo el mismo yugo: el de las luces rojas que detienen el avance de los biciclos, obligados a esperar cuan peatón nauseabundo; y el de las luces verdes (con simbolito tanto de persona como de vehículo con dos ruedas a pedales. Me espeluzna volver a llamarlos por su nombre, tal es la fobia que les he cogido) que rompe con esos utópicos e instantáneos momentos de cooperación, convivencia e intercambio cultural entre tan distintos mundos. Aquí la mayoría de los semáforos cuentan con un botón que debes pulsar para que se enciendan los farolillos de “Bitte warten” (por favor, espere) y poder cruzar tras una espera si el semáforo está en rojo para peatones, algo así como los “Peatón pulse” de muchos semáforos españoles. Es extraño pero el caótico No hay ni una sola moto (aunque he visto unas pocas, pero puedo contarlas con los dedos de las manos): todo son coches, trenes o tranvías. Como excepción están los barcos que van desde lo lujoso tipo crucero por el Rin a las clásicas barquitas.

Como veis el tema de la seguridad por las calles da para bastante pero por suerte esas terribles asesinas son seres de vida diurna. Es más tranquilo ir de noche, aunque todavía puede quedar alguna rezagada. Todas tienen una dinamo porque si vas sin luces montado en una de ellas si es de noche, multa al canto. Esa es otra, aquí te multan por casi todo: tirar basura a la calle, orinar en vías públicas, cruzar un semáforo en rojo, no reciclar en condiciones (como confundir el contenedor). El paraíso del policía en prácticas. Es parecido a España solo que aquí los importes a pagar por infracción son sensiblemente elevados: 300 euros pueden caer si cometes alguna de las anteriormente citadas. Los alemanes son muy pragmáticos claro que también es de agradecer pues las calles están todas muy limpitas. Da gusto pasear por ellas (con precaución, ya sabéis, algo que ya está en el subconsciente colectivo de cada caminante), lo único que puede taparte visión entre los colores salmón y gris asfalto del suelo son las hojas caídas de los árboles, y hay muchas. Colonia es una ciudad muy verde. Los trenes de Efferen siempre dejan un lado con sus bosques, una estampa muy bucólica, cada vez que suben a la urbe.

Ahora que ya tenéis una idea más clarividente de las calles en Colonia, volvamos a la mañana del jueves. A media mañana, media Europa tiene las puertas de los despachos y oficinas cerradas a cal y canto y nuestra facultad no era una de las que quedaba fuera de esta media. Aprovechamos para ir a ver cómo eran nuestras aulas. Algunas eran muy feas y grises, con pupitres como los de la autoescuela, con brazo-mesa incorporado. Otras eran un poco más cómodas, con silla y mesa. Fuimos a ver a la coordinadora de Erasmus de Filología, con la que Patri había hablado anteriormente, pero como no estaba en su despacho fuimos a lo que nos había recomendado: visitar a un profesor que atendía asuntos urgentes de Erasmus. Seguro que hacer la comida es un asunto urgente en lenguaje académico alemán porque él tampoco nos atendió así que decidí dejarle una nota por debajo de la puerta para que se pusiera en contacto por nosotros por mail o móvil.

Seguidamente fuimos de vuelta al edificio amarillo de los cursos de alemán para enterarnos de cuándo y dónde se hacía la prueba de nivel. Nuestras dudas quedaron respondidas por lo que quedamos libres para volver a casa, algo alicaídos al ver que la mañana apenas había fructificado respecto al día anterior. Comimos un poco (pizza, que no había ganas de cocinar, al igual que la cena del miércoles, que fueron los bocatas que traía de casa) y descasamos, comprobando que el profesor de las urgencias nos dijo que nos pasáramos o bien el lunes o el jueves siguiente, sin especificar hora, para qué si éramos adivinos. Ese día teníamos prisa en hacer las cosas, porque por la noche (desde las 18:00 a las 21:00) la mensa abría excepcionalmente sus puertas para dar cena gratis con cervezada, así que cogimos rumbo hacia el otro lado del río en dirección a mi piso para recoger por fin mis llaves.

Salimos sobre las 17:00 contando con que echaríamos una hora desde Efferen. Nos encontramos con un efferino que iba al mismo lugar. De no ser por él, quizá hubiésemos dado un innecesario rodeo. Al llegar a mi bloque de pisos, un impresionante rascacielos de 20 plantas, quedé impresionado ante su majestuosa figura. Desde la parada de Deutz-Kalker Bad, mi segunda casa ya que es la que más frecuento, se tarda casi 7 minutos andando hasta Deutzer Ring 5, mi bloque. Avisamos a Edu, un canario que estudia arquitectura, por teléfono para que bajara a abrirnos la puerta de la calle, que esa es una de las peculiaridades de Deutzer Ring 5, no tiene telefonillo habilitado para abrir el portal de entrada. Pasaré a comentaros por encima las características y porqués de esta peculiar residencia, que bien podría pasar por una prisión de alta seguridad.

Justo al lado de la entrada quedan los contenedores de basura, tres grandes e impares para compartir desperdicios. El portal, o cochera dada la multitud de bicicletas (¡argh!) que allí repostan, unas cincuenta. Es muy habitual tener una en Colonia, es un transporte muy usado. Suelen ser viejas, setenteras de tubos metálicos aunque también las hay adaptadas al conductor, con sillita portabebés, pintadas, etc. Tiene tres puertas de salida a la calle y un bar en una de sus esquinas (no sé si abierto porque queda en el extremo opuesto a la salida por la que paso siempre).Todas las puertas se abren con una llave maestra que sirve también para abrir tu piso (no el de otros) y tu habitación (no la de otros), misterios de la cerrajería. Para usar el ascensor para subir de piso debes introducir la llave y a continuación pulsar el número al que quieres ir. Estas medidas se deben a que los vagabundos rondan el edificio y más de una vez los inquilinos han tenido problemas con ellos. Todavía no he visto a ninguno pero no son leyenda urbana porque más de una persona ya me ha advertido sobre ellos y de que no abra a nadie extraño.

Hicimos tiempo en el piso de Edu hasta las 19:00, hora en que abrían en el piso de abajo la oficina de recogida de llaves. Desde su habitación puede verse una panorámica muy buena de la zona donde quedan los supermercados más próximos, LIDL y Plus (sí, el de los chiquiprecios), aunque quedan ocultos bajo un tupido conjunto de árboles. Una visión muy alemana, bosques en medio de residenciales con adosados. Bajamos a la oficina antes de la hora, con la prisa de irnos cuanto antes a la mensa y también porque solo abren durante 60 minutos tres veces por semana. El encargado me entregó mi conjunto de llaves, compuesto por una general y otra más pequeña para el buzón de correo. Luego nos enseñó el cuarto de la lavadora (que van por tarjetas, os recuerdo) y después el piso, no sin antes dejarme hacer uso de mi llave maestra.

Entramos en mi piso, que es el que hace esquina triangular del edificio, por lo que solo tiene tres habitaciones, no como el resto de pisos, que son de cuatro. Nada más entrar se encuentra el horario de las líneas de tren pegados en la pared y a la izquierda el váter (está separado de la sala de ducha) con un lavabo. Tiene una pequeña cocina en el pasillo derecho, donde al final quedan las habitaciones de mis compañeros. La mesa del comedor, que queda en la esquina entre los dos pasillos, es perfecta si estás enfadado con alguien con el que estás comiendo, pues tiene forma de circulo sin un cuarto (de 90 grados) que encaja con la esquina por lo que no ves a la persona que tendrías que tener frente a ti. Frente a ese pasillo, casi entrando en el izquierdo, está la sala de la ducha, muy elegante, con la puerta del plato de ducha de cristal transparente, y no demasiado pequeña. Mi habitación es la del fondo izquierdo y es cuanto menos curiosa porque no tiene ni una pared con la misma medida de las cuatro que lo componen.

La encontramos vacía y blanca, solo con la cama, el espacioso escritorio, un armario alargado móvil y un armario rectangular empotrado al fondo de la misma. El colchón desnudo presentaba unas pequeñas pero sospechosas manchas (al que pronto di la vuelta) y el escritorio tenía complejo de cama de lo grande que era. Os adjuntaré fotos para que veáis lo elegantes y azules que son mis muebles, con miles de compartimentos para desperdigar las cosas. Apenas solté el equipaje nos preparamos para salir. Hay dos ventanas: una pequeñita al lado del armario empotrado, la cual decidí que sería la única que se abriría, por pequeña y porque no muestra del exterior más de lo necesario, y otra cuadrada muy grande, demasiado para lo poco que me gustan las altura para avistar Colonia. También hay dos radiadores de distinto tamaño. Os dejo que adivinéis cual va debajo de qué ventana (pista: van acorde a los tamaños de las ventanas). Topamos con uno de mis dos compañeros, la viva imagen del cantante de Metallica en sus años mozos: rubio, alto y con pinta de macarra. Apenas cruzamos unas frases pero la impresión que me dio fue la de ser de pocas palabras.

Al salir ya era de noche y pude darme cuenta de que el sendero (algún día lo ascenderán de categoría a camino) de Deutzer Ring a la parada de metro es algo tenebroso pues apenas está iluminado. A un lado queda un campo de fútbol que suele estar frecuentado por chavales y al otro la Fahoschule, o facultad de ciencias aplicadas. Es un edificio del que tengo una perfecta panorámica cada vez que observo desde la ventana de mi habitación, la que siempre está cerrada no vaya a ser que haga una visita rápida al suelo de la calle 50 metros más abajo. Cuando finalmente llegamos a la mensa no quedaba nada para comer, aunque en el poco rato que estuvimos allí pudimos tomar un par de cañas mientras hablábamos con los demás Erasmus españoles, que aumentaban en número a cada minuto que pasaba, y nos echábamos fotos.

Después fuimos a una fiesta a un local en el que los estudiantes de medicina (y aquellos a quien apuntaban en la lista para colarlos) entraban sin pagar. Tantos éramos, tan larga era la cola para entrar y tan cara era la entrada para ni poder respirar dentro que pronto formamos una comitiva para buscar otro sitio. Nos quedamos fuera hablando entre nosotros, inflando preservativos que algunos habían cogido gratis de unas revistas en la mensa y contando chistes malos hasta que por fin decidimos movilizarnos. En ese momento conocí a mi vecina, Cristina, una alicantina (de Elche, al cual no le guarda mucho cariño) muy simpática que estudia Telecomunicaciones y domina el alemán y el inglés. Su momento triunfal fue cuando me dio un gran abrazo diciéndome que había oído hablar de mí y que se alegraba de que fuéramos vecinos (las puertas de nuestros pisos están en frente) pero sobre todo cuando me dijo que no le iba el rollo discotequero al igual que a mí. Aunque estaba apuntada en la lista (es una chica con muchos contactos, la más veterana, por lo que casi todos la conocen) prefirió quedarse fuera y nos fuimos con un grupito de gente a comer un poco a una pizzería que quedaba cerca.

A Cris, por lo que me contó en el camino de vuelta a casa, la llaman la “mami” porque al ser la primera que vino acogió a los que vinieron tras ella sin piso y porque es muy protectora, parece la hermana mayor, avisándote a cada momento de todo carril-bici, vía de tren o semáforo a la vez que tira de tu abrigo mientras te cuenta algo interesante prácticamente sin inmutarse. Es un personaje y más me sorprendió al saber que era de mi edad (parece mayor no solo de aspecto). Finalmente regresamos al nuevo hogar y allí Cris se ofreció a acompañarme al Studentenwerker la mañana siguiente para alargar mi contrato y explicarme cómo solicitar internet. Al pasar adentro en mi piso, me crucé con mi otro compañero, un marroquí que se llama Renaud el cual se daba un aire al cantante de Macaco. El piso queda un tanto musical con mis dos compañeros, el de Metallica y el de Macaco, y conmigo mismo, un intento de Melendi como me han llamado por aquí. Tras intercambiar saludos en un idioma desconocido para cada uno, entré en mi habitación fría. Estaba contento pero apesadumbrado por ser la primera noche que pasaba solo. A partir de ese momento fui consciente de que todo empezaba realmente.

Acomodé un jersey y un pijama a modo de almohada y sin cambiarme de mi abrigada ropa, me tumbé sobre el colchón y me arropé con una improvisada envoltura de abrigos y jerséis gruesos. Tirité un poco pero os aseguro que ha sido la única noche en la que he pasado frío en la habitación. Los nervios y el miedo a la altura que dejaba imaginar el amplio cristal de la ventana principal no me dejaban tranquilo. No recuerdo en qué momento me quedé dormido.

10 de octubre

Nos propusimos la noche anterior estar en pie prontito para empezar con la montaña de papeleo pendiente que tenía. Preparamos la carpeta con los documentos necesarios (Patri se quedó sorprendida porque yo sin saberlo traía de España un documento de vital importancia), desayunamos y a las 10:00, creo recordar, nos fuimos a la parada de tren de Efferen para ir al centro de la ciudad, Neumarkt. Como ya os he adelantado, tenía algo muy importante: el certificado provisional de estudiante en la universidad de Köln. Es un papelito fraccionado en tres partes que incluye mi número de matrícula (para pedir muchas cosas y abrir más puertas de las que cierra no tenerlo), un certificado para pagar el abono transporte por tres meses y un justificante de pago. Este papelito me permite, hasta conseguir el carnet definitivo, viajar ilimitadamente por transporte urbano hasta el 15 de noviembre. Con él, otra persona puede viajar gratis conmigo a partir de las 20:00 por lo que me han comentado.

Lo primero que teníamos que hacer era crear una cuenta bancaria en un banco alemán para poder pagar los gastos obligatorios: el alquiler del piso y las tasas del carnet universitario/abono transporte. Nos acercamos a una sucursal en la que no quisieron abrirme una cuenta porque residía en el otro lado del río, por lo que fuimos a otra sucursal, más grande además, que había en la misma plaza de Neumarkt. Allí nos recomendaron ir a la oficina de empadronamiento a hacer el “ameldun” (“ameldunarse” es un verbo que hemos creado, que en alemán significa lo que imagináis: empadronarse), obligatorio para abrirse una cuenta, independientemente del tiempo que vayas a pasar en la ciudad, por lo que no os extrañéis.

De camino al “Rathaus” (ayuntamiento) paramos para comprarme una tarjeta de teléfono móvil alemana para poder contactar con los de aquí (españoles o no). La compañía fue O2 y con la compra de una tarjeta de prepago (14 euros) más la de una tarjeta de recarga de 30 euros, me regalaban 40 euros más de saldo. Tienen un sistema de recargo que ya podrían poner en España: si compras una de 10 euros te recargan 5 más; con una de 20, 15; y con la de 30, 20 euros. Como podéis suponer, me dieron la bonificación más alta.

Pasamos por una plaza pequeñita con varias oficinas hasta llegar a la del ayuntamiento, donde parecía congregarse un pelotón de gente celebrando una boda (un miércoles, sí, no habéis leído mal). Preguntamos dentro a un señor que nos indicó que allí no era donde debíamos empadronarnos (en concreto yo, Patri ya sabía que al vivir en Efferen tendría que ir a otro sitio a hacerlo porque no entraba en la jurisdicción). Salimos de aquel sitio y volvimos a la plaza que habíamos cruzado para girar a la izquierda en dirección a otra oficina. Allí el recepcionista espetó una sonrisa burlona cuando nos indicó que debíamos subir a la primera planta para ser atendidos. Ya veréis por qué se reía.

En el primer piso cogimos un papel con el número que nos daba turno. Tras un buen rato esperando que nos tocara, pues el panel que indicaba los números no se movió en 15 minutos aproximadamente, preguntamos a una pareja de mediana edad que también parecía estar esperando. Ellos nos dijeron que la máquina funcionaba bien y de repente el número saltó como 5 cifras. Si lo llegamos a saber hubiésemos preguntado antes porque casi al momento nos tocó entrar. Mientras permanecíamos esperando sentados hubo una cosa que me escamó: había muchos folletos explicativos con fotos de bodas.

Al entrar nos recibieron dos mujeres que nos preguntaron en alemán una serie de cuestiones de las que apenas entendimos nada. Me quedé con una palabra que parecía clave: “verhairatet”, que significa “casado”, aunque Patri, que era nuestra mediadora no reparó en ella. Una de las mujeres, viendo que llevábamos un ratillo perdiéndonos en la conversación, nos preguntó que si hablábamos inglés a lo que respondimos en seguida que así era. Ella entonces nos comentó que si queríamos casarnos y, a pesar de la repentina pregunta, respondimos instintiva y repetidamente que no. Anda que si llegamos a firmar algo sin que nos lo explicaran en inglés ya estaría de nupcias ¡el primer día en Köln!

Me quedé paralizado del shock mientras Patri, como buenamente pudo en medio de risas, explicaba cómo y por qué habíamos llegado a esa oficina, que era la de casamientos por lo que averiguamos. Ellas nos indicaron de nuevo la dirección para ir a la oficina correcta, que estaba en la misma plaza solo que debíamos haber girado a la derecha al salir del ayuntamiento. Eran más de las 12:30 y temíamos quedarnos sin resolver ese asunto por lo que a trompicones, mientras volvíamos a comentar y reírnos de lo acontecido, corrimos hacia la oficina de empadronamiento.

Por suerte no cerraban ese día hasta las 13:30 por lo que no tuvimos mayor problema salvo esperar turno otro cuartillo de hora. Nos atendió esta vez una señora muy amable que nos preguntaba cosas en alemán a la vez que me pedía el pasaporte y el certificado provisional de estudiante. De entre las monótonas cuestiones cabe destacar la de si estaba casado (momento cómico al rememorar mentalmente mi casi-nuevo estado civil) o la de mi religión, ninguna. Tras terminar, fuimos al servicio cada uno, pero no solo por necesidad sino también por curiosidad, pues Patri me había comentado que algunos váteres públicos tenían luces de neón ultravioletas en vez de los ya clásicos fluorescentes. Fue algo extraño pero divertido, parecía que estuvieras haciendo las necesidades en una escena de CSI.

De vuelta al banco, una chica joven nos atendió y procedió a seguir uno por uno los pasos a seguir para crear la cuenta del banco. Nos dijo que fuéramos a la Kasse (ventanilla donde se hacen los procedimientos normales en un banco, tales como transferencias, ingresos o extracciones) de la misma sala para ingresar dinero en la cuenta, que ella ya se encargaba de cobrar el abono transporte. Así hicimos y nos fuimos sobre las 14:00, hora en que vimos idóneo el momento de ir a comer.

Lo que mejor nos venía era ir al campus de la universidad para comer en la “Mensa” (comedor universitario). Cogimos la línea 9, una línea que ya se ha convertido para mí en habitual y de uso diario, en Neumarkt y nos bajamos en la parada de Universität, que es en la que debo pararme para ir a clase. Hay varios restaurantes y mensas pero de las veces que he ido solo he comido en el más grande, el que queda más cerca de la parada de tren. Consiste en una especie de buffet libre: coges tu bandeja y te sirves la comida por la que luego pagarás. En primer lugar están los estantes con cuencos pequeños de ensaladas y pudding; luego vienen los platos y digo platos porque son enormes. Comes uno y quedas saciado, os lo aseguro, son una especie de combinación de un primer y segundo plato en una fuente redonda (no me atrevo a asegurar que sean platos); por último llegan los yogures y las bebidas.

Por toda la sala hay neveras con zumos, yogures para beber y demás chucherías, aunque mejor no encapricharse con ellos pues son algo caros. Ese día el plato que escogimos de entre las dos posibles elecciones fue algo estrambótico: mortadela con patatas asadas y salteado de verduras. Creo que el otro era pescado pero no me hagáis mucho caso. Patri me aconsejó que llevara mi propia bebida de casa, pese a que las coca-colas no me parecieron caras en comparación de las de las cafeterías de la universidad autónoma. Aquí venden botellines de 75 cl. por 85 céntimos y en la autónoma por 80 céntimos sólo puedes beberte una triste lata de 33 cl. Los yogures que había de postre son más grandes que el prototípico que compramos en España. Son de 150g y traen tropezones de fruta o compota (aún me debato entre ambas posibilidades). Para que os hagáis una idea, son como los que venden en el LIDL. Están muy ricos y llenan, que es lo que interesa.

Invité a Patri ya que se estaba tomando demasiadas molestias conmigo y ambos menús apenas costaron 5 euros. Como veis, la mensa es una buena opción para comer barato y bien si además te traes tu propia bebida y/o postre de casa. Otra peculiaridad de la mensa es que tiene horario limitado: de 12:00 a 14:30, dependiendo del humor con el que se haya levantado el personal que allí trabaja. Cuando anunciaron por megafonía que el chiringuito cerraba, fuimos a soltar la ya terminada comida. Ahora viene lo curioso: el sistema de reciclaje de Alemania.

Los germanos parecen estar verdaderamente concienciados con la causa del reciclaje (quizá para compensar el alto consumo de calefacción del que hacen uso). Existen máquinas y contenedores que te reportan dinero cada vez que devuelves un botellín o casquete de cristal. Las propias expendedoras de coca-cola te devuelven unos céntimos al introducir tu botella de plástico vacía en un torno expendedor. Me dieron 15 céntimos, poca cosa pero me hizo ilusión el curioso sistema. Patri me explicó que en algunas tiendas (aquí las llaman “Kiosk”) te dan un dinerillo por los botellines de cerveza que devuelves, por lo que es muy habitual encontrarte a gente buscando en los contenedores de basura para juntar los necesarios para obtener un par de eurillos. Ella y unos amigos lo habían intentado unos días atrás aunque no sacaron mucho por casi 20 cervezas: casi no les daba para una bolsa de patatas.

También nos pasamos a comprar una tarjeta para hacer la colada (que puede recargarse en el recinto de la mensa, en una oficina contigua) y a hacer la tarjeta sanitaria, la AOK, que es la que me permitirá asistir a consulta médica por menos dinero del que pagaría sin ella, unos 10 euros. Aquí el sistema sanitario no es público y por lo que me han comentado es mejor no ponerse malo porque cuesta una verdadera pasta ir al médico, así que si me dan a elegir prefiero permanecer sano todo el tiempo que pueda.

Como no podíamos recoger mis llaves hasta la tarde del día siguiente volvimos a su casa en Efferen para descansar con una siestecita y consultar el correo electrónico. La mañana nos había cundido realmente. El tiempo no fue muy frío, sobre los 15 grados quizá y con el mismo sol siempre. Las mañanas son las 11:00 interminables; las tardes (a partir de la sobremesa más o menos) son las eternas 17:00; y a las 19:00 horas todo cambia porque anochece. Pablo, un Erasmus de Málaga, vino a recogernos a media tarde para ir al centro, cerca de Neumarkt, a la plaza de la catedral de Köln, donde habían quedado un amplio grupo de Erasmus españoles. Salimos de Efferen con otro grupo de chicos y chicas españoles y partimos hacia el encuentro.

Una vez sobre las 20:00 estábamos frente a la catedral para irnos a una fiesta en un bar que se encontraba próximo. Pude recrearme brevemente echándole un vistazo a la fachada de la catedral, con lo cual decidí que sería una visita obligada para otro día. Nos reunimos con un grupo de 20 personas y fuimos a la fiesta, que era en una sala donde había una barra, un escenario para el disc-jockey y un reciento vallado en medio de la misma sala, lleno a rebosar de colchones y almohadones. La fiesta era, por lo que nos habían contado, una batalla de “kopfkissen” (almohadas). Los primeros en participar fueron unos combatientes locales que se deshicieron a almohadazos frente a los allí presentes. Seguidamente al final de su combate, unos cuantos espontáneos españoles les imitaron e incluso un aguerrido ejército de chicas se montó su particular batalla. Fue divertido y por suerte la música acompañaba, no era machacona, melodías rock con algo de electrónica suave.

Aunque no soy nada discotequero, amorticé los dos euros que nos había costado la entrada en reírme de los incautos que se convertían en blanco de los trozos de colchón y gomaespuma que resultaron de las amistosas peleas. Cómo no, también me uní en lanzar trozos a todo aquel que pillaba desprevenido y repartí espumilla sobre las cabezas de los que más próximos tenía. Eché de menos en ese momento no haber hecho más caso de mi hermana mayor, que durante el verano me aconsejó meterme en un foro para Erasmus pues muchos de los que estaban allí ya se conocían anteriormente a su llegada a Colonia. De todas formas, era comprensible que estuviera cohibido y perdido entre el barullo de gente, pues soy tímido por naturaleza a la hora de conocer gente nueva y apenas llevaba 24 horas allí.

La fiesta terminó a las 23:00 aunque la impresión general que tuvimos a la salida era de estar en la calle a las 4:00. Es la otra hora habitual en el cielo de Colonia. Ya pueden ser las 00:00 o las 5:00 que parecerá que vives en plenas 4:00 de la madrugada. Como a partir de las 00:00 los trenes empiezan a reducir considerablemente su horario, cogimos el de las en punto para volver a casa. En el grupo en el que volvimos, los autodenominados “Efferinos” (habitantes del recóndito Efferen), persistían las ganas de juerga por lo que nos fuimos al cuarto de la lavadora próximo a la casa de Patri e hicimos una ronda de cervezas antes de ir a dormir sobre las 02:00.

09 de octubre

El fatídico día de la partida hacia mi nuevo destino. Aunque me fui de casa con mucha pena, lo cierto es que no quise hacer ningún drama en parte porque las ganas de nuevas experiencias eran tantas como las de quedarme al abrigo y protección que me daban en casa. También las circunstancias me lo pusieron más fácil, pues llevaba casi una semana sin hacer nada salvo ultimar los preparativos y poder “despedirme” de aquel entorno tan familiar. Agradezco que mi madre no llorara delante de mí, pues no era la imagen que quería llevarme de ella en el viaje. No está de más aclarar que seguramente todos mis familiares estaban realmente preocupados frente a mi completa despreocupación en esos momentos, quizá porque no era del todo consciente de que me iba.

Llegamos a Madrid tras pocas horas en coche, un viaje en el que mi hermana mayor, Anamari, y yo no acompañamos despiertos a mi padre salvo en los últimos momentos. Allí nos pasamos por mi antigua residencia en “visita-relámpago” tan solo para recoger a mi hermana pequeña, Mamen, para llevarla a la universidad. Allí estuvimos un par de horas, las necesarias para comer con ella y una prima nuestra, Cristi, y volver a ver a mis amigas Bárbara y Carmen (y más gente que he conocido en los 3 años que he pasado en la Universidad Autónoma) fugazmente.

Por la tarde, sobre las 16:00 llegamos al aeropuerto donde estuvimos esperando para poder facturar como dos horas antes de que abrieran la ventanilla de la compañía de vuelo. Hasta allí se acercaron dos amigas, Mary y Silvia, para sumarse al comité de despedida. Aunque el peso máximo del equipaje no excedía por mucho el tope no me cobraron nada. Tampoco pesaron mis equipajes de mano (volaba con Germanwings, que es una compañía de bajo coste, por lo que muchos de su ingresos provienen de los incentivos que ganan con este tipo de “trampas”).

La hora de embarque eran las 18:55 y nos lo tomamos con bastante calma, pues hasta prácticamente esa hora no nos pusimos en movimiento. Ya en la puerta de embarque me despedí con alegría de los allí presentes, a lo que siguió un momento de cierta tensión, pues tuve que sacar el portátil de su funda para escanearlos por separado con lo cual, al ir llena hasta los topes, los útiles que estaban dentro casi salieron disparados aunque por suerte no fue así.

Una vez dentro, topé con una gran cola de gente esperando para subir al avión y por supuesto yo era el último (no esperaba más llegando con la hora tan pegada). Después, cuando anunciaron por megafonía que podíamos ir pasando, reparé en que el billete no tenía asiento numerado por lo que era de los primeros en subir (¡vaya suerte!) y así lo hice: me coloqué en la ventana para no perderme detalle, aunque con pocas horas de luz iba a contar. Poco más añadir excepto que no subí en regadera (los autobuses internos del aeropuerto), entré directamente en el avión. Nada más sentarme hice unas cortas llamadas telefónicas de despedida. Tuve como compañeras de viaje (las filas de asientos eran de tres en cada uno de los dos lados del avión) a dos alemanas que eran pareja que amablemente me avisaban cuando había algo que mirar. Hacia la mitad del viaje las azafatas ofrecían bebida aunque, claro, tenía que pagar por ellas (no sería muy significativo si no fuera porque cobraban las botellitas de 0,5 litros de agua a 3 euros. Otra de las pocas pegas de las compañías de bajo coste).

21:55 era la hora estipulada de llegada, aunque 10 minutos antes ya estaba en tierra esperando a recoger mi maleta. Me sorprendió ver la cantidad de gente que hablaba castellano que se bajó del avión. Patri, que se ofreció a venir a recogerme, llegó como 20 minutos más tarde de mi llegada, porque vino con una amiga y se equivocaron de tren (estuvieron en cocheras un rato porque no se dieron cuenta de que era la última parada hasta que el conductor fue a avisarlas). No hacía especial frío pero todos íbamos abrigados.

Montamos en el U-bahn, que es el transporte de aquí que hace las veces de tren de cercanías/metro/tranvía dependiendo de por dónde pase: unas veces por túneles, otras por bosques, otras por carreteras. Pude ver Köln de noche por primera vez, y puedo deciros que no está especialmente iluminada (los alemanes son ahorrativos hasta para eso) aunque es bonita, muy europea en su composición. No hay edificios muy viejos porque la ciudad quedó bastante dañada con las guerras.

Tras casi una hora de tren por fin llegamos a Efferen, un barrio de la periferia de Köln donde viven muchos estudiantes, entre ellos Patri. Cuando pedí casa para venirme aquí, escogí los tres modelos amueblados de Efferen, aunque finalmente me han enviado a un sitio un poco más lejos, en el lado oriental del río Rhein (o Rin, el de los nibelungos), que más o menos parte la ciudad en dos mitades. Como el horario de recogida de las llaves de mi casa era muy reducido, de 19:00 a 20:00, Patri me invitó a quedarme en su casa hasta que hiciera falta.

Su casa es muy graciosa, parece de mentira o de juguete. Es una casita de dos plantas con el techo azul y las paredes amarillas. Muy pequeñita pero mona. Cuando dejamos las maletas en su habitación, me presentó a sus compañeros: una valenciana que estudia Medicina y dos marroquís, que son primos, que viven juntos allí desde hace varios años, por lo que son un punto de referencia para conocer más a fondo las costumbres de esta ciudad. Sus otros compañeros son unos holandeses que estaban en su país en esos momentos. Es decir, que para un piso de 4 habitaciones viven 6 inquilinos juntos pero no revueltos. También estaban allí algunos Erasmus españoles colegas de las chicas.

Antes de irnos a dormir, comimos un poco y me conecté en su portátil para enviar la confirmación de que me encontraba bien a la gente de España, vía email.

Introducción

¿Por dónde empezar?

Me he propuesto llevar en la medida de lo posible un seguimiento de mi estancia en Köln (Colonia) medianamente diario. Hay muchas cosas que he ido conociendo en el poco tiempo que llevo, por lo cual, previendo que vaya a olvidarlas para ocupar mi cabeza con los constantes intentos por mejorar (sería más preciso “aprender”) mi escasísimo dominio del alemán, aunque me da para ir a comprar al LIDL y poco más, me pongo manos a la obra no vaya a retardarlo más.

Comienzo a escribir mi vivencia en Alemania a día 13 de octubre de 2007, cuando apenas llevo 4 días de nada por aquí. Ahora que lo pienso, hay tanto que contar. Para organizarme mejor y no convertir este relato en un caos frenético víctima de un aluvión de recuerdos inconscientes iré comentando día por día. Que lo disfrutéis.

Bienvenidos

Empieza la andadura de este humilde blog, sed bienvenidos. Lo planteo como una especia de embarazo, cuya duración estimada será de 9 meses aproximados a partir de la fecha de creación del blog, ya que es el tiempo en el que estaré viviendo en Alemania, también conocida como la tierra patria de los célebres Kinder Sorpresa de la factoría chocolatera Ferrero.

Estoy cursando mi último año de carrera en una universidad alemana con una beca del marco Erasmus, y llevo aquí viviendo casi tres semanas. Como muchos sabréis, este blog se basará en el diario de abordo que llevo desarrollando desde los primeros días de mi estancia. Animado por amigos y familiares, he decidido exponer en internet mis memorias más recientes para que se pueda acceder a su lectura con mayor comodidad y rapidez.

Intentaré actualizar con un ritmo diario, dentro del tiempo y ánimo del que disponga. Para no entrar de lleno en lo que es la narración en sí, os pongo en antecedentes: cada día se corresponde al día real que la fecha marca, quise darle un matiz de objetividad a los textos autobigráficos que os presento. En un principo no decidí llevar el diario con una constancia regular para ensanchar mi ego, sino que estaba dirigido y creado exclusivamente para amigos y familiares, pero gracias a los consejos y sugerencias que diariamente me daban, me animé a subirlos a un blog.

Nada más, espero que disfrutéis de su lectura, si bien intento evitar en la medida de los posible en la repetición, pues la tendencia de la narración de las crónicas diarias es la de ser cíclica en muchos aspectos. Os invito a que reviváis desde donde estéis mis (extraordinarias según se mire) peripecias.